Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.
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Capítulo 5: La Primera Rendición
Al regresar a la mansión esa misma noche, la atmósfera en el interior del vehículo había sido casi insoportable por su densidad. La fragancia dulce y envolvente a jazmín que emanaba de la piel de Ámbar, sumada al roce sutil pero constante de sus piernas en el estrecho espacio del asiento trasero del auto blindado, había llevado a Alexander al límite absoluto de su resistencia. Cada curva del camino parecía acentuar la tortura silenciosa del magnate, quien mantenía la mirada fija en la ventana mientras apretaba los puños sobre sus rodillas para contener el impulso primitivo que lo dominaba.
En cuanto cruzaron el umbral de la suite principal, Alexander cerró la pesada puerta de roble de golpe y le echó el cerrojo con un chasquido seco que resonó en toda la habitación. Ámbar se giró de inmediato, sobresaltada por la brusquedad del sonido y por la sombra dominante que se proyectaba sobre ella.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, dando un paso atrás por instinto mientras se abrazaba a sí misma.
—Cumplir con el contrato —respondió Alexander. Su voz era un barítono bajo, rasposo y cargado de una urgencia peligrosa que hizo vibrar el aire entre ambos. Con movimientos pausados pero decididos, se quitó la chaqueta del esmoquin y la arrojó al suelo sin contemplaciones, desabrochándose el reloj de pulsera para dejarlo caer sobre la consola.
—Alexander, por favor... no tienes que hacer esto solo por despecho o por la rabia que te provocó Cynthia en la gala...
—No se trata de Cynthia —la cortó él, acortando la distancia entre ambos con dos zancadas potentes y calculadas—. Lleva toda la noche volviéndome loco la forma en que te movías en ese vestido esmeralda. La forma en que cada hombre en ese salón te devoraba con la mirada. Si vamos a estar atrapados en este matrimonio condicionado, no voy a seguir privándome de lo que me pertenece por derecho.
Antes de que ella pudiera formular una nueva protesta, Alexander extendió sus brazos, la tomó firmemente por la cintura y la atrajo hacia su pecho. La firmeza implacable de los músculos de él chocó de lleno contra la suavidad rendida de las curvas de Ámbar. Cuando sus labios cayeron sobre los de ella, no fue un beso suave ni vacilante: fue una invasión hambrienta, apasionada y desesperada que le robó el aliento.
Ámbar intentó resistirse durante un frágil segundo, apoyando sus manos contra el torso rígido de su esposo. Sin embargo, el amor secreto que le guardaba en lo más profundo del corazón desde la infancia, sumado al magnetismo arrollador e ineludible del hombre, terminaron por derribar sus últimas defensas. Soltó un tenue gemido de rendición que Alexander ahogó de inmediato en su boca, mientras sus manos grandes y expertas encontraban la cremallera del vestido de terciopelo verde y la deslizaban hacia abajo.
El vestido cayó al suelo en un susurro de tela abandonada. Ámbar quedó expuesta en una fina lencería de encaje negro que acentuaba la belleza exuberante de sus pechos, la pequenez de su cintura y la redondez deslumbrante de sus caderas. Alexander se apartó un breve instante para contemplarla, y su respiración se entrecortó al contemplar la estampa. En sus ojos grises ya no quedaba el menor espacio para la desconfianza ni los prejuicios; solo ardía un fuego devorador.
—Eres una tentación divina, Ámbar... —gruñó él sobre su cuello, levantándola en vilo para llevarla hacia la gran cama de postes.
La noche se transformó de inmediato en una vorágine de caricias ardientes y descubrimientos sensuales. Alexander usó sus manos y sus labios para recorrer cada pulgada del cuerpo curvilíneo de su esposa, venerando con devoción las formas que antes criticaba, mientras Ámbar se entregaba con una pureza y un fervor tan intensos que dejaron al poderoso magnate desarmado. En medio de las sábanas de seda desordenadas, el frío contrato comenzó a derretirse para siempre bajo el peso invencible de un deseo incontrolable.
💯 recomendada 😉👌🏼
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/