Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Mateo.
Capítulo 6: Mateo.
Los secretos tienen peso. Pesan más que las mentiras, más que las verdades a medias. Pesan como un cadáver que llevas a cuestas y que no puedes enterrar porque alguien, en algún momento, va a querer desenterrarlo.
La oí gritar desde el pasillo.
No era un grito de dolor. Era un grito de descubrimiento, de esos que cambian el curso de una vida. Mi corazón se detuvo un segundo y luego se disparó a una velocidad que me mareó. Dejé el libro que estaba leyendo en el sofá y corrí hacia el baño, sabiendo ya lo que iba a encontrar.
Cuando llegué al umbral, la vi arrodillada en el suelo, con un papel amarillento entre las manos y la cara desencajada. A su alrededor, el sobre abierto, la letra inconfundible de su padre, y un silencio que pesaba más que cualquier acusación.
¿Qué es esto, Mateo?, preguntó, y su voz era un hilo roto. ¿Por qué tienes una carta de mi padre en tu casa? ¿Por qué estaba escondida en un armario del baño?
Mi mente se quedó en blanco. Había olvidado aquella carta. La había encontrado años atrás, en la oficina del padre de Elena, la misma noche del incendio. La había guardado sin saber muy bien por qué, como un talismán, como una prueba de que algo no encajaba en aquella historia. Y luego, con el tiempo, la había escondido y olvidado. Hasta ahora.
Elena, déjame explicarte salio de mis labios, dando un paso hacia ella.
—m¡No te acerques! gritó, levantando la carta como un escudo. ¡Dime qué significa esto! ¡Dime por qué mi padre escribió esa carta! ¡Dime quién no es quien dice ser!
Su voz se quebró en la última frase, y vi lágrimas rodando por sus mejillas. Lágrimas que no había visto en diez años. Lágrimas que ella había guardado para sí misma, como un veneno que no quería compartir con nadie.
Siéntate exprese, señalando el borde de la bañera. Por favor. Siéntate y te lo cuento todo.
Ella dudó. La vi luchar entre el odio que sentía por mí y la necesidad desesperada de respuestas. Finalmente, se sentó, pero sus manos seguían temblando, y sus ojos no se apartaban de los míos.
Me arrodillé frente a ella, a una distancia segura. No quería asustarla. No quería que huyera.
Esa carta la encontré la noche del incendio... comencé, y mi voz era grave. Estaba en la oficina de tu padre, sobre su escritorio. Como si la hubiera escrito justo antes de que todo ocurriera. No sabía qué hacer con ella. No sabía si debía dártela o destruirla. Así que la guardé.
¿Por qué no me la diste? y su voz era un susurro acusador.
Porque no sabía si podría soportarlo.
¿Soportar qué?
Respiré hondo. Aquella era la parte más difícil. La parte que llevaba diez años guardándome, como una bomba que siempre supe que explotaría.
Tu padre sabía que iba a morir, Elena. Sabía que alguien quería hacerle daño. Y escribió esa carta para advertirte. Pero no era a mí a quien se refería.
Ella me miró con los ojos abiertos de par en par.
¿Qué quieres decir?
Quiero decir que la persona que encendió aquella cerilla no fui yo. Nunca fui yo. Pero era alguien en quien tu padre confiaba. Alguien que estaba muy cerca de él. Alguien a quien tú también querías.
¿Quién? preguntó, y su voz era apenas un hilo. ¿Quién, Mateo?
No puedo decírtelo.
¡Maldita sea, Mateo! gritó, levantándose de un salto. ¡Llevo diez años odiándote! ¡Diez años pensando que fuiste tú quien mató a mis padres! ¡Y ahora me dices que no fue así pero te niegas a decirme quién fue!
Yo también me levanté. No podía quedarme arrodillado mientras ella se desmoronaba.
Porque si te lo digo, vas a odiarme más que ahora.
¡Eso es imposible!
No, Elena. No es imposible. Porque la persona que mató a tus padres... es alguien a quien quieres más que a mí.
Su rostro palideció. La vi hacer cálculos en su cabeza, repasar mentalmente la lista de personas cercanas a su padre, descartar nombres, buscar culpables. Y entonces, algo cambió en sus ojos.
No susurró. No puede ser.
Elena...
No me digas que fue ella. No me digas que fue...
No pudo terminar la frase. Se llevó las manos a la boca, y yo vi cómo el mundo se desmoronaba ante sus ojos.
Fue Sofía, y mi voz era apenas un susurro—. Tu mejor amiga. La psicóloga de Lucía. La mujer que te ha estado ayudando a superar el trauma... fue quien prendió la cerilla.
El silencio que siguió fue más ensordecedor que cualquier grito. Elena se quedó inmóvil, con los brazos caídos, la mirada perdida en algún punto de mi pecho.
No repitió...
No, Sofía no haría eso. Ella me ha ayudado. Ella ha estado a mi lado todo este tiempo. Ella...
Ella quería a tu padre y cada palabra era como extraer una espina. Estaba obsesionada con él. Cuando él la rechazó, cuando le dijo que nunca sería más que su amiga, ella se volvió loca. El incendio fue un accidente, Elena. Ella quería asustarlo, quería quemar su estudio, hacerle daño para que la viera. Pero no calculó bien las llamas. No calculó que tu madre también estaría allí.
Cállate... dijo Elena, y su voz era un rugido contenido. Cállate ahora mismo.
No puedo. Llevo diez años callándome. Diez años cargando con esta culpa para protegerte de la verdad. Porque sabía que si te lo contaba, perderías a tu mejor amiga. Perderías el único apoyo que te quedaba.
¡Te he dicho que te calles!
Elena levantó la mano y me abofeteó con una fuerza que no esperaba. El impacto resonó en el pequeño cuarto de baño, y sentí el ardor en mi mejilla. Pero no me moví.
Ahora sabes la verdad dije, tocándome la mejilla. Ahora sabes que no fui yo. Ahora sabes que he estado protegiéndote a mi manera durante diez años.
Protegiéndome repitió, y su voz era veneno puro. ¿Llamas a esto protección? ¿Dejarme vivir en una mentira? ¿Dejarme odiar al hombre al que...?
Se detuvo. No terminó la frase. Pero yo la completé en mi mente.
"Al hombre al que todavía amo."
Elena se giró y salió del baño corriendo. La oí subir las escaleras, cerrar la puerta de la habitación principal de un golpe, y luego el silencio.
Me quedé solo en el baño, con la carta en el suelo y el eco de su bofetada aún en mi piel.
Diez años guardando aquel secreto. Y ahora que había salido, no me sentía aliviado. Me sentía más vacío que nunca.
Porque sabía que, a partir de ahora, su odio no sería solo hacia mí.
Sería hacia sí misma.
Y contra ese odio, yo no podía protegerla.