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Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Atrapada entre gemelos: Mi pecado prohibido

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mujer poderosa / Poli amor / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.

Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.

**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.

Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.

Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.

Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.

*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*

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Capítulo 11

Capítulo 11: La alfombra roja

La alfombra era más larga de lo que Valentina esperaba.

Se extendía desde la entrada del Museo Nacional de Antropología hasta el vestíbulo principal, flanqueada por fotógrafos, camarógrafos y periodistas con micrófonos que esperaban como buitres con credencial de prensa. El evento era una gala benéfica organizada por la Fundación Montero —otra actividad donde los ricos se juntaban para parecer generosos frente a las cámaras.

Valentina llevaba uno de los vestidos que Alejandro le había regalado: negro, ajustado, sin adornos. Julia lo había elegido por ella esa mañana por videollamada: "Negro, sin brillos, sin encaje. Que hablen de tu cara, no de tu ropa." Valentina se sentía como un fraude con tacones prestados, pero al menos esta vez el vestido le quedaba.

Sebastian caminaba tres metros delante de ella. Traje gris oscuro, corbata azul marino, el brazo derecho todavía ligeramente rígido dentro de la manga. Su paso era el de un hombre que sabe que las cámaras lo están filmando y no necesita hacer nada especial para que lo filmen bien.

Santiago apareció a su lado como si se hubiera materializado del aire.

—Te ves bien —dijo, bajando la voz para que solo ella escuchara. Llevaba un traje idéntico al de Sebastian pero con la corbata aflojada y el primer botón de la camisa abierto. Su forma de vestir igual que su hermano y al mismo tiempo distinto era, pensó Valentina, una declaración de guerra disfrazada de estilo personal.

—Gracias —respondió Valentina, mirando al frente.

—¿Nerviosa?

—No.

—Mentirosa.

Llegaron al inicio de la alfombra roja. Los flashes empezaron a dispararse antes de que dieran el primer paso. Valentina entrecerró los ojos contra la luz blanca y parpadeante. Los fotógrafos gritaban nombres —"¡Señor Montero! ¡Por aquí! ¡Una más!"— mientras Sebastian avanzaba con la misma indiferencia con la que cruzaría una calle vacía.

Valentina estaba a punto de seguirlo cuando sintió una mano en su cintura.

Los dedos de Santiago se posaron en la curva de su cadera con la naturalidad de quien lleva años tocándola así. Su palma era cálida a través de la tela del vestido. La atrajo medio paso hacia él, cerrando la distancia entre sus cuerpos hasta que el brazo de Santiago era una línea visible contra la espalda de Valentina.

—¿Qué haces? —susurró Valentina entre dientes, sin mover los labios.

—Sonríe —dijo Santiago, inclinándose hacia su oído—. Esto es por tu bien.

Los fotógrafos enloquecieron. Los flashes se multiplicaron. Las voces de los reporteros se atropellaban:

—¿Son pareja?

—¡Santiago! ¡Santiago Montero! ¿Quién es ella?

—¿Es la ahijada del senador Reyes? ¿La que adoptaron los Montero?

Santiago sonrió para las cámaras con la soltura de un hombre que nació frente a un lente. Su mano no se movió de la cintura de Valentina. La sostenía con firmeza, como si fuera suya.

Valentina intentó apartarse. Los dedos de Santiago se cerraron imperceptiblemente.

—Cinco metros más —murmuró él—. Después puedes soltarme y odiarme todo lo que quieras.

Caminaron los cinco metros. Valentina mantuvo una expresión que esperaba pareciera neutral y no aterrorizada. Los flashes la cegaban. El murmullo de los reporteros le zumbaba en los oídos como un enjambre.

Al final de la alfombra, Valentina se separó de Santiago con un movimiento brusco. Él la dejó ir sin resistencia, como un pescador que suelta el hilo sabiendo que el anzuelo ya está clavado.

Sebastian estaba a veinte metros de distancia, junto a la entrada del vestíbulo. Valentina no necesitó acercarse para ver su expresión. La mandíbula trabada. Los ojos fijos en Santiago con una intensidad que podría derretir cristal. Su mano izquierda —la buena— estaba cerrada en un puño tan apretado que los nudillos parecían puntas de hueso a punto de romper la piel.

Al otro lado del vestíbulo, Alejandro Reyes sostenía una copa de champán y observaba la escena con la misma calma con la que observaría un partido de ajedrez ajeno. Sus ojos se encontraron con los de Sebastian durante un instante. No hubo palabras. No hubo gestos. Solo una mirada que decía: "Yo también lo vi. Y estoy tomando nota."

La gala duró tres horas. Valentina las pasó pegada a Julia, que había llegado con una invitación de su padre y un vestido verde esmeralda que hacía juego con sus ojos.

—Vi las fotos en la alfombra —dijo Julia, bajando la voz. Sacó su teléfono y le mostró la pantalla. La imagen era nítida: Santiago con la mano en la cintura de Valentina, ella mirando al frente con una expresión que parecía entre la calma y el pánico, él sonriendo como si estuviera posando para la portada de una revista—. Ya están en Twitter. "El gemelo rebelde de los Montero y la huérfana adoptada: ¿romance o escándalo?"

—No es ninguno de los dos —dijo Valentina.

—Eso no importa. Lo que importa es lo que la gente cree. Y ahora la gente cree que Santiago Montero te tiene donde quiere.

La gala terminó a las once de la noche. La camioneta blindada los llevó de vuelta a la hacienda en silencio. Sebastian iba en el asiento del copiloto. Santiago y Valentina en la parte trasera, separados por medio metro de cuero negro que pesaba como un muro de concreto.

En la hacienda, Valentina caminó directamente hacia su habitación. Estaba a tres pasos de la puerta cuando la voz de Sebastian la detuvo.

—¿Qué fue eso?

Se giró. Sebastian estaba en el pasillo, recargado contra la pared con los brazos cruzados. Santiago había desaparecido —se había evaporado en algún punto entre la camioneta y la puerta principal, como hacía siempre que convenía dejar que otros se enfrentaran por él.

—No fue nada —dijo Valentina.

—No me trates como idiota. —Sebastian dio un paso hacia ella. La luz del pasillo le marcaba las ojeras y los ángulos de la cara—. Te puso la mano en la cintura delante de doscientos fotógrafos. ¿Sabes lo que eso significa?

—Significa que tu hermano es un imbécil.

—Significa que mañana todos los periódicos de la Ciudad de México van a publicar fotos de mi prometida —la palabra le salió como un escupitajo— del brazo de mi hermano. ¿Tienes idea de lo que eso le hace a una negociación con los Reyes? ¿Al acuerdo con Mateo?

Valentina apretó los dientes.

—No soy tu prometida, Sebastian. Soy tu prisionera. Y si no puedes controlar a tu propio hermano, no me culpes a mí.

El pasillo se quedó en silencio. Sebastian la miró como si la estuviera viendo por primera vez —no a la muchacha que le había disparado, no a la huérfana del orfanato, sino a alguien que le estaba diciendo la verdad con la misma frialdad que él usaba para decir mentiras.

No respondió. Se dio la vuelta y caminó hacia su habitación.

Valentina entró a la suya y cerró la puerta con llave. Se quitó los tacones, se sentó en la cama y respiró.

Tres minutos después, escuchó pasos en el pasillo. Se detuvieron frente a su puerta.

La manija giró. Encontró el cerrojo. Se detuvo.

Silencio.

Los pasos se alejaron.

Valentina se quedó mirando la puerta cerrada con el corazón en la garganta. No sabía quién había sido. Sebastian, que había vuelto a terminar la conversación. O Santiago, que venía a empezar otra.

Con los Montero, la diferencia nunca estaba clara.

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