Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 24
Dos minutos después, la puerta de la villa se abrió. Matías apareció en el umbral, alto y serio bajo la luz del farol. Miró a Sofía durante unos segundos sin decir nada, luego dio media vuelta y entró sin esperar respuesta. Sofía ya conocía sus cambios de humor; no se sorprendió. Entró detrás, cerrando la puerta con cuidado.
—¿Dónde está Tiago? —preguntó al instante.
—Duerme arriba —respondió Matías sin detenerse.
Sofía subió las escaleras casi corriendo. Matías la siguió en silencio. Al llegar a la habitación de huéspedes, ella abrió la puerta con suavidad. Tiago estaba acostado en la cama grande, con la luz tenue de una lámpara de mesa iluminándole el rostro. Dormía profundamente, con una mano fuera de la sábana.
Sofía se acercó y le tocó el hombro.
—Tiago, mi amor. Despertate. Nos vamos a casa.
El niño abrió los ojos despacio. Al verla, su cara se iluminó. Se incorporó de golpe y se lanzó a sus brazos.
—¡Tía! —dijo, corrigiendo rápido el “mamá” que casi se le escapó.
Sofía lo abrazó fuerte y empezó a recoger sus cosas: la mochila, el pijama, los juguetes que había traído. Metió todo en la valija pequeña mientras Tiago se ponía los zapatos. Cuando terminó, tomó la mano del niño y se dirigió a la puerta.
—Gracias por cuidarlo —dijo a Matías, que esperaba en el pasillo—. Nos vamos.
Tiago se volvió y levantó la mano.
—Chau, Matías.
Matías no se movió.
—Es tarde. No van a tomar un taxi solas. Las llevo.
Sofía negó con la cabeza.
—No hace falta.
Matías ya había tomado la valija.
—No es una pregunta.
Bajaron los tres. Matías acomodó la valija en el baúl del Bentley, abrió la puerta trasera y ayudó a Tiago a subir al asiento infantil. Sofía se sentó adelante. El motor arrancó con un ronroneo suave.
El trayecto fue silencioso. Matías conducía con la vista fija en la ruta, la mandíbula apretada. Sofía miraba por la ventanilla. Tiago, atrás, miraba alternadamente a uno y a otro sin hablar.
Llegaron al complejo El Jardín. Matías estacionó frente a la entrada principal. Bajó, abrió la puerta trasera y cargó a Tiago en brazos. El niño se dejó llevar sin protestar. Matías tomó la valija con la otra mano y esperó a que Sofía bajara.
—Gracias —dijo ella otra vez—. Ya subimos solas.
Matías no respondió. Caminó con ellos hasta el ascensor del edificio. Subieron en silencio. En el tercer piso, Sofía abrió la puerta del departamento. Matías dejó la valija en la entrada y puso a Tiago en el suelo.
—Portate bien —le dijo al niño.
Tiago asintió y entró. Sofía lo siguió y cerró la puerta sin mirar atrás. Matías se quedó en el pasillo unos segundos, mirando la puerta cerrada. Luego giró y bajó.
Dentro del departamento, Sofía ayudó a Tiago a prepararse para dormir. El niño se lavó los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. Ella le dio un beso en la frente y apagó la luz. Luego se duchó rápido, se puso ropa cómoda y se tiró en su cama sin siquiera ordenar el living. El cansancio la venció casi al instante.
El domingo amaneció soleado. Sofía se quedó un rato más en la cama, escuchando los pájaros. A las ocho se levantó y preparó el desayuno: panqueques con dulce de leche, jugo de naranja y chocolate caliente para Tiago. El niño entró corriendo a la cocina al oler la comida.
—¡Panqueques! —gritó, y se lanzó a abrazarla.
Comieron en la mesa pequeña. Mientras untaba dulce de leche en su panqueque, Sofía miró a su hijo.
—¿Te portaste bien en lo de Matías?
Tiago asintió con la boca llena.
—Sí. Me compró juguetes. Y me llevó a su oficina.
Sofía sonrió.
—¿Te gustó?
—Mucho. Pero… —bajó la voz— me gusta más estar con vos.
Sofía sintió un nudo en la garganta. Tomó la mano pequeña del niño.
—Tiago, escuchame. Si querés hablar con Matías, podés llamarlo cuando quieras. Yo… voy a encontrar el momento para decirle que sos su hijo. Que él es tu papá. Eso no va a cambiar nada entre nosotros. Vos vas a seguir siendo lo más importante.
Tiago abrió mucho los ojos. Luego se le llenaron de lágrimas. Se levantó de la silla y se tiró a su regazo, abrazándola fuerte. Lloró en silencio contra su pecho.
Sofía lo apretó, con los ojos también húmedos.
—Tranquilo, mi amor. Todo va a estar bien.
Después del desayuno, salieron todo el día. Fueron al parque, compraron helado, jugaron en los columpios, pasearon por la costanera. Regresaron al atardecer, cansados y felices.
El lunes, en la oficina, Sofía atendió una videollamada de Valeria. Su amiga estaba en un balcón con vista al mar, el viento moviéndole el pelo.
—Hola, Sofi. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y vos? ¿Cómo va el viaje?
Valeria sonrió.
—Hermoso. Necesitaba esto. ¿Y Tiago? ¿Dónde quedó mientras estabas en Bariloche?
Sofía respiró hondo.
—Lo dejé con Matías.
Valeria abrió los ojos como platos.
—¿Con Matías? ¿Estás loca? ¿Y si te lo quiere quedar? ¿Y si pide la tenencia?
Sofía negó con la cabeza.
—Tiago lo quiere. Se siente bien con él. Y yo… quiero que mi hijo tenga un papá. Si Matías lo acepta, estoy dispuesta a enfrentar lo que venga.
Valeria la miró fijamente.
—Estás segura, ¿no?
—Segura —respondió Sofía—. Por Tiago, sí.
Valeria sonrió con ternura.
—Sos una gran mamá. Cuidate mucho.
La llamada terminó. Sofía guardó el teléfono y volvió al trabajo, pero en su cabeza ya empezaba a dibujarse el próximo paso: hablar con Matías. Decirle la verdad. Y esperar lo que viniera después.