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El Refugio Del Depredador

El Refugio Del Depredador

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
​Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
​En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.

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capitulo 24

​La madrugada del sábado se instaló sobre el ala norte de la mansión con una violencia silenciosa. Tras el regreso de la cena en el Salón de los Gobernadores, el búnker de hormigón y cristal templado parecía haber retenido toda la estática pesada y la adrenalina acumulada del evento público. Los ventanales reproducían el bucle monótono de las luces del muelle 14, pero en el despacho de Gael Vancini, la atmósfera perimetral ya no respondía al orden de los balances navieros. El aire acondicionado inyectaba su ráfaga gélida, un invierno artificial que congelaba el tabaco caro y el sándalo, pero que resultaba incapaz de mitigar el calor abrasador que emanaba de los cuerpos de los dos adultos. Santiago dormía profundamente en el ala infantil, protegido por la red de acero de los sistemas biométricos; el pequeño inquisidor descansaba, dejando que la leona y el lobo gris resolvieran la transacción más cruda de su cohabitación forzosa.

​Leonela permanecía de pie en medio del mármol negro veteado, descalza, habiéndose despojado únicamente de las joyas de la legitimidad. Conservaba el vestido de satén de seda color negro absoluto, una prenda de una fluidez líquida que delataba con una crudeza anatómica cada pulsación de su sistema. El frío de la estancia operó en su piel con la fijeza sensorial de las noches previas: el tejido fino se adhirió a la firmeza de su pecho, marcando sus pezones de manera prominente, una traición biológica que confesaba que, a pesar de la hostilidad de sus pensamientos, sus sentidos continuaban en un estado de sumisión íntima ante la cercanía del gigante corporativo. Su espalda descubierta reflejaba la luz plomiza de las pantallas de alta tecnología.

​Frente a ella, tras el escritorio de caoba noble, Gael se había quitado la chaqueta del esmoquin. Su camisa de lino negro permanecía desabrochada en el cuello, revelando la musculatura potente de su torso firme y los vellos oscuros que atrapaban la luz de las terminales encriptadas. Sus dedos largos y curtidos sostenían un vaso corto de cristal de roca con un licor ambarino que ni siquiera probaba; sus ojos grises, fijos y fúnebres, mantenían una fijeza pesada sobre la mujer, una mirada devoradora cargada de los celos posesivos y la necesidad de dominio que la cena aduanera había intensificado en sus facciones de granito.

​La confrontación no requirió preámbulos contractuales. Leonela avanzó con su andar rítmico y felino, deteniéndose justo al borde del ébano, obligando al titán a sostener la nitidez de sus pupilas oscuras.

​—Acabo de revisar los archivos complementarios que dejaste abiertos en la terminal de la biblioteca, Vancini —soltó ella, su voz una franqueza cortante que rasgó la penumbra del despacho como un hilo de seda afilado—. Los balances del fideicomiso del sur no muestran una reestructuración comercial limpia; muestran una ejecución militar. Bloqueaste los créditos de las familias asociadas a Mauricio Ross, asfixiaste sus líneas de suministro en el muelle exterior y provocaste la quiebra de tres navieras menores solo para que mi apellido fuera la única opción de rescate ante los jueces de comercio. Tu fuerza brutal y eficiente no conoce el honor del mercado.

​Gael se reclinó despacio en su sillón de cuero negro, entrelajando sus dedos fuertes sobre el regazo. Su máscara de granito no experimentó alteración alguna; la resolución mortal de sus rasgos seguía intacta, operando como el camuflaje corporativo con el que manejaba las crisis de la ciudad.

​—Las transacciones de este nivel no se gestionan con la moralidad de una junta parroquial, Leonela —respondió Gael, su barítono profundo bajando a una nota peligrosamente suave, un siseo bajo que resonó en las costillas de la mujer—. El muelle 14 requería una limpieza perimetral definitiva para resguardar la respiración de tu hijo y blindar tus deudas textiles. Si utilicé mis terminales para desmantelar a la competencia, fue para garantizar que ningún cabo suelto de tu pasado familiar volviera a perturbar el orden de esta casa de piedra. El dinero compra la seguridad que tu orgullo no supo mantener.

​Leonela inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando sus manos pálidas sobre la madera pulida, reduciendo la distancia física hasta que el aroma a sándalo y el calor de la camisa negra de Gael la envolvieron por completo. La proximidad reactivó la estática asfixiante entre ambos; una pulsación líquida y ardiente recorrió el vientre de la leona, una descarga de adrenalina pura que hizo que su respiración entrecortada elevara el satén negro de su pecho con una violencia que Gael registró con una contracción sutil en su mandíbula.

​—No te confundas de auditoría, Gael —dijo ella, y su honestidad descarnada golpeó el centro de la estancia con un peso humanizado que desarmó los argumentos ensayados del hombre—. No le tengo miedo a tu dinero, ni a las pantallas de alta tecnología que registran mis pasos, ni al imperio naviero con el que pretendes humillar a la ciudad. Le tengo miedo a tu falta de alma. Le tengo miedo a la frialdad quirúrgica con la que calculas el sufrimiento de los hombres para indexarlo en tus balances de relaciones públicas. Te miras al espejo y solo ves a un guerrero imponente protegiendo sus activos por firma, pero detrás de esa armadura de acero no hay una estrategia de resguardo; hay un vacío moral que tritura todo lo que toca. Me compraste por catorce meses en una trampa planeada porque tu psicología de depredador alfa no concibe la existencia de algo que no pueda ser auditado o sometido por tu fuerza.

​Gael Vancini se congeló en el sillón de cuero. Las palabras de la mujer operaron como una radiografía exacta y destructiva de su miseria íntima. Su mente corporativa, entrenada para desmantelar monopolies sin pestañear, se quedó muda ante la verdad directa que la leona acababa de clavar en su esternón.

​La honestidad descarnada de Leonela lo enfureció de una manera que ninguna pérdida financiera habría logrado jamás. La ira del lobo gris no se manifestó con un estallido vulgar, sino con una mutación salvaje en la fijeza de sus ojos grises, que se tornaron fúnebres y dilatados, cargados de una devoción oscura y peligrosa. Se puso de pie con una zancada lenta y masiva, emergiendo de la penumbra de su escritorio como un titán herido en su soberbia. Su envergadura masiva bloqueó la luz de las terminales, acorralando la silueta de Leonela contra el borde de la caoba.

​Extendió su mano derecha, con dedos largos y curtidos, y atrapó la mandíbula de ella con una presión sutil pero implacable, una toma de posesión física que anuló cualquier perímetro de seguridad. El impacto biológico del contacto directo fue instantáneo: un temblor profundo recorrió la anatomía de Leonela, erizándole la piel de los hombros y la espalda descubierta. Aunque su mente seguía en guardia, armada con el desprecio hacia sus métodos crueles, su cuerpo se rindió de inmediato ante el magnetismo animal del monstruo; sus sentidos programaron una respuesta biológica de sumisión íntima, sus labios oscurecidos entreabriéndose para recibir el calor abrasador que emanaba del rostro del gigante.

​—Te atreves a auditar mi estructura moral en mi propio cubil, Leonela —siseó Gael, su rostro descendiendo hasta que sus labios quedaron a milímetros de la pequeña cicatriz del labio superior de ella, permitiendo que su aliento con sabor a licor rozara su boca—. Me acusas de no tener alma mientras usas mi red de acero para que el príncipe de tu casa duerma sin pesadillas en la suite del este. Si mi falta de alma es lo que mantiene limpios los muelles de los buitres que destruyeron a tu padre, entonces agradecerás la crueldad de mis balances cada mañana. No me juzgues desde la cumbre de tu orgullo textil; tu piel reacciona a mi contacto con la misma furia salvaje con la que yo decido devorar tu resistencia. Desprecias mis métodos, pero tu cuerpo pide ser reclamada por este monstruo sin alma porque sabes que soy el único hombre en esta ciudad capaz de sostener el incendio que traes en las venas.

​Leonela no bajó la mirada a pesar de la fijeza pesada del agarre de Gael. Sostuvo el escrutinio del lobo con sus pupilas oscuras fijas, aunque el corazón le latía a mil por hora, un galope salvaje que chocaba contra el paño de la camisa negra del hombre. La tensión sensorial entre los dos adultos alcanzó un suspenso absoluto, una atracción trágica hecha de transacciones y deseo absoluto que les entorpeció el juicio.

​—Mi cuerpo responde al peligro de tu fuerza, Vancini, no a la legitimidad de tu tiranía —replicó ella en un susurro que rozó la piel del gigante—. Te enfurece mi honestidad porque es la única variable que tus directores financieros no pueden encriptar en tus pantallas de alta tecnología. Puedes marcar tu territorio con la firmeza de tus manos y obligarme a vestir tus sedas ante la prensa del martes, pero sabes que tengo razón. El guerrero está solo en este mausoleo de granito porque convirtió su vida en un balance de propiedad. Me retienes por firma, me celas con la mirada, pero mientras no encuentres el alma que sepultaste bajo los muelles, solo tendrás el satén negro de mi vestido, nunca la rendición de la leona.

​Gael incrementó la presión de sus dedos en la mandíbula de ella por un segundo infinito, registrando el calor abrasador y la fijeza inquebrantable de su orgullo, antes de soltarla con una lentitud tortuosa que dejó la piel de la mujer ardiendo en medio del gélido invierno del despacho. Dio un paso atrás, apartando su envergadura masiva, recuperando la máscara de granito que la franqueza de ella había agrietado de forma irreversible.

​Se acomodó los puños de la camisa de lino con la frialdad corporativa habitual, reestableciendo el orden perimetral de la habitación, aunque el latido pesado de sus propios celos posesivos continuaba alterando el ritmo de su respiración.

​—El tribunal de comercio revisará la validez del contrato el martes a primera hora, Leonela —sentenció Gael, y su barítono recuperó la rigidez cortante de las horas diurnas, desprovisto de la pulsación íntima del desborde—. Requiero que la pulcritud de tu apellido esté impecable ante las pantallas de los jueces. Guarda tu oratoria moral para los balances de la textilera; en esta casa de piedra, el orden se mantiene bajo mis reglas de ejecución. Retírate a tu suite y asegúrate de que el desorden de tu piel no afecte la simetría de nuestra presentación pública.

​Leonela retrocedió hacia la doble puerta de doble hoja, manteniendo el mentón alzado y el andar rítmico que hacía flotar el satén negro a su alrededor. Se detuvo un instante en el umbral, dejando que la luz plomiza esculpiera la curva de sus caderas y la línea de su espalda descubierta, una última provocación biológica que dejó el cubil del lobo vibrando en un suspenso insoportable.

​El chasquido suave de la madera al cerrarse y con Gael Vancini solo en medio de la penumbra de su búnker, contemplando el cristal de roca sobre la caoba, con los dedos aún tensos por el roce de la mujer y los ojos fijos en el espacio vacío donde la verdad directa de la leona había dejado la única auditoría que el imperio de la naviera nunca podría falsificar.

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Celina Espinoza
sgddyf HH cfffnfdgñhcefghXfdsjxdhvcczdg.vccfbmbcfssgmvxfdhojcdtlnvzxfhvnx
neumidia ruiz
listo Gael el niño ya toco tu corazón no te hagas el duro
neumidia ruiz
esta muy interesante 👍 pinta buena
Celina Espinoza
super buena 🙏🥰
valeska garay campos
se lee interesante 👀
celimar
exelente capitulo 🥰👏👏
Joanny Millán
me encanta 😍
Fernanda
👍👍 excelente
Celina Espinoza
exelente capitulo 🥰🥰
Fernanda
es increíble el nene con cada pregunta 👍👏y Gael siempre queda 🤭
Fernanda
👍👍👏
Celina Espinoza
me encanta cada episodio 👏🥰y cada interacción de el niño me muero
Fernanda
me encanta santiago siempre tiene una nueva curiosidad 👍🥰
celimar
me encanta como Santiago entra como dueño de su casa 🤭🥰y pone a Gael nervioso con cada pregunta 🥰
celimar
exelente 👏🥰me gusta
Fernanda
👍👍❤️
celimar
me gusta tu historia gracias por compartirla 👏🥰
Fernanda
👍👍🥰
Fernanda
el niño es muy curioso 🥰☺️🤭le da el toque de humanidad al prota
Celina Espinoza
👏🥰gracia me gusta tu historia
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