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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: Rendición en la Seda y las Sombras

La declaración de Alistair resonó en la galería de piedra como el eco de un pacto milenario. Para Elena, el mundo racional —las fechas, las teorías de la conservación de arte, la lógica de una vida estructurada en la ciudad— terminó de desmoronarse por completo.

Aceptó la verdad. La asimiló no con el intelecto, sino con la certidumbre primitiva que le recorría las venas. Frente a ella no había un peligro del que huir, sino la única mitad que le daba sentido al fuego latente de su propio cuerpo. La atracción sobrehumana que emanaba del rey vampiro la venció, barriendo la última barricada de dudas que le quedaba en la mente.

Elena no esperó a que Alistair diera el siguiente paso.

Elevó las manos, enredó sus dedos en el denso cabello negro del monarca y tiró de él hacia abajo con una ferocidad madura y decidida. Sus labios carnosos buscaron los de él en un beso de entrega absoluta. Ya no había vacilación ni cautela; era una toma de posesión mutua, ardiente y cargada de una necesidad reprimida durante siglos.

Alistair dejó escapar un gruñido bajo y gutural desde el fondo de su pecho. La rendición de su tuo cantante destruyó el último vestigio de la compostura aristocrática que le quedaba. Rodeó la cintura de Elena con sus brazos de acero, elevándola sin el menor esfuerzo sobre la seda roja de su vestido, y la pegó contra su cuerpo mientras devoraba su boca con una voracidad insaciable.

El rey caminó con ella en brazos por el pasillo de mármol negro. Se movió con esa gracia fantasmal y fluida que desafiaba la percepción humana, atravesando un arco de piedra hacia la estancia más privada y resguardada del Palacio de las Sombras: los aposentos reales.

La alcoba del rey

Las pesadas puertas de caoba de la alcoba se cerraron de golpe tras ellos sin que nadie las tocara.

El espacio era un santuario de lujo gótico y opulencia desmedida. Un fuego cálido y constante crujía en una chimenea tallada en mármol blanco; sobre el techo abovedado, un fresco de tonos sombríos mostraba constelaciones de pan de oro que brillaban bajo la luz tenue de varias candelas de cera pura. El aroma a incienso, cedro y la esencia embriagadora de Alistair impregnaba el aire.

En el centro de la estancia se alzaba una cama de dosel monumental de madera de nogal tallada a mano. Las cortinas de terciopelo negro estaban recogidas a los lados, dejando al descubierto un lecho de dimensiones regias, vestido entero con sábanas de raso de un tono negro profundo que brillaban como agua nocturna bajo el fuego.

Alistair depositó a Elena sobre el centro de la cama con una delicadeza abrumadora, como si sostuviera la joya más valiosa de la creación.

La falda de seda borgoña de su vestido se desparramó sobre el raso negro en un contraste estético escandaloso y sensual. Las curvas exuberantes de Elena se amoldaron a la suavidad del colchón; su pecho, aún aprisionado por el corsé, subía y bajaba en bocanadas de aire agitadas, mientras sus ojos avellana brillaban con un éxtasis incipiente.

Alistair se posicionó sobre ella, apoyando sus manos fuertes a ambos lados de la cabeza de la joven.

—Elena... —murmuró el rey, contemplándola en mitad de la penumbra de la seda. Su voz era un susurro ronco, cargado de un deseo tan puro que el aire parecía vibrar—. Si cruzas esta línea conmigo esta noche, no habrá vuelta atrás. Serás mía en cuerpo, sangre y alma para toda la eternidad.

Elena alzó la mano y trazó con sus dedos la línea firme de los pómulos de Alistair, bajando por su barbilla hasta detenerse en sus labios carnosos.

—Hazme tuya, Alistair —respondió ella en un susurro sin temblor—. No quiero regresar a un mundo donde tú no estés.

La desnudez del deseo

El rey cerró los ojos por un segundo, saboreando las palabras de la mujer como la bendición más grande de su existencia milenaria.

Con manos expertas y una parsimonia que quemaba los nervios de Elena, Alistair comenzó a desarmar la coraza de tela que los separaba. Sus dedos desataron el lazo del corsé interno del vestido borgoña; la seda se abrió suavemente, revelando la plenitud de sus senos de piel cálida, aprisionados por un encaje fino que apenas lograbas contener la abundancia de sus formas.

Alistair contuvo el aliento. Sus ojos ámbar recorrieron el vientre suave de Elena, la curva pronunciada de sus caderas anchas y la solidez de sus muslos maduros.

—Eres la perfección hecha carne —dijo el vampiro, bajando la cabeza para besar la piel al descubierto de su abdomen.

Cada beso de Alistair sobre su vientre era una lección de devoción. Sus labios descendieron lentamente, rozando la tela de encaje antes de deslizar el vestido completamente fuera del cuerpo de la joven. La seda rozo el raso negro antes de caer al suelo con un susurro inaudible.

Alistair se despojó de su camisa de seda negra y de sus botas en un movimiento fluido. Elena extendió los brazos para recibirlo, admirando la anatomía perfecta de su rey: los hombros anchos, los pectorales de mármol esculpido y las líneas tensas de su torso, que contrastaban con la suavidad voluptuosa de su propio cuerpo.

Cuando el cuerpo desnudo de Alistair se acomodó entre sus piernas sobre las sábanas de raso, el choque de temperaturas fue una detonación. La piel helada del rey se encendió al contacto con la calidez abrasadora de Elena, absorbiendo su calor como un desierto sediento.

Elena rodeó la espalda de Alistair con sus piernas, hundiendo sus uñas en la musculatura firme de sus hombros mientras la boca de él reclamaba la suya una vez más.

El éxtasis y la marca de la noche

El encuentro se convirtió en un sinfonía de sentidos desbordados sobre el raso negro.

Alistair veneró cada centímetro de su anatomía. Sus manos grandes y firmes moldearon las caderas de Elena con una posesividad absoluta, apretando la carne suave de sus muslos mientras su boca descendía hacia su pecho. El rey tomó uno de los pezones erguidos de la joven entre sus labios, succionando con una lentitud rítmica y provocadora que hizo que Elena arqueara la espalda sobre la cama, dejando escapar un gemido agudo de puro placer que resonó en el dosel.

—Alistair... dios mío... —gemía ella, perdiendo la noción de la realidad.

El placer no era solo físico; era una conexión espiritual profunda donde cada caricia de Alistair borraba la soledad de sus años y encendía una electricidad viva en sus venas. Las sábanas de raso se desordenaban bajo el peso de sus cuerpos en movimiento, ofreciendo un deslizamiento suave que acentuaba el roce de sus pieles.

Alistair ascendió nuevamente por su torso, quedando a milímetros de su rostro. Sus ojos ámbar brillaban con una luz casi salvaje en la penumbra.

—Quiero dejar mi marca en ti, Elena —susurró el monarca, rozando con el pulgar la garganta de la joven—. Quiero que sientas el éxtasis de mi naturaleza. Pero debes pedírmelo.

Elena miró los colmillos sutiles que asomaban entre sus labios. No había miedo en su corazón, solo un hambre voraz por unirse a él en todos los niveles posibles.

—Muérdeme, Alistair —pidió Elena, mirándolo fijamente a los ojos—. Sé mi rey.

Alistair soltó un suspiro ahogado. Inclinó la cabeza sobre el cuello de Elena, posando sus labios en la arteria carótida donde el pulso de la joven latía con una violencia hermosa.

Lamió la piel suave de su garganta, preparando la carne con un beso abrasador. Luego, con una delicadeza extrema y un control sobrehumano, hundió la punta de sus colmillos en la piel de Elena.

El dolor duró apenas una fracción de segundo, sustituido inmediatamente por una descarga de placer eléctrico y abrumador que corrió por el sistema nervioso de Elena como veneno dorado. El veneno vampírico de Alistair —un elixir de éxtasis puro diseñado para adormecer el dolor y multiplicar el placer— inundó la sangre de la joven.

Elena ahogó un grito de éxtasis contra el hombro del rey. Sus pupilas se dilataron por completo mientras experimentaba una ola de sensaciones que sobrepasaban cualquier límite humano. La succión suave y rítmica de Alistair sobre la mordida suave en su cuello provocó una marejada de calor que se concentró directamente en su vientre.

Al mismo tiempo, Alistair se unió a ella plenamente, guiando su cuerpo para encajar en el de Elena con una lentitud reverencial.

La fusión fue perfecta. La plenitud de las formas de Elena envolvió la solidez del rey vampiro en un abrazo de seda y fuego.

La entrega absoluta

La noche sobre el lecho de raso se transformó en un ritmo insostenible de pasión, mordidas suaves y caricias profundas.

Alistair se movía sobre ella con una fuerza contenida y una elegancia dominante, manteniendo la succión en su cuello en toques breves que renovaban las olas de placer en la sangre de Elena. Cada embestida del monarca sobre la suavidad de sus caderas hacía que Elena se aferrara a sus hombros, dejando marcas rojas de sus uñas sobre la piel de alabastro del rey.

—Eres mía... mi reina, mi eternidad... —murmuraba Alistair entre beso y beso, saboreando la gota sutil de sangre que quedaba en sus labios antes de volver a besar la boca de Elena.

—Tuya... siempre tuya, Alistair... —respondía ella, perdida en el torbellino de éxtasis que la llevaba a cumbres de placer que jamás creyó posibles.

El raso negro de las sábanas registraba el frenesí de su entrega: el choque de sus pieles, los gemidos ahogados que se perdían en el dosel de la cama y el calor abrasador que los unía en mitad de la fortaleza helada. Alistair no tuvo prisa. Prolongó la entrega durante horas, llevando a Elena al borde del clímax una y otra vez con la paciencia de un ser inmortal dedicado únicamente a la adoración de su mujer.

Cuando la ola final del orgasmo mutuo los alcanzó, fue una explosión que pareció detener el tiempo dentro de la alcoba real. Elena se aferró al cuello de Alistair con un grito sofocado de placer puro, sintiendo cómo la semilla y el calor del rey la llenaban por completo, mientras Alistair hundía el rostro en su cabello castaño, soltando un rugido de satisfacción absoluta que selló su unión.

El reposo de los inmortales

Horas después, el silencio volvió a dominar los aposentos reales del Palacio de las Sombras.

La leña en la chimenea se había reducido a un lecho de brasas doradas que proyectaban un brillo tenue sobre el dosel de la cama.

Elena descansaba recostada sobre el pecho ancho de Alistair, con la cabeza apoyada justo sobre su corazón. Su cuerpo curvilíneo estaba cubierto a medias por la sábana de raso negro, revelando la piel sonrosada de su espalda y las marcas suaves y rojas que los labios y colmillos del rey habían dejado en la curva de su cuello y en la línea de su escote.

Alistair permanecía despierto, abrazándola con su brazo fuerte alrededor de su cintura, acariciando la piel suave de su cadera con una lentitud protectora.

Elena abrió los ojos despacio, sintiendo una plenitud física y emocional que jamás había experimentado en su vida. Se tocó los dos pequeños puntos en su cuello; ya no sangraban ni dolían, solo guardaban un cosquilleo dulce y cálido que le recordaba la locura de la noche.

Elevó la vista para mirar el rostro de Alistair.

El rey la observaba con una mirada de devoción absoluta, sus ojos ámbar brillando con la suavidad de la miel en la penumbra.

—Buenos días, mi reina —susurró Alistair, inclinándose para besar sus labios hinchados con una ternura infinita.

Elena sonrió, pegando sus curvas contra el cuerpo del vampiro bajo el raso negro, sabiendo que el destino la había llevado al lugar exacto al que siempre había pertenecido.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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