**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Cap 21: El escándalo de Fernando
La mañana empezó como cualquier otra hasta que dejó de serlo.
Valentina estaba en el escritorio de la antesala de Santiago, revisando la propuesta de escape room que había armado la noche anterior —tres opciones de local, presupuesto, menú de snacks, y un documento de dieciséis páginas con reglas, dinámicas y recomendaciones que probablemente nadie iba a leer pero que ella escribió de todos modos porque así era Valentina—, cuando el ruido empezó.
No fue un ruido gradual. Fue un estallido: gritos en el piso de abajo, algo que sonaba a muebles moviéndose, una voz masculina que gritaba frases que las paredes del edificio convertían en un eco ilegible.
Valentina se levantó. Santiago, detrás de la puerta cerrada de su oficina, siguió escribiendo. Los gritos no eran suyos; por lo tanto, no le interesaban.
El teléfono de Valentina vibró. WhatsApp. Grupo sin jefes. Beto:
"¡Dios mío! Vengan al piso 12, AHORA."
Seguido de tres emojis de carita asustada y un audio de cuatro segundos que Valentina no se atrevió a reproducir.
Camila mandó un signo de interrogación. Diego mandó un "¿Qué pasó?" Nadie contestó. Beto no volvió a escribir.
---
Valentina llegó al piso doce por las escaleras porque el elevador tardaba y la curiosidad no esperaba. Lo que encontró fue un pasillo alfombrado cubierto de papel.
Hojas. Decenas de hojas blancas desparramadas por el suelo como una nevada de impresora. Valentina levantó una. Era una fotocopia — no, una impresión: capturas de pantalla de conversaciones de WhatsApp. Mensajes. Fotos. La imagen de un hombre que Valentina reconoció inmediatamente — Fernando Medina, de Finanzas, el de la sonrisa de vecino amable — junto a una chica joven, muy joven, en lo que parecía un cuarto de hotel. Debajo, una transferencia bancaria. Un recibo. Fechas.
Valentina soltó la hoja como si quemara.
El pasillo estaba lleno de gente. Empleados de tres departamentos distintos se agolpaban en la entrada de la planta de creatividad, algunos con las hojas en la mano, otros mirando al frente con expresiones que iban de la fascinación al horror. Alguien estaba grabando con el celular. Alguien más decía "no mames, no mames" en un susurro que no era susurro.
En el centro del espacio abierto, un hombre que Valentina no había visto nunca — treinta y tantos, complexión de alguien que trabaja con las manos, chamarra de mezclilla, cara roja de furia — gritaba frente a Fernando Medina con el dedo índice a centímetros de su nariz.
—¿Tú eres el que engañó a mi hermana de diecinueve años? ¿Tú, desgraciado?
Fernando tenía las manos levantadas en ese gesto universal de "cálmate" que nunca ha calmado a nadie. Su cara estaba blanca. La sonrisa de vecino había desaparecido.
—Oye, tranquilo, podemos hablar de esto...
—¡Hablar! ¡Hablar dice! —El hombre sacó más hojas de una bolsa de plástico y las lanzó al aire—. ¡Aquí está todo! ¡Los mensajes, las fotos, las cuentas del hotel! ¡Mi hermana tiene diecinueve años, animal! ¡Y tú estás casado!
Los papeles cayeron como confeti obsceno. Un silencio se extendió por la oficina — el tipo de silencio que ocurre justo antes de que algo se rompa.
Fernando intentó retroceder. El hombre avanzó. El primer golpe fue tan rápido que Valentina solo registró el sonido: un impacto seco, como un libro cayendo sobre una mesa. Fernando trastabilló hacia atrás, los brazos buscando equilibrio, y su espalda chocó contra el panel de vidrio que separaba la zona de trabajo del pasillo.
El vidrio se rompió.
No explotó — no era vidrio común. Se fracturó en una red de grietas que se expandió desde el punto de impacto como una telaraña, y luego los fragmentos cayeron: pedazos irregulares, algunos del tamaño de una mano, otros como cuchillos transparentes que rebotaron en el suelo con un tintineo agudo y musical que no tenía derecho a sonar tan limpio.
Fernando cayó entre los cristales. Sangre. En la frente. En los antebrazos. Gotas rojas sobre la superficie blanca del escritorio más cercano, como una pintura que nadie había pedido.
Alguien gritó. Varias personas gritaron. Un hombre del departamento de al lado agarró al hermano por la espalda y lo jaló hacia atrás. Andrea apareció de algún lugar con el teléfono en la oreja — "Seguridad, piso doce, ahora. Y una ambulancia."
Valentina estaba a menos de cinco metros.
Vio la sangre en la frente de Fernando. Vio los cristales en el suelo, brillando bajo las luces fluorescentes como dientes rotos. Vio una gota roja resbalar por el borde del escritorio y caer al piso alfombrado, donde el beige absorbió el rojo y lo convirtió en un marrón oscuro que parecía permanente.
Su cuerpo dejó de responder.
No fue como en la oficina de Diego — eso había sido una parálisis mental, una desconexión del habla. Esto era físico. Sus piernas se volvieron de cemento. Sus manos se cerraron en puños tan apretados que las uñas le cortaron las palmas. La visión se le estrechó hasta convertirse en un túnel donde lo único que existía era la sangre: en la frente de Fernando, en los cristales, en el escritorio, en la alfombra.
Su boca se abrió. No salió nada.
La smartband vibró. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Los números en la pantalla subían como una cuenta regresiva invertida: 124. 131. 139. 147.
A su alrededor, la oficina se movía — gente corriendo, voces superpuestas, el guardia de seguridad entrando por la puerta de emergencia, el hermano siendo sacado del edificio con los brazos inmovilizados por dos empleados que probablemente nunca habían hecho algo así en su vida. Alguien le pasó una toalla a Fernando. Alguien más llamó otra vez a urgencias.
Valentina no se movió. Estaba de pie en medio de todo, con la cara del color de la ceniza y los labios blancos y los ojos fijos en un punto que ya no era la sangre sino algo más lejano, algo que estaba dentro de ella y que la sangre había despertado.
Camila la vio desde el otro lado del piso. Empezó a caminar hacia ella. "Val. Val, mírame."
Valentina no la escuchó.
---
En el piso veinticinco, Santiago estaba leyendo la página catorce del reporte trimestral de Lumière cuando el dolor lo golpeó.
No fue gradual. Fue instantáneo — como si alguien hubiera abierto una puerta y del otro lado solo hubiera miedo. Un miedo líquido, total, que le llenó el pecho como agua helada. Su visión se oscureció en los bordes. Su Apple Watch vibró tres veces seguidas y la pantalla mostró un número que Santiago no había visto en su propia muñeca: 148 lpm.
No era suyo.
Soltó la pluma. Se puso de pie tan rápido que la silla giratoria golpeó la pared. Sus manos temblaban — las manos de Santiago Montero no temblaban, nunca, bajo ninguna circunstancia — y eso le dijo más que cualquier número: lo que estaba sintiendo Valentina en ese momento era peor que todo lo anterior. Peor que Diego. Peor que la cena con Vargas. Peor que cualquier cosa que él hubiera recibido a través de esa conexión.
Caminó hacia la puerta. La abrió. El pasillo del piso ejecutivo estaba vacío y silencioso, como siempre. Pero abajo — tres pisos abajo — se escuchaba algo. Voces. Muchas voces.
Santiago apretó el botón del elevador. No vino. Lo apretó otra vez. No vino. Abrió la puerta de las escaleras.
Bajó tres pisos a zancadas. Cuando llegó al piso doce, la puerta se abrió a un caos que su cerebro procesó en fragmentos: papel en el suelo, cristales rotos, sangre en un escritorio, un hombre siendo atendido por alguien con una toalla, empleados en los bordes del espacio como espectadores de un accidente.
Y en medio de todo, Valentina.
De pie. Inmóvil. Blanca. Con los ojos abiertos y vacíos y la boca en una línea recta que no era expresión sino ausencia de expresión, como una pantalla apagada.
Santiago la vio. Todo lo demás dejó de existir: el desorden, la sangre, las explicaciones que nadie le estaba dando, las miradas de los empleados que se preguntaban qué hacía el CEO en el piso doce un martes a las once de la mañana.
Empezó a caminar hacia ella.
Luego dejó de caminar. Empezó a correr.