Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 15. EL SANTUARIO DE PIEDRA.
Los carruajes de la corte detuvieron su marcha definitiva cuando el sendero escarpado de los desfiladeros terminó abriéndose de golpe hacia un claro forestal amplio y completamente protegido del viento por inmensas formaciones rocosas. Nos encontrábamos finalmente a las puertas de la casa de la gran bruja. La vivienda era una estructura inmensa, majestuosa y sumamente antigua, construida por entero con pesados bloques de piedra oscura que parecían fundirse de forma natural con la base misma de la montaña, rodeada de pinares secos y un silencio sepulcral que de inmediato imponía un infinito respeto supremo en el espíritu de cualquiera que se acercara. Descendí del vehículo flanqueada por la calidez de mi padre y mi madre, sintiendo que un hormigueo trémulo y una agitación sorda me recorrían las sienes ante la inminente resolución de mi encrucijada familiar.
Al acercarnos al porche de madera envejecida, las pesadas puertas dobles de la entrada se abrieron de par en par con un gemido pausado y profundo antes de que tuviéramos la oportunidad de tocar el pesado llamador de hierro.
Una de las criadas del santuario, una joven de tez sumamente pálida que vestía una túnica de lino gris impecable y llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza muy ordenada sobre su hombro, nos recibió en el umbral con una reverencia respetuosa. Su semblante era serio y nos barrió con una mirada limpia que delataba que nuestra llegada ya era esperada desde hacía horas en los desfiles de la negrura que gobernaban aquel santuario. Nos invitó a pasar con un ademán pausado de su mano, infundiéndome un remanso de paz en mitad de los latidos desbocados de mi pecho.
—Bienvenidos al santuario de las eras, soberanos de la manada central y respetado rey de la noche —su voz clara y melodiosa rompió la quietud de la entrada, modulada con una ternura sincera—. La Bruja Madre os aguarda en la gran sala de los aposentos interiores. Por favor, seguid mis pasos con calma y mantened la templanza en vuestros espíritus, porque el destino de vuestra sangre se dispone a hablar en esta mañana.
La criada se dio la vuelta y comenzó a acompañarnos a paso lento a través de un pasillo lateral inmenso, colmado de tapices antiguos que narraban las guerras del pasado, manuscritos de botánica y extrañas fuentes de agua que hacían que el aire del interior se sintiera sumamente denso, cálido y reconfortante. Mis hermanos mayores y mis primos se habían quedado al frente de nuestro hogar, vigilando nuestras fronteras, pero en este preciso segundo de mi vida, la cercanía física de mi padre, mi madre, mi tía y mi tío actuaba como una fortaleza invencible a mi alrededor, impidiendo que la agónica melancolía que arrastraba desde el Este terminara por asfixiarme la cordura en mitad de la travesía.
Cruzamos un majestuoso arco de piedra y la criada nos introdujo de golpe en la gran sala principal de la vivienda. El espacio era verdaderamente imponente, decorado con muebles de madera tallada a mano, alfombras de lana gruesa en tonos tierra y un inmenso brasero de bronce en el centro donde las llamas ardían con un parpadeo dorado constante que iluminaba las paredes. En el fondo de la estancia, sentada en un gran sillón de roble, la Bruja Madre nos esperaba. Era la mujer más anciana, sabia y poderosa que existía sobre la faz de la tierra; su rostro cargaba con las profundas líneas del tiempo y del desvelo, pero sus ojos fijos brillaban con una agudeza cerebral inmensa que parecía leer la verdad de las almas con solo mirarlas. Vlad dio un paso hacia el frente, saludándola con una actitud que ponía de manifiesto el respeto que le profesaba. Al clavar su atención en mi rostro pálido, la anciana esbozó una sonrisa de lado, fría pero colmada de una sensibilidad hermosa, lista para desarmar la farsa que había mantenido mis estructuras en un callejón sin salida.