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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

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Capítulo 5: La Despedida de la Infancia

El otoño había llegado a las tierras de la Mansión Blackwood no como un cambio sutil de estación, sino como un manto dorado y melancólico que lo teñía todo de nostalgia. Los jardines de rosales, que semanas atrás habían sido el escenario de los juegos clandestinos de Caitlyn, comenzaban a perder sus pétalos bajo el embate de un viento del norte cada vez más frío. Las hojas secas de los robles centenarios formaban alfombras crujientes de tonos cobrizos y ocre sobre la gravilla blanca de los senderos, y el cielo de la provincia se presentaba la mayoría de las tardes como un lienzo de nubes grises surcado por los últimos rayos de un sol moribundo.

Para Caitlyn, que ya había cumplido los doce años, el final de ese ciclo otoñal traía consigo una tormenta mucho más personal. La salud de su tía abuela en la lejana ciudad de la costa había flaqueado gravemente, y la señora Margaret, atada a sus pesadas obligaciones como ama de llaves de la mansión, no podía abandonar su puesto. La solución familiar, dictada con la frialdad de las circunstancias, era que Caitlyn debía partir. Viajaría a la capital para vivir en un internado de señoritas regentado por una orden religiosa, un lugar donde, según las palabras de su abuela, "moldearían ese espíritu salvaje y le enseñarían los modales de una mujer de provecho".

La idea del internado se le antojaba a la niña como una prisión de altos muros de piedra y uniformes grises, un lugar desprovisto de mariposas azules, de pasillos secretos y, sobre todo, desprovisto de él.

Durante los últimos dos años, su "príncipe azul" había sido el centro de gravedad de su pequeño universo. Las breves interacciones en la biblioteca, las miradas cómplices en el gran vestíbulo y las sonrisas que Alexander le dedicaba desde la distancia cuando se cruzaban en los jardines habían sido el combustible de su imaginación. La idea de no volver a ver esos ojos azul grisáceo, de no percibir ese aroma a cítricos y cuero limpio que emanaba de su presencia, le causaba un dolor opresivo en el pecho, un nudo en la garganta que ninguna palabra de consuelo de su abuela había logrado disipar.

La mañana de la partida llegó con una llovizna fina y persistente que empañaba los cristales de la mansión. En las dependencias del servicio, el ajetreo había comenzado antes del amanecer. El baúl de madera rústica de Caitlyn, pequeño y desgastado, ya había sido atado a la parte trasera del carromato de correos que la llevaría hasta la estación de tren.

Caitlyn se encontraba de pie en la pequeña habitación del servicio que había compartido con su abuela. Vestía el traje que Margaret le había confeccionado especialmente para el viaje: un vestido de paño grueso de color azul marino, con un cuello blanco de encaje rígido que le molestaba en la barbilla. Ya no había remiendos visibles; la ropa era pulcra, austera y restrictiva. Sus trenzas oscuras, antes libres y revoltosas, estaban ahora trenzadas con tanta fuerza que le tensaban la piel de sienes, ocultas bajo un sombrero de fieltro oscuro que le borraba parte de la luz de sus ojos.

—Ya es hora, Caitlyn —dijo Margaret, alisando las solapas del abrigo de la niña con manos temblorosas. A pesar de su habitual severidad, los ojos de la anciana estaban empañados por las lágrimas—. Debes comportarte en el internado. Estudia con diligencia, obedece a las hermanas y recuerda siempre tu lugar. Este mundo no perdona a las niñas que no saben seguir las reglas.

Caitlyn asintió en silencio, mordiéndose el labio inferior para no echarse a llorar. Sus dedos pequeños y regordetes, que aún conservaban la suavidad de la infancia pero que ya insinuaban las futuras formas generosas de su anatomía, se aferraban a los bordes de sus bolsillos.

—¿No... no puedo despedirme del señor Alexander, abuela? —preguntó en un susurro, casi temerosa de la respuesta.

Margaret soltó un suspiro cargado de realismo.

—El joven señor Alexander está en el ala principal, atendiendo asuntos de la herencia con su padre. No debes interrumpir a los señores con tus niñerías, Caitlyn. Bastante ha hecho con ser amable contigo cuando te encontraba haciendo travesuras. Camina, el chofer está esperando.

Caitlyn sintió que una oleada de frío la recorría por dentro. Caminó detrás de su abuela por los largos pasillos de losas grises, escuchando el eco de sus propias botas nuevas, cuyo cuero rígido le lastimaba los talones. Cruzaron la pesada puerta de fieltro verde que dividía las secciones de la mansión y entraron al ala principal para dirigirse hacia la salida lateral.

Sin embargo, el destino, o tal vez el lazo invisible que ya comenzaba a formarse entre sus almas, tenía otros planes.

Al pasar por el pasillo que conectaba con el gran vestíbulo de mármol, Caitlyn se detuvo en seco. Su abuela continuó caminando unos pasos antes de darse cuenta de que la niña ya no la seguía.

En el centro del vestíbulo monumental, justo debajo de la inmensa lámpara de araña cuyos cristales vibraban sutilmente por la tormenta exterior, se encontraba Alexander. No llevaba su ropa de trabajo ni sus libros de leyes. Vestía una levita de lana negra de corte impecable, un chaleco gris perla y una camisa blanca cuyo cuello alto enmarcaba su rostro de facciones perfectas. Su cabello castaño claro, humedecido por las gotas de la llovizna que se colaban cuando abría la puerta exterior, brillaba con reflejos de bronce bajo la luz dorada de las velas.

Alexander se giró al escuchar el sonido de las botas de la niña. Al verla allí, despojada de su vestido remendado y de su habitual torbellino de energía, aprisionada en ese traje formal de colegiala, su expresión divertida se transformó instantáneamente en una de profunda seriedad y madurez. Dejó los papeles que sostenía sobre una mesa auxiliar de caoba y avanzó hacia ella con pasos largos y decididos. El eco de sus zapatos sobre el suelo de tablero de ajedrez llenó el silencio del inmenso espacio.

La abuela Margaret regresó sobre sus pasos, dispuesta a pedir disculpas, pero Alexander la detuvo con un leve gesto de su mano derecha, una señal que derrochaba una autoridad natural y madura.

—Déjanos un momento, Margaret —pidió Alexander, y su voz, rica, profunda y arrastrando una nota de inusual suavidad, resonó en los techos altos del vestíbulo.

—Por supuesto, señor —murmuró la anciana, inclinándose en una reverencia antes de dar un paso atrás, manteniéndose en la sombra del pasillo adyacente.

Alexander se detuvo a escasos dos pasos de Caitlyn. La distancia entre ambos permitía que la niña percibiera con una nitidez abrumadora el aroma que siempre lo acompañaba, esa combinación de esencias cítricas de su colonia y el olor a cuero limpio de sus guantes que ahora sostenía en la mano izquierda. El joven príncipe estudió el rostro de la pequeña. Vio las pecas que aún salpicaban su nariz respingona, pero sobre todo vio el brillo de dolor y resistencia en sus ojos oscuros.

Se agachó despacio, flexionando una rodilla sobre el mármol encerado, ignorando la rigidez de su propia levita, para quedar exactamente a la altura de sus ojos, tal como lo había hecho en el jardín de rosales. Al estar tan cerca, Caitlyn pudo ver las sutiles vetas grises que cruzaban el azul de las pupilas de Alexander, unas pupilas que en ese momento reflejaban su propia imagen diminuta.

—Así que el torbellino de Blackwood se marcha a la ciudad —dijo Alexander de manera pausada, intentando forzar una de sus sonrisas amables, aunque sus ojos reflejaban una melancolía que no pudo ocultar—. Escuché a tu abuela decir que vas a un internado. Supongo que los jardines y los pasillos de esta casa van a estar terriblemente silenciosos a partir de hoy. Ya nadie intentará derribar los jarrones Ming ni jugará a las hadas entre las rosas.

Caitlyn sintió que una lágrima rebelde se escapaba de su ojo derecho, resbalando por su mejilla tostada hasta morir en el encaje rígido de su cuello blanco. No quería mostrarse débil ante él; quería que su príncipe la recordara como la niña valiente que siempre había sido.

—No quiero irme, señor Alexander —confesó con un hilo de voz que se quebró al final—. En la ciudad no hay árboles que trepar y las monjas dicen que las niñas no deben correr. Tengo miedo de olvidar cómo se siente el sol en Blackwood.

Alexander extendió su mano grande. Con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que poseían sus dedos largos, usó el dorso de su dedo índice para limpiar la lágrima de la mejilla de la niña. La calidez del contacto de su piel contra la de ella fue tan intensa que Caitlyn sintió un escalofrío que se grabó en lo más profundo de su ser.

—No vas a olvidar nada, Caitlyn —respondió Alexander, y sus ojos claros se clavaron en los de ella con una fijeza nítida, casi magnética—. Un torbellino no puede convertirse en un charco de agua estancada solo por estar en una habitación cerrada. Prométeme que mantendrás esa chispa tuya bien guardada aquí dentro —añadió, tocando suavemente con la punta de su dedo el centro del pecho de la niña, justo sobre su corazón—. Prométeme que estudiarás, que te harás fuerte y que regresarás a Blackwood cuando las hojas vuelvan a ser verdes.

—Se lo prometo —dijo ella, apretando los puños dentro de sus bolsillos.

Alexander se incorporó con esa elegancia fluida que parecía pertenecer a otra dimensión. Introdujo la mano en el bolsillo de su chaleco y extrajo un pequeño objeto que brilló bajo las luces del vestíbulo. Era un pequeño prendedor de plata en forma de mariposa, con dos diminutos zafiros engastados en los ojos que imitaban el color azul eléctrico de la criatura que ella había perseguido en su primer día.

Tomó la solapa del abrigo azul marino de Caitlyn y, con movimientos precisos, prendió la joya en la tela tosca.

—Para que recuerdes que en este castillo siempre habrá una mariposa esperando a ser atrapada por ti —susurró Alexander, dándole un suave golpecito en la punta de la nariz.

La abuela Margaret carraspeó suavemente desde la sombra, indicando que el tiempo del chofer se había agotado.

Alexander dio un paso atrás, recuperando su postura imponente y formal, el heredero de la dinastía Blackwood que regresaba a su mundo de responsabilidades.

Caitlyn se dio la vuelta despacio, obligada por el brazo de su abuela que la guiaba hacia la gran puerta doble de roble que el mayordomo mantenía abierta. El viento frío del otoño entró en el vestíbulo, agitando las faldas de su vestido azul. Justo antes de cruzar el umbral hacia la llovizna exterior, la niña se detuvo una última vez y giró la cabeza sobre el hombro.

La imagen que sus ojos capturaron quedó fija en su mente como una pintura nítida e imborrable. Alexander seguía de pie en el centro exacto del tablero de ajedrez de mármol, bajo la inmensa lámpara de araña que derramaba sobre él un aura de luz dorada. Su figura alta y perfecta, su rostro pulcro y sus ojos claros la miraban desde la distancia con una seriedad que ya no era la de un joven que juega, sino la de un hombre que ve partir algo valioso.

En ese preciso instante, mientras el aire frío le golpeaba el rostro y el prendedor de plata pesaba sobre su pecho, Caitlyn experimentó una transformación interna. El llanto infantil cesó. Su mente, alimentada por la valentía que siempre la había caracterizado, tomó una determinación inquebrantable. Miró la silueta de Alexander, su príncipe azul, su salvador de los días de juego, y formuló una promesa solemne y silenciosa que selló en el rincón más sagrado de su alma:

"Regresaré a Blackwood. No importa cuántos años pasen, no importa lo duro que sea el encierro o lo que las monjas intenten hacer conmigo. Estudiaré, aprenderé a hablar como ellos, moldearé mi cuerpo y mi mente hasta convertirme en una verdadera dama. Una dama hermosa, fuerte y digna de caminar a su lado sobre este suelo de mármol. Regresaré por ti, mi príncipe".

Caitlyn cruzó el umbral y la pesada puerta de roble se cerró tras ella con un sonido sordo y definitivo, sepultando su infancia bajo la lluvia del otoño, mientras el carromato comenzaba a rodar hacia el futuro.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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