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La Heredera que Él No Pudo Romper

La Heredera que Él No Pudo Romper

Status: En proceso
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Mujer poderosa / La mimada del jefe / Casada con el millonario / Amante arrepentido
Popularitas:236.5k
Nilai: 4.7
nombre de autor: lulu

Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.

Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.

Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.

Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.

Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.

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Capítulo 19

Capítulo 19

Era lo que yo quería.

Y aun así dolía.

La imagen de Sebastián flotaba en mi cabeza con una claridad ridícula.

Su mirada.

La curva leve de su sonrisa.

La mano cerrándome la mandíbula con naturalidad aquella noche.

El gesto de abrirme la puerta del coche.

Lo conocía desde hacía poco, pero cada detalle suyo se había quedado demasiado nítido.

No podía permitirme pensar más.

Miré la hora, recogí mis cosas y fui al hospital.

La familia Salcedo me esperaba.

Otra batalla.

No tenía energía para llorar por un hombre con el que ni siquiera había empezado nada.

El asunto de Iris era más urgente.

Al llegar, confirmé que Héctor y Tamara habían salido antes de tiempo.

Seguro Damián movió sus contactos.

Iris estaba peor de lo que imaginé.

Ocupaba una suite médica privada. La cama estaba rodeada de máquinas. Su cuerpo, enterrado entre cables y tubos, parecía más pequeño. Tenía oxígeno en la nariz, la cara amarilla, los ojos hundidos.

Cuando me vio, giró lentamente la cabeza.

En esa mirada todavía ardían rencor y deseo.

Damián estaba a un lado de la cama.

Tenía mala cara, ojeras profundas, la ropa un poco arrugada.

Iris no solo estaba enferma.

Lo estaba consumiendo.

—Llegaste —dijo él—. ¿Trajiste el brazalete?

Ni saludo.

Yo lo miré apenas.

Luego miré a Héctor y Tamara.

Levanté la muñeca.

—Lo traigo puesto. ¿La transferencia de acciones?

Héctor soltó un resoplido y fue a la mesa por varios documentos.

—Aquí.

Tomé los papeles, los fotografié completos y se los envié a mi abogado.

Tamara explotó al instante.

—¿Qué significa eso? ¿Crees que te vamos a engañar?

Después de pasar por el Ministerio Público, su odio hacia mí estaba más afilado que antes.

—Ya me han engañado más de una vez —respondí—. No cuesta revisar.

Esperé.

Mi abogado contestó que el acuerdo no tenía problema.

Entonces firmé.

Puse mi huella.

Guardé los documentos.

—¿Cuándo publican el cambio y convocan al consejo?

La estructura accionaria debía reportarse.

Héctor tenía la cara oscura.

—El lunes.

—Perfecto. Llegaré temprano.

—El brazalete —dijo Tamara, extendiendo la mano.

No le hice caso.

Miré a Iris y caminé hacia la cama.

Damián, que estaba del otro lado, se puso rígido.

Parecía temer que fuera a tocarla.

Me dio risa.

—¿Por qué tan nervioso? No voy a ensuciarme las manos con alguien que ya tiene un pie en la tumba.

—Lala —dijo él entre dientes—, cuida tu boca.

Lo ignoré.

Levanté el brazo y miré a Iris.

—¿Tanto te gusta este brazalete?

Iris intentó moverse.

Damián entendió que quería sentarse y se apresuró a ayudarla. Le acomodó la almohada detrás de la espalda con un cuidado que me resultó familiar.

Alguna vez yo lo cuidé así a él.

Horas, noches, transfusiones, medicinas, comidas tibias.

Ahora él pasaba esa ternura a la mujer que se metió entre nosotros.

Qué ironía.

Iris respiró varias veces hasta estabilizarse.

Luego sonrió.

—Todo lo que tú quieres, Lala Salcedo, me gusta.

Abrí los ojos.

Después me reí y miré a Damián.

—¿Oíste? Tú siempre decías que yo pensaba mal de ella, que Iris era inocente, que jamás tendría esa mentalidad. ¿Todavía lo crees?

Damián se quedó callado.

Su vergüenza fue evidente.

Probablemente ya sabía qué clase de persona era Iris, pero había elegido mal y tenía que seguir sosteniendo su elección para no quedar como idiota.

Ahora Iris lo decía frente a todos.

Le daba una cachetada con sus propias palabras.

Iris estaba al borde de la muerte y ya no tenía ganas de fingir.

Extendió la mano, arrogante incluso con los dedos temblando.

—Dame el brazalete. Ya firmaste para recuperar las acciones. ¿Vas a echarte para atrás?

Yo tomé el brazalete con la otra mano y la miré sin responder.

Iris giró hacia Damián.

—Damián... ayúdame. Quiero que tú me lo pongas.

Levantó con dificultad la mano que no tenía suero.

Esperó.

Damián me miró.

Yo también lo miré.

Quería saber si todavía iba a elegirla.

No me sorprendió.

Me decepcionó igual.

Rodeó la cama, llegó a mi lado y extendió la mano.

—Lala, dámelo.

—¿Y si lo rompe?

—No lo hará. Le gusta demasiado. Lo va a cuidar.

Fingí dudar.

Me quedé uno, dos minutos con la muñeca pegada al cuerpo, como si me costara soltarlo.

Después me quité el brazalete despacio.

Se lo entregué a Damián.

Iris sonrió.

Una sonrisa de victoria.

—Rápido, Damián. Pónmelo.

Damián volvió a la cama, sostuvo su mano flaca y deslizó el brazalete en su muñeca.

Iris estaba tan delgada que la pieza le quedaba floja. Con sacudir un poco podía caerse.

Ella lo levantó, lo giró bajo la luz y soltó un sonido de burla.

—Trescientos millones. Mmm... tampoco se ve tan impresionante.

—Por más simple que se vea —dije—, seguía siendo algo que no podías tener.

La expresión de Iris se volvió venenosa.

—¿De qué presumes, Lala? Todos estos años solo viste que yo te quitaba cosas. Pero no sabes que tú fuiste la primera en quitarme algo.

Fruncí el ceño.

—¿Yo? ¿Ya deliras por la enfermedad?

Tamara se lanzó hacia mí.

—¡Cuida lo que dices! ¡Te voy a soltar una bofetada!

La miré con frialdad.

—Hazlo. Después vuelves al Ministerio Público.

Su cara cambió.

La experiencia de estar encerrada le había dejado memoria.

Iris me clavó los ojos.

—Para ser exacta, fue tu madre quien empezó. Mi papá y mi mamá se amaban primero. Iban a estar juntos. Entonces tu mamá vio a mi papá, se encaprichó y le robó al hombre. Mi mamá estaba embarazada y tuvo que abortar. Por suerte, el cielo le devolvió ese hijo después, cuando quedó embarazada de gemelos.

Me zumbó la cabeza.

¿Mi mamá había separado a Héctor y Tamara?

—Imposible —dije—. Mi mamá no era esa clase de mujer. Seguro fue Héctor quien vio el dinero de la familia de mi madre y abandonó a Tamara para trepar.

—Si no me crees, ve y pregúntale a tu abuela. Tu madre fue la intrusa. Por su culpa mi hermano y yo vivimos fuera tantos años. Por eso, cuando volví a la familia Salcedo, te quité todo. Estaba recuperando lo que nos debían... cof, cof...

Se agitó demasiado.

Una tos violenta la dobló sobre la almohada.

Las máquinas junto a la cama empezaron a sonar.

Damián se acercó para darle palmadas en la espalda.

—Iris, estás débil. No sigas hablando.

—¡No me toques!

Lo apartó de un manotazo y me miró con una sonrisa torcida.

—Lala, tú y tu madre recibieron su castigo. Mira a tu mamá, tan joven y...

No pudo terminar.

La tos la sacudió otra vez.

Damián se puso serio, volvió a ayudarla y bajó la voz.

—Iris, ya basta. Tu cuerpo no aguanta. Ya tienes lo que querías. ¿Todavía no estás satisfecha?

La última frase salió más dura.

Iris se quedó helada.

—¿Me estás gritando?

—No. Estoy cuidándote.

—¿Cuidándome? No. Te duele que hable de Lala. No quieres que toque sus heridas, ¿verdad? Yo sé que todavía la amas. Seguro estás esperando que me muera para volver con ella.

El rostro de Damián se congeló.

Su mano, que estaba en su hombro, se retiró poco a poco.

Se enderezó.

—Iris, ¿cuándo vas a dejar de sospechar de todo? Solo no quiero que te alteres y empeores.

—¿Sospechar? ¿Te atreves a decir que no la amas? Desde que entró no has dejado de mirarla. ¿Crees que no veo?

La tos desapareció como por arte de magia.

La miré con una frialdad tranquila.

No solo estaba enferma.

Estaba podrida de celos.

Y Damián, hay que decirlo, había sido más que suficiente con ella.

Para verla contenta, estaba dispuesto a pagar cincuenta millones por rentar un brazalete.

Aun así, ella lo mordía.

Vi el rostro de Damián.

Esta vez sí había arrepentimiento.

La habitación se volvió tensa.

Tamara, viendo que todo se iba de las manos, corrió a consolar a Iris.

Damián respiró hondo.

—Haz lo que quieras —dijo, cansado—. Hoy por fin entendí algo. Tú nunca me amaste. Ni siquiera ahora. Te empeñaste en estar conmigo solo para usarme como herramienta contra Lala. Nada más.

Lo dijo con una derrota que no le conocía.

Después se dio la vuelta.

—¡No! ¡Damián!

Iris sacó fuerzas de quién sabe dónde y se lanzó para tomarle la muñeca.

Lloró hasta quedarse sin aire.

—No es cierto... sí te amo... Tal vez al principio tenía un poco de eso, pero después me enamoré de verdad. Quería casarme contigo de verdad. Solo odio mi mala suerte, no poder acompañarte más tiempo. No me dejes. Te lo suplico.

Lloraba como si fuera a desmayarse.

Damián no se movió.

Parecía que por fin había despertado.

—Suéltame. Ya no voy a creer tus palabras.

Intentó apartarle la mano.

Pero Iris, moribunda o no, se agarró con fuerza.

Tamara también lloraba.

—Damián, mira cómo está. Le quedan pocos días. ¿De verdad vas a lastimarla ahora?

Vi el cambio en su cara.

Su voluntad volvió a aflojarse.

Al final se quedó de pie, sin mirarla.

Iris lloró un rato más.

Luego, como si una idea le cruzara la mente, soltó a Damián de golpe y se arrancó el brazalete.

—Damián, ya no voy a pelear con ella. Ya no quiero nada. Tampoco quiero este brazalete. Solo te quiero a ti. Quédate conmigo.

Antes de que alguien reaccionara, levantó la mano y lanzó el brazalete a mis pies.

Todos se quedaron paralizados.

Yo cambié de color y me agaché por instinto para atraparlo.

No llegué.

El brazalete cayó al suelo.

Crac.

Se hizo pedazos.

—¡Iris!

Damián rugió.

Yo me quedé medio agachada, mirando los fragmentos sobre el piso.

El cuerpo entero se me congeló.

Iris tampoco supo si se quedó muda por el brazalete roto o por el grito de Damián.

Levanté despacio la cabeza.

La miré con una rabia que podría haberla quemado.

Damián reaccionó, pálido, y se agachó junto a mí.

Extendió la mano con cuidado.

—Lala... esto... perdón.

No le respondí.

Aparté la mirada de Iris y recogí los pedazos uno por uno.

Entonces Damián se levantó y miró a Iris.

—Discúlpate con Lala. Ahora.

Iris hizo un puchero y volvió a llorar.

—No fue a propósito. ¿Quién le mandó no atraparlo?

—Lo hiciste a propósito. No lo niegues.

—Damián... me defiendes a ella. Me gritas por ella...

Volvió a usar el mismo truco.

Pero esta vez no le funcionó.

Héctor se acercó, miró los fragmentos y dijo con una ligereza que me dio asco:

—Ya se rompió. Mejor. Hay joyas que se quiebran para llevarse la mala suerte.

¿Bueno?

No podía creer lo que oía.

Me levanté con los pedazos en la mano.

—Mi abuela decía lo contrario: cuando una joya de familia se rompe, algo peor viene detrás. Tal vez significa que tu hija querida sí está a punto de morirse. Mejor vayan preparando el funeral.

Tamara me señaló con el dedo.

—¡Tienes una boca venenosa! Algún día se te va a regresar. Era solo un brazalete. Debió enterrarse con tu madre desde el principio.

Me volví hacia ellos.

La rabia en mi rostro se enfrió hasta volverse sonrisa.

—Veo que todos querían que se rompiera.

Miré sus caras confundidas.

—Lástima. Los voy a decepcionar.

Con calma, desabotoné el puño de mi camisa y saqué de la manga el verdadero brazalete de jade blanco.

Intacto.

Limpio.

Frío sobre mi muñeca.

Sí.

El que le di a Iris era falso.

Lo había comprado la noche anterior en una joyería del barrio, una imitación barata de material químico. Me costó apenas doscientos cincuenta pesos.

Sabía que la familia Salcedo jamás había visto un jade blanco de verdad.

No podían distinguir uno auténtico de una copia.

Y también calculé que, en cuanto Iris lo tuviera, tarde o temprano intentaría romperlo.

Lo haría de frente o fingiendo otra cosa.

Pero lo haría.

Todos miraron mi muñeca como si hubieran visto un fantasma.

Tardaron unos segundos en gritar.

—¡Lala Salcedo, nos engañaste!

—¡Devuelve el acuerdo! ¡Nos hiciste firmar una transferencia real por un brazalete falso!

Guardé el brazalete verdadero de nuevo bajo la manga.

Lo protegí bien.

—Recuperé lo que pertenecía a mi madre y a mí. ¿Dónde está el engaño?

Tamara temblaba de rabia.

—Tú... tú...

Miré a Iris, que seguía en la cama con la cara vacía.

—Querida hermana, entre tú y yo, la que perdió fuiste tú. Y perdiste horrible.

Sonreí.

Me di la vuelta para irme.

Entonces Iris pareció despertar.

Levantó la mano y gritó con lo poco que le quedaba:

—¡Damián! ¡Quítale el brazalete! ¡Quítaselo!

1
Bienaventurada
Muy interesante hasta ahora
Buena la novela 🥰
Bienaventurada
Que gesto tan bonito 🥰de Sebastián
Bienaventurada
jajaja 😂
Bienaventurada
Tremendo cara e tabla 😒 infeliz
Eufemia Perez
La novela en me ha gustado. pero me pregunto porque demoran tanto que los protagonista de tanto que la hicieron sufrir😭 🤣🥰🤭 y teniendo un hombre bufno sigas todavia darle largo a una historia de amor que se ha vuelto aburrida para darle un final feliz con hijo a bordo en menos de que cante un gallo. asi no es una historia. que llegue a gustar no se como una hija novia hijastra aguanta tanto
Victoria Garcia
y la estupida le pintan plata y lo hace , que horrible está protagonista , deja que la golpeen , hace todo lo que le dicen que haga por la víbora de la hermana , no no que falta de dignidad , de carácter , de amor propio.
Mirna Vargas olortegui
Cansa mucho que Damian no deje ser feliz y esté siempre fregando a Sebas y Lala.
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
excelente,, una súper historia ,,, más apoyo y likes
Elsa Crivellari
ya me tiene harta con tantas problemas
se hace demasiada larga
Elsa Crivellari
ya me tiene harta con tantas problemas
se hace demasiada larga
Sara Quiroga
muy buena trama felicitaciones 👏
Yolanda Villamar
porque no poner las imágenes para no tener que estar buscando 😡😡 que te cuesta
Daisy García
Hermosa Novela!!! me gusto mucho 👏👏👏
Nelida Romero
la verdad que cansa tanto odio ya. tendría que haber terminado porque repiten mucho el odio siempre a una misma persona
Monica Torti
yo la dejo de leer xq no tiene sentido si ella tiene su empresa para que hacerle caso a esos vividores me cansé de Iris, Héctor, Damián chauuuuuuuu
Monica Torti
que basura no se puede creer 🤬🤬🤬
Monica Torti
El amor es Lala 💓💓💓
Monica Torti
Que amiga loca 😂😂😂
Monica Torti
Ahora va a querer a Sebastián esa zorra
Monica Torti
Vas a reventar bruja ni en el pecho de muerte dejas de ser una víbora
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