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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24: La bala que no se escucha

I

La oficina temporal de Interpol en Ciudad de México olía a café quemado y a papel viejo. Gwen estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a Dante, con los brazos cruzados. Su silueta recortada contra la luz del atardecer era una torre: un metro noventa y tres de hueso, músculo y disciplina militar. La cicatriz de bala en su mejilla izquierda brillaba como cera derretida cada vez que el sol le daba de frente.

—Anderson Lorenzo sabe quién eres —dijo sin voltearse.

Dante estaba sentado en la silla frente al escritorio. No intentó negarlo.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé con certeza. Meses, quizá.

Gwen se giró. Sus ojos eran del color del acero mojado, y cuando se fijaban en alguien con esa intensidad, la persona dejaba de sentirse observada y empezaba a sentirse radiografiada.

—Y no me informaste.

—No tenía confirmación hasta anoche.

—Anoche. —Pronunció la palabra como si la masticara—. Cuando él mismo te lo dijo en un campo de tiro mientras apuntaba una pistola a la cabeza de un civil. ¿Correcto?

Dante asintió.

Gwen caminó hacia el escritorio. Se sentó en la esquina, cruzó los brazos otra vez, y lo miró desde arriba.

—Que tú estás comprometido. —Se inclinó hacia delante—. Anderson Lorenzo tiene tu identidad real en la palma de la mano y en lugar de aplastarte la eligió guardar. ¿Sabes lo que eso significa? Que te quiere vivo. Que te quiere cerca. Y que cada segundo que sigas ahí dentro, estás jugando su juego, no el nuestro.

El silencio se estiró entre ellos como un cable tenso.

—Estoy considerando sacarte —dijo Gwen.

Dante levantó la mirada. Algo se movió detrás de sus ojos: no protesta, no alivio, sino el reconocimiento frío de que el suelo bajo sus pies acababa de volverse arena.

—No he tomado la decisión todavía. —Levantó la mano—. Voy a hablar con Lyon esta noche. Si deciden que el riesgo supera el beneficio, sales. Sin negociación.

Dante se puso de pie.

—Anderson confía en mí precisamente porque sabe quién soy. Eso no es una vulnerabilidad, Gwen. Es acceso.

La cicatriz de su mejilla parecía más profunda bajo esa luz.

—¿Sabes qué me dijo mi instructora cuando entré a la agencia? Que el día en que un agente empiece a justificar por qué debe quedarse, es el día en que ya no puede ver con claridad. —Se levantó—. Vete a casa. Duerme.

Dante quiso responder. Pero Gwen ya estaba recogiendo su abrigo del respaldo de la silla, y cuando Gwen recogía su abrigo, la conversación había terminado.

—Te llevo —dijo ella—. Mi auto está abajo.

II

El Volkswagen gris de Gwen olía a cuero sintético y a menta. Conducía como hacía todo lo demás: con eficiencia brutal, sin movimientos innecesarios, el respaldo del asiento perfectamente recto para acomodar su estatura. Dante iba en el asiento del copiloto, con la frente apoyada en el cristal.

La ciudad se deslizaba afuera como un río de luces. Periférico Sur, tráfico denso, el ruido amortiguado de claxons y motores. Gwen no encendió la radio. No hablaron.

Un semáforo en rojo los detuvo en la esquina de Insurgentes y Mixcoac. A la izquierda, una taquería derramaba humo y cumbia desde una bocina reventada. A la derecha, un hombre vendía elotes desde un carrito oxidado. Ciudad de México a las nueve de la noche: caótica, hambrienta, brutalmente viva.

Gwen tamborileó una vez en el volante con el índice. Dante lo registró porque llevaba años registrando cada gesto de esa mujer: la forma en que apretaba la mandíbula antes de dar una orden difícil, el tono exacto con que decía "muchacho" cuando estaba orgullosa de él sin querer admitirlo.

—Gwen.

—¿Qué?

—Gracias. Por no sacarme sin avisarme primero.

Gwen giró la cabeza hacia él. Durante medio segundo, la mujer que había sobrevivido a un disparo en la cara en Bogotá y a quince años de cargar con las vidas de sus agentes como piedras en los bolsillos, lo miró como lo que era: un muchacho de veintisiete años que necesitaba que alguien le dijera que iba a estar bien.

No se lo dijo. Gwen no mentía.

—Cuídate, Dante. Siempre...

El cristal explotó.

No hubo sonido primero. O quizá sí lo hubo, pero la memoria de Dante lo borraría después, reemplazándolo con un silencio blanco e interminable. Lo que sí recordó — lo que recordaría cada noche durante los meses siguientes, despierto en la oscuridad — fue el movimiento.

La cabeza de Gwen se sacudió hacia la derecha. Un espasmo breve, casi mecánico, como si alguien le hubiera jalado un hilo invisible desde el otro lado del cráneo. Después, nada. Su cuerpo se desplomó contra el cinturón de seguridad. La mano izquierda, que un segundo antes tamborileaba en el volante, cayó sobre su regazo con la palma hacia arriba.

Un agujero limpio en la ventanilla del conductor. Fragmentos de vidrio sobre el tablero, sobre las piernas de Dante, brillando bajo las luces del semáforo como diamantes diminutos.

Sangre.

Dante se quedó inmóvil. No gritó. No se agachó. No buscó el arma que no llevaba porque esa noche no era un agente sino un muchacho que su superiora estaba llevando a casa.

El semáforo cambió a verde. Detrás de ellos, los autos empezaron a tocar el claxon.

Extendió la mano y tocó el hombro de Gwen. El músculo bajo la tela del abrigo todavía estaba caliente. Un metro noventa y tres de mujer que había sobrevivido a todo, excepto a una bala que no se escuchó.

—Gwen.

Su voz sonó como si viniera de otro cuerpo. Las bocinas seguían sonando. El vendedor de elotes había dejado caer sus pinzas y miraba con la boca abierta.

Retiró la mano. Los dedos manchados de rojo. Los miró durante un tiempo que pudo haber sido un segundo o una hora.

Después sacó el teléfono y marcó el único número que su cerebro fue capaz de recordar.

—Leslie. —Su propia voz le llegaba como a través de agua—. Gwen está muerta.

Silencio al otro lado de la línea. Tres segundos que pesaron como plomo.

—¿Dónde estás? —preguntó Leslie.

—Insurgentes y Mixcoac. Semáforo. Un disparo. No sé de dónde vino.

—No te muevas. No toques nada. Voy para allá.

La llamada se cortó. Dante bajó el teléfono. El semáforo ya estaba en rojo otra vez. Los claxons se habían convertido en un ruido sordo, lejano, como el zumbido de un insecto atrapado en un frasco.

Gwen seguía sentada a su lado con la postura perfectamente recta. El cinturón la sostenía. La muerte no le había quitado la postura ni la altura ni los hombros anchos.

Le había quitado todo lo demás.

III

El campo de béisbol abandonado estaba en las orillas de Iztapalapa, entre una barda de concreto pintada con grafiti y un lote baldío donde alguien había dejado morir un Tsuru sin llantas. No tenía luces. No tenía gradas. Solo tierra apisonada, un diamante de polvo marcado con cal vieja, y un silencio espeso que olía a hierba seca y a perro callejero.

Dante se sentó en el montículo del pitcher. La tierra estaba fría bajo sus jeans. En la mano derecha sostenía una lata de Tecate; en la izquierda, nada.

Leslie lo había encontrado en el auto con Gwen, había coordinado con el equipo de extracción, había hecho todo lo que había que hacer con la eficiencia implacable que lo definía. Después, cuando los forenses se llevaron el cuerpo de Gwen en una bolsa negra que no era suficientemente larga para ella, Leslie miró a Dante y dijo:

—¿Adónde quieres ir?

Dante dijo el nombre de la colonia donde había crecido. Leslie no preguntó por qué.

Ahora estaban sentados en el campo de béisbol donde Dante había jugado de niño, antes de que la agencia lo encontrara, antes de que el nombre Dean Yang existiera. El cielo de Iztapalapa no tenía estrellas — la contaminación lumínica las había devorado hacía décadas —, pero la luna llena se abría paso entre las nubes con una luz lechosa que convertía todo en plata sucia.

Leslie se sentó a su lado sin decir nada. Abrió dos cervezas con el borde de su cinturón, le pasó una a Dante, y bebió de la otra.

No hablaron.

Dante bebió la primera cerveza en cuatro tragos largos. Luego la segunda. Luego la tercera. No bebía como alguien que busca emborracharse, sino como alguien que busca llenar un espacio que de pronto se ha vaciado por completo.

Leslie lo observaba con la misma atención con que observaba todo. Pero no intervino. No dijo "ya es suficiente". No dijo "lo siento". No dijo ninguna de las frases que la gente dice cuando alguien muere, porque Leslie entendía algo que la mayoría de las personas no entiende: que el dolor verdadero no necesita palabras. Las palabras, a veces, son lo peor que se le puede hacer al dolor.

En algún momento, Dante habló.

—Aquí jugaba de niño. —Su voz era plana, sin inflexión, como una línea recta—. Shortstop. Era malo. Demasiado flaco, demasiado lento. Pero venía todos los días después de la escuela.

Leslie no respondió. Bebió un trago de su cerveza.

—Gwen fue la primera persona que me dijo que era bueno para algo. —Dante miró la lata vacía en su mano—. No bueno en general. Bueno para algo específico. Me dijo que tenía el tipo de mente que puede sostener dos realidades al mismo tiempo sin romperse.

Una pausa.

—Se equivocó.

Leslie giró la cabeza hacia él, pero Dante ya no estaba mirando nada. Sus ojos estaban fijos en un punto indeterminado del campo oscuro, y lo que veía ahí era algo que solo él podía ver: la mano de Gwen cayendo sobre su regazo con la palma hacia arriba.

La cuarta cerveza se vació. La quinta se quedó a medias. La cabeza de Dante empezó a inclinarse hacia adelante, centímetro a centímetro, como un edificio que cede ante su propio peso. No se durmió de golpe. Se fue apagando despacio, con la mandíbula apretada y los hombros rígidos incluso en la inconsciencia, como un soldado que no sabe dejar de vigilar ni cuando el cuerpo ya no puede más.

Se desplomó hacia un lado. Leslie lo atrapó antes de que tocara la tierra.

IV

Dante dormía.

No con paz. Con agotamiento. Los párpados cerrados temblaban, y de vez en cuando su mandíbula se contraía como si masticara algo amargo en sueños. Pero dormía, y eso era más de lo que Leslie esperaba.

Leslie lo había recostado sobre el montículo, con la cabeza apoyada sobre su propia chamarra doblada. Se quitó el saco — gris oscuro, sin una arruga, porque Leslie Avis no tenía arrugas en la ropa ni en las emociones — y lo extendió sobre el cuerpo de Dante. El saco era demasiado grande para cubrirlo entero, pero tapaba el pecho y los brazos, y eso bastaba.

La noche de Iztapalapa era fría. El aire arrastraba olor a tortillas quemadas y el ladrido intermitente de un perro que custodiaba un terreno baldío. Leslie se quedó sentado junto a Dante, con los antebrazos apoyados en las rodillas, mirando el campo vacío como si montara guardia.

Hacía frío y no tenía saco. Las mangas de su camisa blanca estaban enrolladas hasta los codos. No temblaba.

Dante se movió en sueños. Un quejido bajo, casi inaudible, que no llegó a ser palabra. Leslie bajó la mirada hacia él. La luz de la luna le iluminaba la cara: los pómulos afilados, la línea dura de la mandíbula, las ojeras que se habían profundizado en las últimas horas como grietas en una pared.

"Siempre solo", pensó Leslie. "Incluso rodeado de gente. Incluso conmigo al lado. Siempre, fundamentalmente, solo."

Se inclinó despacio. La distancia entre su boca y la frente de Dante se redujo centímetro a centímetro. Se detuvo a un centímetro. Tal vez menos.

Los labios de Leslie no tocaron la piel.

Se quedaron ahí, suspendidos, durante tres latidos de corazón. Después se retiraron.

—Te voy a cuidar siempre —murmuró Leslie.

Las palabras no fueron para Dante. Fueron para sí mismo. Un juramento sin testigos, sin registro, sin la menor esperanza de que fuera correspondido. El tipo de promesa que solo hacen las personas que ya han decidido que su propia felicidad es un precio razonable a pagar.

Dante no escuchó. Estaba dormido. Pero su mano izquierda, la que descansaba fuera del saco, se movió. Los dedos se abrieron, buscaron algo en la oscuridad con la torpeza ciega del sueño, y encontraron la mano de Leslie.

Se cerraron alrededor de ella.

Leslie se quedó inmóvil. Miró los dedos de Dante envolviendo los suyos — el agarre flojo, inconsciente, el tipo de contacto que solo sucede cuando todas las defensas están abajo — y algo en su pecho se fracturó sin hacer ruido.

No retiró la mano.

El perro dejó de ladrar. La luna siguió su arco lento sobre la ciudad. En algún lugar de la colonia, alguien apagó la última luz.

Leslie no durmió. Solo sostuvo la mano de Dante y esperó a que amaneciera.

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