De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 5 EL LUGAR OLVIDADO
La noche transcurrió entre árboles fríos y un silencio que pesaba más que cualquier ruido. No se atrevieron a encender fuego ni a buscar refugio visible: se quedaron sentados juntos, apoyados contra un tronco caído, compartiendo la manta que habían llevado y vigilando por turnos. Cada sombra que se movía les parecía una figura acercándose; cada crujido de ramas los ponía alerta. Damián notaba cómo su instinto de Omega reaccionaba a cada mínimo cambio, inundándolo de inquietud y necesidad de protección, y veía cómo Gael, por su parte, mantenía su aroma firme y estable, intentando calmarlo sin decir una palabra. Esa comunicación sin hablar era lo único que no les habían podido quitar: sabían lo que el otro sentía con solo tenerlo cerca.
Al amanecer, emprendieron la marcha hacia lo alto del terreno. El camino era empinado, lleno de piedras resbaladizas y matorrales que les rasgaban la ropa y la piel. Caminaban despacio, buscando siempre lugares cubiertos donde esconderse si alguien aparecía. Mientras subían, hablaron de lo que podrían encontrar en ese lugar: ¿un papel más? ¿Una carta? ¿O algo mucho más grande que un simple documento? La nota del abuelo de Gael decía que el bosque escondía algo que no debió ser tocado, y esa frase no dejaba de darles vueltas en la cabeza.
—¿Y si no se trata de dinero ni de tierras? —preguntó Damián de pronto, deteniéndose un instante para recuperar el aliento—. ¿Y si descubrieron algo que no querían que nadie supiera? Algo que pudiera arruinar todo lo que construyó mi abuelo.
—Sea lo que sea —respondió Gael—, es lo suficientemente importante para que hayan guardado el secreto treinta años y para que ahora nos persigan a nosotros.
Llevaban varias horas subiendo cuando llegaron a una zona donde los árboles se aclaraban y el terreno se abría en una pequeña meseta rodeada de rocas altas. En el centro, casi cubierto por musgo y enredaderas, había un bloque de piedra grande y alargado, con formas talladas que apenas se distinguían. Al pie de la piedra corría un hilo de agua clara que bajaba de la montaña y desaparecía entre las rocas más abajo.
—“Donde el agua se encuentra con la piedra tallada” —repitió Damián en un susurro—. Es aquí.
Se acercaron con cautela, revisando primero si había huellas recientes o señales de que alguien había estado antes que ellos. El suelo estaba cubierto de hojas secas y tierra suelta, y solo se veían las marcas de animales pequeños. Nadie había llegado todavía. Empezaron a examinar la piedra con cuidado, buscando alguna grieta, una pieza que se moviera, un hueco donde pudiera estar escondido algo. Pasaron minutos que parecieron horas sin encontrar nada, hasta que Damián notó que en una de las esquinas inferiores había una marca pequeña y profunda: dos iniciales grabadas, las mismas que aparecían al pie del acuerdo que habían encontrado.
—Aquí —dijo señalando el lugar.
Gael metió los dedos en la marca y empujó con fuerza hacia un lado. Una sección de la piedra se deslizó con un sonido sordo y dejó al descubierto un hueco profundo. Dentro había una caja más grande que la anterior, hecha de madera oscura y pesada. Al sacarla, vieron que no tenía cerradura, sino un cierre que se abría al presionar dos puntos al mismo tiempo. Cuando la abrieron, encontraron no solo papeles, sino también un cuaderno grueso con la portada desgastada y un mapa dibujado a mano con marcas rojas en varias zonas del bosque.
Gael abrió el cuaderno con manos temblorosas. Era el diario del abuelo de Gael, escrito día por día durante los meses en que trabajó en el terreno junto al abuelo de Damián. Mientras leía en voz baja, Damián miraba por encima de su hombro, y poco a poco el rostro de ambos se fue volviendo más serio y sombrío. El diario contaba algo mucho más grave de lo que habían imaginado: no se trataba de un simple negocio roto. Los análisis del suelo habían revelado que bajo parte del bosque había una zona de riesgo inestable, y que si se talaba o construía sin las precauciones adecuadas, podían producirse deslaves graves que afectarían a todo el valle de abajo. El abuelo de Damián quería ocultar ese informe y proceder igual para ganar dinero rápido. El abuelo de Gael se negó a participar y amenazó con denunciarlo. Por eso lo acusaron de robo y lo expulsaron: para que nadie creyera su versión.
—Todo lo que dijo mi abuelo era verdad —murmuró Damián, sintiendo vergüenza y dolor a la vez—. Mi familia mintió para enriquecerse, y no le importó poner en peligro a toda la gente que vive aquí abajo. Y ahora… ahora quieren que todo vuelva a como estaba.
Pero lo peor estaba en la última página, escrita con mano temblorosa y fecha de treinta años atrás: *“Han encontrado la zona más inestable y planean empezar pronto. Si alguien lee esto después de mí: no dejen que terminen lo que empecé. No dejen que el dinero valga más que la vida de la gente”*.
En ese instante escucharon pasos fuertes y voces que subían por el sendero. No venían de dos o tres personas: venían muchos.
—¡Están aquí arriba! —gritó alguien.
Gael cerró la caja de golpe, la tomó con fuerza y le tomó la mano a Damián.
—No podemos bajar por el camino —dijo mirando a su alrededor—. Nos van a cortar el paso.
—Por la parte trasera de las rocas —señaló Damián—. Es más empinada, pero llegamos al río y podemos escondernos entre la vegetación.
Corrieron hacia el borde opuesto de la meseta y empezaron a bajar ayudándose de las raíces y las piedras, mientras arriba se escuchaban gritos y el sonido de personas llegando a la piedra tallada. Bajaron tan rápido como pudieron, arriesgándose a caer en cualquier momento, impulsados solo por la necesidad de proteger lo que habían encontrado. Al llegar al nivel del río, se metieron entre los arbustos densos que crecían a la orilla y se agacharon, tratando de no respirar fuerte. Desde donde estaban podían ver a varias personas en la cima, mirando hacia todos lados y señalando el bosque. No eran solo empleados de la familia Vera: había gente que no conocían, vestida de forma distinta, con radios en la mano.
—No son de aquí —susurró Gael—. Alguien más está interesado en estos documentos. Alguien que no conocíamos.
Se quedaron escondidos durante horas, esperando a que se cansaran y se fueran. Mientras tanto, sostenían la caja entre los dos, como si fuera algo frágil y peligroso a la vez. Ahora sabían la verdad completa, pero eso no los hacía estar más seguros: al contrario, entendían que el enemigo era mucho más grande y poderoso de lo que creían.
Cuando por fin el silencio volvió a reinar, salieron de su escondite. No podían volver a la ciudad, no podían confiar en casi nadie, y ahora tenían en su poder la prueba de que todo un grupo de personas había estado ocultando un peligro enorme durante décadas. Damián miró a Gael y vio en sus ojos la misma determinación que sentía en su propio pecho: no iban a callar. Pero también sabían que decir la verdad ahora significaba enfrentarse a gente capaz de todo.
—Ya no hay vuelta atrás —dijo Damián con voz firme—. Sabemos demasiado.
—Sí —respondió Gael—. Y por eso nos van a perseguir con más fuerza que nunca.
Caminaron río abajo, lejos de todo, sin saber dónde pasarían la noche ni qué harían al día siguiente. Lo único que tenían era la verdad y el uno al otro. Y aunque eso no parecía suficiente frente a todo lo que venía contra ellos, era lo único que nadie podía quitarles.
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