Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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9. Capítulo 9
Susurros en la penumbra y un latido que despierta
La humareda de la parrillada y las carcajadas provocadas por Don Arturo finalmente quedaron atrás. La mansión Mercier había vuelto a un silencio apacible, pero ya no se sentía el frío sepulcral de los años pasados. Había un calor tenue, casi imperceptible, flotando en el ambiente.
Mael dormía plácidamente en su habitación, agotado tras un día lleno de juegos con su abuelo. Don Arturo y Doña Helena también se habían retirado a sus aposentos, dejando a Mateo e Isabela solos en el amplio salón principal.
Isabela estaba de pie junto a los ventanales que daban al jardín iluminado por la luna. Sostenía entre sus manos una taza de té tibio, observando las gotas de rocío sobre los cristales. Sentía una mezcla de sensaciones en el pecho: por un lado, la tranquilidad de ver a su hijo feliz; por el otro, el constante temor de que todo fuera una simple ilusión pasajera.
Mateo apareció en el umbral, caminando despacio para no sobresaltarla. Había tomado un baño, cambiado la camisa manchada de hollín por un suéter gris cómodo y olió a su fragancia fresca habitual.
—El niño cayó profundamente dormido —dijo Mateo con voz suave, deteniéndose a unos pasos de ella para respetar su espacio.
—Le hacía falta un día así —respondió Isabela sin girarse del todo, aunque su tono ya no tenía el filo helado de días anteriores—. Tus padres son increíbles, Mateo. Llenaron de vida un lugar que siempre me pareció una prisión.
Mateo sintió una punzada en el pecho. Las palabras de Isabela le recordaron el infierno de soledad al que la había sometido. Avanzó un par de pasos, colocándose a su lado, mirando también hacia el jardín iluminado por la luz de la luna.
—Esta casa fue una prisión porque yo fui un carcelero ciego, Isabela —confesó Mateo en un susurro cargado de sinceridad—. Cuando te vi reírte hoy en la terraza... por primera vez en años sentí que el aire me entraba completo en los pulmones. Tu risa le devolvió la vida a esta casa.
Isabela giró la cabeza para mirarlo. La luz dorada de las lámparas de pared reflejaba la intensidad en los ojos oscuros de Mateo. No había rastro de la soberbia del magnate impecable; solo estaba el hombre que, contra todo pronóstico, estaba luchando día a día por redimirse.
—No hagas esto más difícil, Mateo —pidió Isabela, sintiendo cómo su pulso comenzaba a acelerarse sin su permiso—. No puedes pretender que una tarde de risas borrara cinco años de olvido. Cada vez que me miras así, me pregunto si mañana volverás a ser el hombre distante que me ignoraba al desayunar.
Mateo no resistió el impulso. Extendió la mano lentamente, dándole el tiempo suficiente para alejarse si lo deseaba, y rozó con la yema de sus dedos la mejilla de Isabela, retirándole suavemente un mechón de cabello rebelde. Su contacto fue tan cálido y delicado que un escalofrío recorrió la espalda de Isabela.
—Sé que tienes miedo, y tienes todo el derecho de tenerlo —dijo Mateo, manteniendo la mirada fija en los ojos de ella—. No te pido que olvides el pasado esta noche. Solo te pido que me permitas estar aquí, a tu lado, demostrándote cada día que no hay nada en este mundo que me importe más que tú y Mael.
Por un segundo que pareció eterno, el tiempo se detuvo entre los dos. Isabela no se alejó de su toque. Podía sentir el calor de la mano de Mateo en su piel y el ritmo acelerado de su respiración. Un latido olvidado en su corazón comenzó a despertar, un sentimiento de calidez que creía haber enterrado para siempre.
Confundida por la intensidad del momento y temerosa de ceder tan rápido, Isabela dio un paso atrás rompiendo el contacto suavemente, dejando escapar un suspiro contenido.
—Es tarde, Mateo. Debo ir a descansar —susurró con la voz ligeramente temblorosa.
Mateo asintió con una sonrisa comprensiva y llena de paciencia, dando un paso atrás para darle espacio.
—Descansa, Isabela. Buenas noches —respondió él con dulzura.
Isabela caminó hacia las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Al llegar al pasillo, se llevó una mano a la mejilla que Mateo había acariciado. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía rabia ni tristeza; sentía que el hielo en su corazón comenzaba a derretirse, abriendo paso a una esperanza que tanto le asustaba sentir.