James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 17. EL TERCER CORAZON.
El embarazo había entrado en su séptimo mes con una rapidez que asustaba a ambos. La tripa de Estela había crecido tanto en las últimas semanas que caminar se había convertido en un esfuerzo titánico para ella. James, cuya salud ya estaba restablecida por completo y lucía de nuevo su cabello oscuro recortado con elegancia, se había transformado en su sombra. Estaba obsesionado con su bienestar: le ayudaba a levantarse, controlaba sus horarios de descanso y se aseguraba de que la mejor comida llegara al ático. Aquella frialdad del contrato inicial se había derretido por completo; el millonario arrogante ahora miraba a Estela con una ternura y un respeto que asombraban a la propia Valeria.
Esa tarde tocaba la revisión rutinaria del tercer trimestre en la clínica ginecológica privada de Madrid. Como de costumbre, entraron por la puerta trasera para mantener la discreción absoluta del proceso.
Estela se acomodó en la camilla de exploración con la ayuda de James, quien le sostuvo la mano con firmeza en cuanto ella se tumbó. A pesar de que ya se habían tocado y la distancia médica de la quimioterapia había quedado atrás, cada vez que James le estrechaba la mano, a Estela se le aceleraba el corazón. A sus veinte años, su vida había sido un desierto de responsabilidades y sacrificios desde la desaparición de su padre. Nunca había tenido novio, nunca había ido a una discoteca a ligar, nunca había besado a nadie. James era el primer hombre que entraba en su espacio íntimo, y aunque la concepción había sido en un laboratorio de Atenas, él se estaba convirtiendo en el dueño de todos sus pensamientos.
El ginecólogo, el doctor Martínez, entró a la consulta con su habitual sonrisa y aplicó el gel templado sobre la enorme barriga de Estela.
—Muy bien, vamos a ver cómo están nuestros dos hombretones —dijo el médico, encendiendo el monitor del ecógrafo de alta definición—. El crecimiento del útero es bastante grande, lo cual es normal en gemelares, pero vamos a medir los flujos de la placenta.
El transductor comenzó a moverse por la piel de Estela. En los altavoces de la clínica comenzó a resonar el ya familiar y potente latido doble.
¡Pum-pum-pum-pum, pum-pum-pum-pum!
James miraba la pantalla con una sonrisa de orgullo, reconociendo las siluetas de sus dos hijos. Pero de repente, el doctor Martínez dejó de hablar. Su sonrisa se desvaneció y frunció el ceño, acercándose más al monitor. Movió el aparato con rapidez hacia el costado izquierdo de Estela, presionando un poco.
James se tensó de inmediato, apretando los dedos de Estela. Su instinto de protección saltó todas las alarmas.
—¿Doctor? ¿Pasa algo malo? ¿Los bebés están bien?
El médico no respondió de inmediato. Tecleó algo en el panel de control, amplió una zona oscura que se encontraba justo detrás de la placenta principal y ajustó el contraste de la imagen. En la pantalla, oculto en una cavidad profunda que las ecografías anteriores no habían logrado enfocar debido a la posición de sus hermanos, apareció un tercer saco gestacional, más pequeño pero perfectamente formado.
Y de repente, un nuevo sonido, un tercer ritmo independiente y veloz, inundó la sala de exploración.
¡Pum-pum, pum-pum, pum-pum!
Estela contuvo el aliento, mirando la pantalla sin entender. James se quedó completamente de piedra, con los ojos abiertos de par en par.
—Doctor… ¿qué es ese sonido? —susurró Estela con la voz temblorosa.
El ginecólogo se retiró las gafas, mirando a la pareja con una mezcla de absoluto asombro y emoción profesional.
—Es un tercer corazón, Estela. No vienen dos bebés en camino. Vienen tres. Es un embarazo de trillizos.
—¿Trillizos? —repitió James, sintiendo que el suelo del hospital se tambaleaba bajo sus pies. El aire pareció desaparecer de la habitación—. Pero en Grecia nos dijeron que solo implantaron dos embriones de categoría A. ¡Es imposible!
—Médicamente es una anomalía rara, pero perfectamente posible, señor Fernández —explicó el doctor Martínez, señalando la pantalla con el cursor—. Uno de los dos embriones que les transfirieron en Atenas se dividió en dos durante las primeras horas de la implantación, dando lugar a gemelos idénticos. El otro embrión siguió su curso normal. Este tercer bebé se colocó exactamente detrás de sus hermanos, pegado a la pared uterina interna. La placenta y la sombra de los otros dos niños lo han mantenido completamente oculto a nuestros ojos hasta hoy, cuando el tamaño del útero lo ha obligado a salir a la luz. Es lo que llamamos el síndrome del trillizo oculto.
Estela miró a James, asustada por la magnitud de la noticia, pero se quedó impactada al ver su reacción. James no parecía molesto ni asustado por el gasto o la complicación. Tenía las lágrimas desbordadas, resbalando por sus mejillas mientras miraba el pequeño puntito parpadeante que se había escondido durante siete meses.
—¿Y… y están todos sanos? —alcanzó a preguntar James con la voz rota por la emoción.
El médico sonrió de nuevo, moviendo el transductor para tomar medidas.
—Los dos niños principales están enormes y fuertes. Y este pequeño milagro de aquí atrás… a ver… sí, la estructura ósea y la frecuencia cardíaca son perfectas. Y por la forma de la pelvis que alcanzo a ver ahora que se ha movido… señor Fernández, la tercera es una niña. Tienen dos niños y una pequeña princesa escondida.
Al escuchar la palabra "princesa", el corazón de James dio un vuelco definitivo. Miró a Estela, que también lloraba de emoción en la camilla. Sin poder evitarlo, rompiendo todas las barreras del contrato y las mentiras, James se inclinó hacia ella y le plantó un beso tierno y profundo en la frente, rodeando su rostro con sus manos.
—Gracias, Estela… gracias —susurró James contra su piel, con una devoción que no tenía nada que ver con los negocios—. Tres… Dios mío, tres milagros.
Estela cerró los ojos, disfrutando del calor de sus labios en su frente, sintiendo que el vínculo que la unía a ese hombre ya no era una cuerda floja, sino una raíz profunda que se clavaba en lo más hondo de su ser. El secreto del séptimo mes había estallado, transformando su palacio de cristal en el inicio de una familia numerosa que ninguno de los dos había planeado, pero que ya no podían imaginar separados.