Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo XIX Eventos inesperados
Valeria caminó presurosa por el pasillo para hablar con el médico de su hermano y confirmar la fecha exacta de la cirugía, pero la noticia que recibió fue un golpe brutal.
—Valeria, qué bueno que llegas —dijo Ignacio al verla acercarse, con una clara expresión de angustia—. Por favor, dime qué está pasando. La solicitud para la cirugía de tu hermano acaba de ser rechazada por el departamento administrativo.
Ignacio tenía veintisiete años y era uno de los cirujanos más reconocidos del país. Atractivo, de mirada clara y porte elegante, era un hombre que despertaba admiración dondequiera que fuera. Sin embargo, su atención siempre estuvo puesta en la joven e inteligente Valeria. Por estricta ética profesional, jamás había dado un paso en falso: ella era la hermana de su paciente y esa era una línea firme que se había jurado no cruzar, aunque el cariño por ella fuera evidente.
—¿De qué estás hablando, Ignacio? —la voz de Valeria salió alterada y llena de pánico—. El tratamiento ya está pagado en su totalidad, solo faltaba programar la hora y el quirófano.
—Su tutora legal vino a la administración alegando que el procedimiento pondrá en riesgo la vida de Alejandro y exige el reembolso inmediato de todo el dinero —explicó el médico, notoriamente frustrado por la jugada.
—¡No! No pueden permitirlo —suplicó Valeria, sintiendo que el suelo se le hundía bajo los pies—. Ese dinero no le pertenece a Esperanza y mi hermano necesita esa operación de inmediato. Si se lo devuelven, lo dejará morir.
—Tranquilízate, no voy a permitir que te haga esto —la consoló Ignacio con firmeza.
De inmediato, el médico sacó su teléfono y marcó al departamento de finanzas, dando la orden tajante de congelar cualquier trámite de reembolso hasta que la situación legal se aclarara formalmente.
En ese preciso momento, el teléfono de Valeria comenzó a vibrar en su bolso. Al mirar la pantalla, vio el número de su recién estrenado esposo.
—¿Dónde estás? —la voz impaciente de Dante resonó del otro lado de la línea, cargada de una frialdad peligrosa—. Te recuerdo que firmaste un contrato y que tienes responsabilidades que cumplir.
Dante estaba furioso. La noche ya estaba cayendo sobre la ciudad y Valeria aún no regresaba al penthouse.
—Lo sé perfectamente y le aseguro que no estoy rompiendo ninguna regla —respondió Valeria con la voz temblorosa por el estrés de la situación—. Solo estoy resolviendo un asunto personal urgente. En cuanto termine, iré para allá.
—Valeria, tenemos que ir a la oficina de la dirección ahora mismo —interrumpió la voz de Ignacio a su lado, buscando su atención para resolver el problema del expediente.
Esa voz masculina de fondo encendió todas las alarmas en la mente desconfiada de Dante.
—Tengo que colgar… —alcanzó a decir ella.
—Valeria, ni se te ocurra colgarme…
El tono de llamada interrumpida resonó en el receptor de Dante, dejándolo en un silencio sepulcral que duró apenas un segundo antes de que la rabia lo hiciera estallar.
—¡Enrique! —bramó con tanta fuerza que el eco retumbó por todo el penthouse.
Su chofer y hombre de confianza apareció a toda prisa en la sala, alterado por el grito.
—Señor, ¿qué ocurrió? —preguntó preocupado.
—Rastrea el teléfono de mi esposa. Ahora mismo —ordenó Dante, apretando los dientes con furia.
Enrique parpadeó, confundido por la orden tan drástica.
—¿Señor?
—¡¿Acaso estás sordo?! ¡Te dije que rastrees su ubicación! —rugió Dante, con la mirada ardiendo en celos y sospecha—. Quiero saber exactamente en dónde y con quién demonios está.
Mientras Dante se ahogaba en sus propios celos, Valeria caminaba directo hacia las fauces de un nuevo infierno.
Tras salir de la clínica, la desesperación la llevó a la casa que una vez fue su hogar para encarar a su madrastra.
—¡¿Por qué detuviste el proceso de la cirugía de Alejandro?! —demandó Valeria con la voz quebrada por la rabia, irrumpiendo en la sala.
—Te estaba esperando, ingrata —respondió Esperanza con una sonrisa cargada de sarcasmo.
—Corrijo: te estábamos esperando —añadió la voz rasposa de Guillermo, apareciendo desde la cocina con una mirada llena de morbosa satisfacción.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó Valeria, dando un paso atrás, invadida por el terror.
—Vine por lo que me pertenece. Pero antes, vas a explicarme exactamente dónde y con quién estuviste toda la noche, pequeña cualquiera —escupió el hombre con rabia.
Valeria intentó girarse para huir de aquella trampa, pero uno de los matones que acompañaba a Guillermo la sujetó con brutalidad, atrapándole los brazos por la espalda.
—De aquí no te vas a volver a escapar —amenazó Guillermo, acercándose a ella con el rostro desencajado—. Esta tarde, un imbécil fue a buscarme a mi oficina y me dio una paliza en tu nombre. Y eso me lo vas a pagar tú misma.
A una señal de Guillermo, el sujeto la lanzó sin piedad contra el suelo. Antes de que Valeria pudiera reaccionar, Guillermo le propinó una patada en el estómago que le cortó el aire por completo, haciéndola ovillarse sobre la alfombra.
—¡Por favor, no me lastimen! ¡Yo no tengo nada que ver con eso! —imploró Valeria entre sollozos, sofocada por el dolor.
—Más te vale no estar manchada por ningún otro tipo, porque lo vas a pagar muy caro —sentenció Guillermo furioso, antes de girarse hacia Esperanza—. Y tú, más vale que esta muerta de hambre no sea una mala inversión, porque me aseguraste que era una niña pura.
Guillermo se inclinó, la sujetó con violencia del cabello y la obligó a alzar el rostro.
—Ahora vas a ver lo que es un hombre de verdad…
En el preciso instante en que Guillermo intentó besarla a la fuerza, la puerta principal de la vivienda cayó de golpe, abierta de par en par con una violencia brutal. En el umbral apareció la imponente silueta de Dante Salazar, con la mirada oscurecida por una furia demoníaca al ver a su esposa siendo humillada de esa manera.
—¡Quítale las manos de encima a mi mujer! —rugió Dante con una fiereza que hizo temblar las paredes.
—¡¿Quién demonios eres tú y qué haces en mi casa?! —chilló Esperanza, fuera de sí por la intromisión.
Dante ni siquiera se molestó en mirarla. Sus ojos oscuros estaban fijos en Valeria: echada en el suelo, golpeada, con un hilo de sangre brotando de la comisura de sus labios y la mirada desprovista de luz. Ignorando a los presentes, avanzó con pasos largos y decididos.
Antes de que Guillermo pudiera reaccionar, Dante le asestó un puñetazo brutal en el rostro que lo hizo tambalearse y caer ruidosamente contra la mesa del centro.
Al mismo tiempo, la escolta personal de Dante irrumpió en la casa, neutralizando a los hombres de Guillermo en cuestión de segundos.
Dante se arrodilló al lado de Valeria. La rabia que quemaba su pecho se transformó en un dolor sordo al ver su fragilidad.
—Este era el asunto urgente que tenías que resolver… Eres demasiado joven e ingenua, cualquiera puede intentar sobrepasarse contigo —murmuró Dante en un susurro áspero antes de deslizar sus brazos con infinita delicadeza bajo su cuerpo y alzarla en vilo.
Al sentir el calor de su pecho y su perfume a madera, Valeria se aferró a su camisa y escondió el rostro en su cuello, buscando refugio.
Dante alzó la mirada hacia sus escoltas, con los ojos helados como la muerte.
—Enséñenle a esta escoria lo que ocurre cuando osan ponerle un solo dedo encima a lo que me pertenece.
Sin mirar atrás, el magnate salió de la casa llevando a Valeria firme entre sus brazos, dejando a sus espaldas una ola de gritos y suplicas desesperadas. En el camino hacia la camioneta, ella solo apretó los ojos y se refugió contra su pecho, dejando que la fuerza de Dante la aislara por completo del infierno que acababa de dejar atrás.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍