Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 7
Me dirigí a la oficina del coordinador.
Todavía tenía que firmar varios documentos relacionados con mis prácticas profesionales.
Subí dos pisos.
Entregué papeles.
Firmé formatos.
Respondí preguntas.
Y después tuve que pasar por Dirección para validar algunos datos de mi beca.
La verdad estaba agotada.
Sentía que llevaba despierta tres días seguidos.
Cuando terminé con todos los trámites miré la hora.
Las cinco de la tarde.
—Por fin...
Salí del edificio principal y me dirigí a una de las áreas verdes del campus.
Me senté en una de las mesas que estaban bajo la sombra de unos árboles.
El lugar estaba lleno de estudiantes.
Algunos caminaban apresurados.
Otros reían con sus amigos.
Algunos estudiaban.
Otros simplemente disfrutaban la tarde.
Apoyé la cabeza sobre mi mano y me quedé observando a la gente pasar.
A veces me gustaba hacer eso.
Mirar personas.
Imaginar historias.
Pensar cómo serían sus vidas.
De pronto alguien dejó una mochila sobre la mesa.
Levanté la vista.
Era Mariana.
Una compañera de mi salón.
Cabello negro.
Lentes redondos.
Siempre bien arreglada.
Y una de las pocas personas que realmente me caían bien.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.
Se acomodó frente a mí.
Y apenas lo hizo sonrió.
—Ya me enteré.
Fruncí el ceño.
—¿De qué?
—No te hagas.
Del arquitecto Saúl Ángulo.
Suspiré.
Las noticias viajaban rápido en la universidad.
—Sí, es cierto.
Mariana abrió los ojos.
—No puedo creerlo.
—Yo tampoco.
—Israel, ¿tú sabes cuántos estudiantes querían ese lugar?
—Más o menos.
—No.
No tienes idea.
Cientos.
Me reí.
—Tampoco exageres.
—No exagero.
La mayoría de nosotros solo soñamos con trabajar con alguien como él.
Y tú lo lograste antes de graduarte.
Bajé la mirada.
Aún me costaba creerlo.
—Supongo que tuve suerte.
Mariana soltó una carcajada.
—¿Suerte?
Israel, te la pasas estudiando.
Mientras nosotros dormimos tú haces maquetas.
Mientras nosotros salimos tú haces proyectos.
Mientras nosotros nos quejamos tú trabajas y estudias al mismo tiempo.
Eso no es suerte.
Eso es esfuerzo.
Sus palabras me hicieron guardar silencio.
Porque nadie me decía esas cosas.
Normalmente solo escuchaba críticas.
O comentarios sobre mis errores.
No sobre mis logros.
—Gracias.
—No me agradezcas.
Solo digo la verdad.
Se quedó pensativa unos segundos.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—¿Qué?
—Que a pesar de todo sigues siendo humilde.
La observé confundida.
—¿Cómo que a pesar de todo?
—Pues sí.
Tienes las mejores calificaciones.
Una beca completa.
Ahora unas prácticas increíbles.
Y aun así sigues llegando con tu lonche en una bolsa de plástico.
No pude evitar reír.
—Porque no me alcanza para otra cosa.
Las dos soltamos una carcajada.
El viento movió suavemente los árboles.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí algo extraño.
Tranquilidad.
Entonces Mariana volvió a hablar.
—Oye...
—¿Sí?
—¿Nunca te has preguntado qué harás después de graduarte?
Miré el cielo durante unos segundos.
La verdad era que sí.
Todos los días.
—Conseguir trabajo.
Pagar deudas.
Sobrevivir.
—Hablo en serio.
¿Dónde te ves en diez años?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Porque nadie me la había hecho jamás.
Me quedé pensando.
Y por primera vez me permití imaginarlo.
Una casa propia.
Un despacho de arquitectura.
No preocuparme por el dinero.
Tal vez viajar.
Tal vez ser feliz.
Sonreí.
—No lo sé.
Pero por primera vez creo que tengo una oportunidad.
Mariana también sonrió.
—Y la vas a aprovechar.
Porque si alguien se merece algo bueno después de todo lo que ha pasado...
Esa eres tú.
Bajé la mirada.
Porque si seguía escuchando cosas así probablemente terminaría llorando.
Y ya había llorado suficiente por una vida.
Mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios del campus, pensé en algo.
Quizá el futuro no era tan aterrador como siempre había creído.
Quizá algunas historias no terminan cuando se rompen.
Quizá algunas apenas comienzan.
"Hay días en los que vivir parece una montaña.
Y otros en los que simplemente parece una repetición."
Me levanté.
Ni siquiera recuerdo haberme quitado los zapatos la noche anterior.
Había llegado tan cansada que apenas tiré las llaves sobre la mesa y me dejé caer en la cama.
No me bañé.
No cené.
Ni siquiera pensé en el diario.
Simplemente cerré los ojos.
Y desaparecí.
Dormí toda la noche.
Sin sueños.
Sin recuerdos.
Sin Emilio.
Sin Lucía.
Sin Mateo.
Solo oscuridad.
Cuando volví a abrir los ojos, el despertador marcaba las seis de la mañana.
—Otra vez...
Apagué la alarma.
Me senté en la cama.
Y durante unos segundos simplemente observé el techo.
Mi vida parecía una rueda.
Siempre girando.
Siempre igual.
Trabajar.
Estudiar.
Comer.
Dormir.
Y repetir.
Me levanté.
Me bañé rápidamente.
Me puse el uniforme.
Me recogí el cabello.
Tomé una manzana del refrigerador.
Y salí corriendo.
Como siempre.
Llegué tarde.
Como siempre.
Y Cristal estaba esperándome.
Como siempre.
—Israel.
Suspiré.
—Buenos días, supervisora.
—¿Sabes qué hora es?
—Más o menos.
—No me hagas perder la paciencia.
Mientras ella hablaba, mi mente comenzó a irse a otro lugar.
A veces me pasaba.
Escuchaba a las personas.
Pero al mismo tiempo escuchaba algo más.
Mi propia cabeza.
Esa voz que nunca se callaba.
"Vas tarde otra vez."
"Nunca haces nada bien."
"¿Y si pierdes el trabajo?"
"¿Y si la beca se acaba?"
"¿Y si no consigues graduarte?"
"¿Y si todo sale mal?"
Parpadeé.
Intentando alejar esos pensamientos.
Pero seguían ahí.
Como mosquitos.
Como ruido.
Como una radio encendida dentro de mi cabeza.
—¿Me estás escuchando?
La voz de Cristal me hizo volver.
—Sí.
—No parece.
—Lo siento.
—Ve a trabajar.
Asentí.
Y seguí mi camino.
El resto del día pasó lento.
Demasiado lento.
Para cuando terminé mi turno sentía que mis pies pesaban cien kilos.
Pero por primera vez en mucho tiempo no quería regresar inmediatamente a casa.
Había algo que quería hacer.
Algo relacionado con mi futuro.
Así que caminé unas calles hasta una pequeña cafetería cerca del supermercado.
Era uno de mis lugares favoritos.
Pequeña.
Tranquila.
Con olor a café recién hecho.
Y música suave de fondo.
Pedí un café americano.
El más barato del menú.
Y me senté cerca de una ventana.
Saqué mi teléfono.
Abrí internet.
Y escribí un nombre.
Saúl Ángulo.
El arquitecto que me había elegido para realizar mis prácticas.
Aparecieron decenas de entrevistas.
Videos.
Artículos.
Conferencias.
Abrí una de las entrevistas más recientes.
Y apenas comenzó me quedé observándolo.
Era un hombre elegante.
Quizá de unos cuarenta años.
Vestía completamente de negro.
Tenía el cabello perfectamente acomodado.
Y hablaba con una pasión que me sorprendió.
La entrevistadora le preguntó:
—¿Qué significa la arquitectura para usted?
Saúl sonrió.
Y por un momento parecía que estaba hablando de una persona.
No de edificios.
—La arquitectura es una conversación.
Parpadeé.
La entrevistadora también.
—¿Una conversación?
—Sí.
Una conversación entre lo que somos y lo que soñamos ser.
Entre el pasado y el futuro.
Entre las personas y los espacios.
Me acomodé mejor en la silla.
Porque aquello era hermoso.
Saúl continuó.
—Un edificio no es solo concreto.
No son solo paredes.
Las personas ríen dentro de ellos.
Lloran.
Se enamoran.
Forman familias.
Guardan recuerdos.
La arquitectura existe para abrazar esos momentos.
Me quedé completamente concentrada.
Era la primera vez que escuchaba a alguien hablar de arquitectura de esa manera.
Con tanta emoción.
Con tanto amor.
Por un instante incluso me reí sola.
Parecía que estaba describiendo a su pareja.
No un trabajo.
No un oficio.
Una historia de amor.
—Definitivamente ama esto —murmuré.
Y quizás por eso era tan bueno.
Porque las personas que aman lo que hacen terminan dejando una huella imposible de borrar.
Tomé un sorbo de café.
Miré por la ventana.
Y por primera vez en mucho tiempo imaginé cómo sería mi vida dentro de unos años.
Tal vez diseñando edificios.
Tal vez viajando.
Tal vez siendo alguien importante.
Tal vez dejando de sobrevivir para finalmente empezar a vivir.
Y mientras pensaba en eso, recordé algo.
El diario.
Seguía sobre la mesa de mi departamento.
Esperándome.
Y una extraña sensación recorrió mi cuerpo.