⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 24
...CAMILO...
El mundo se me volvió rojo. Un zumbido sordo me retumbó en los oídos, apagando el murmullo de la música, la voz de Lili y el mismísimo aire de la noche.
Ver a Mía con el tipo que la había hundido en ese infierno, mientras ella flotaba en un viaje que ni siquiera le permitía entender lo que hacía, fracturó el último hilo de cordura que me quedaba.
—Camilo, no. ¡Tranquilízate, hermano! —gritó Simón, tomándome del hombro para frenarme.
Lo sacudí con un movimiento tan brusco que trastabilló hacia atrás. No había espacio para la razón. Me abalancé sobre el auto deportivo y, con una furia ciega, descargué el codo con toda la fuerza de mi peso contra la ventanilla del piloto.
El cristal estalló con un estruendo seco, cayendo en miles de fragmentos sobre el asiento. Metí la mano sin sentir las cortadas, quité el seguro del vehículo y rodeé el capó a pasos agigantados hasta la puerta del copiloto.
La abrí de un tirón, agarré a Dylan de la chaqueta y lo saqué del auto como si fuera un muñeco de trapo, arrojándolo con violencia contra el asfalto. El tipo rebotó contra el suelo soltando un quejido de dolor.
—¡Qué carajos te pasa, enfermo! —chilló Dylan desde el suelo, tratando de recomponerse.
Ni lo escuché. Me metí al asiento, tomé a Mía por los brazos y la saqué del carro. Ella estaba completamente ida, forcejeando torpemente mientras soltaba risitas desordenadas que luego se convertían en sollozos.
—¡Sueltameee! ¡Camilo, déjame! —balbuceó Mía, manoteando el aire sin ninguna fuerza.
La cargué en brazos para sacarla de ahí. Caminé hacia donde Lili y Simón nos miraban pálidos, con los ojos fuera de sus órbitas. Bajé a Mía despacio frente a ellos para intentarlo todo para que se mantuviera en pie.
Le pasé un brazo firme por la cintura, sosteniendo casi todo su peso mientras ella se tambaleaba, desconectada del planeta.
—Sostenla, Lili. Ayúdame a llevarla al auto —alcancé a decir con la voz ronca, tratando de controlar el temblor de mis manos.
De repente, se escuchó la voz rasposa de Dylan.
—¡Llévatela, imbécil! —gritó Dylan, soltando una carcajada miserable que me congeló la sangre—¡Te la regalo, cúidala bien! ¡Esa tipa está tan dañada que se le regala al que sea con tal de que le pongan atención! ¡Mírala, ni sabe en dónde está parada la muy drogada! ¡No es más que una puta barata!
El tiempo se detuvo.
—¡Camilo, no! ¡Déjalo, vámonos ya! —me gritó Simón al ver cómo me tensaba, lanzándose hacia mí.
Pero ya era tarde. Me di la vuelta hecho un demonio. Corrí hacia Dylan antes de que Simón pudiera tocarme. Dylan intentó levantarse y soltó un puñetazo desesperado que me rozó el pómulo, pero ni lo sentí. La adrenalina me anestesiaba.
Lo agarré del cuello de la camisa, lo estallé de espalda contra la puerta de su propio auto y le encajé el primer derechazo de lleno en la mandíbula. El chasquido resonó en todo el parqueadero.
—¡Vuelve a hablar de ella! ¡Vuelve a tocarla, maldito miserable! —rugí, completamente desquiciado.
Lo tiré al suelo. Le descargué un golpe tras otro, ciego de rabia. Dylan intentaba cubrirse con los brazos, soltando gemidos ahogados, pero yo no podía parar... todo se lo estaba cobrando a él en la cara.
—¡Lo vas a matar! ¡CAMILO, BASTA! —chillaba Lili de fondo, tapándole los ojos a Mía, que lloraba asustada sin entender qué pasaba.
—¡Camilo, suéltalo ya! ¡Lo vas a matar, carajo! —gritó Simón, arrojándose sobre mi espalda.
Simón me rodeó el cuello con un brazo y me jaló con todas sus fuerzas. Tuve que luchar contra su agarre, respirando como un animal salvaje, con los nudillos ensangrentados y la cara ardiendo.
Dylan quedó tendido en el suelo, inconsciente, ahogándose en su propia sangre mientras el coche todavía mantenía las luces encendidas.
—¡Respira, hermano, respira! —me suplicaba Simón, sujetándome fuerte mientras yo intentaba soltarme para darle un golpe más—. ¡Ya estuvo! ¡Nos tenemos que ir antes de que llegue alguien y vea esto!
Miré mis manos cubiertas de sangre y luego a Dylan, que no se movía. La realidad volvió de golpe, fría y despiadada. Me zafé de Simón, me limpié la cara con la manga de la camisa y volteé a ver a Mía. Lili la tenía abrazada, mientras Mía temblaba, perdida en la paranoia del viaje y en el terror de la escena.
Había rebasado un límite del que no había vuelta atrás.
Mi respiración era un silbido bronco; me dolían los nudillos, mi brazo y sentía el pómulo latiendo por el golpe.
—Camilo, por Dios... mira cómo quedó —susurró Lili, horrorizada, clavando los ojos en el cuerpo de Dylan antes de volverse hacia mí—. Estoy asustada. ¿No lo mataste verdad? Estamos fritos.
Simón sacó rápidamente su teléfono con las manos temblorosas y marcó el número de emergencias.
—Voy a pedir una ambulancia para este infeliz —dijo Simón mientras escuchaba el tono del teléfono—. Tampoco lo vamos a dejar morir aquí. Pero escúchenme bien: en cuanto cuelgue, nos vamos antes de que lleguen las patrullas o los paramédicos. Si la policía nos agarra así, nadie sale limpio.
Simón dio los datos exactos del parqueadero a la central de urgencias de forma rápida y fría, y sin dar su nombre, cortó la llamada. Guardó el celular de un golpe en el bolsillo y me jaló del brazo con fuerza.
—¡Listo! Vámonos ya, el coche está cerca —ordenó Simón, mirando hacia la salida de la fiesta.
Me pasé las manos por el pantalón para limpiarme lo más que pude, aunque solo logré mancharme más de sangre. La rabia se disipó de golpe, dejando un vacío frío y una punzada de realidad.
Miré a Mía: tenía la cara empapada en lágrimas y mocos, tiritando mientras se abrazaba a Lili, completamente aterrorizada por la violencia que apenas procesaba por el ácido.
—Mía... —murmuré, dando un paso hacia ella.
Al verme acercar con la cara desencajada y la sangre en las manos, dio un respingo y se encogió contra Lili.
—¡No! ¡No me pegues! ¡No me hagas nada! —chilló Mía, escondiendo el rostro.
El golpe emocional fue peor que cualquier puñetazo. Saber que en su estado me veía como una amenaza me atravesó el pecho.
—No te voy a hacer nada, Mia... jamás te haría nada —dije con la voz quebrada—. Ya pasó. Nadie te va a volver a tocar.
—Llévensela al carro —le dije a Lili, tragándome el nudo en la garganta.
Caminamos a paso apresurado por la calle lateral hasta el auto de Simón. Él abrió la puerta trasera y Lili acomodó a Mía en el asiento, recostándole la cabeza en su regazo mientras intentaba calmarla.
—Tranquila, Mía, ya vamos... estás a salvo —le repetía Lili con la voz temblorosa.
Subí al asiento del copiloto mientras Simón encendía el motor y arrancaba a toda velocidad lejos del lugar. Me miré las manos destruidas y luego la cara en el espejo retrovisor.
—¿A dónde la llevamos, Camilo? —preguntó Simón sin despegar la vista del camino—. A su casa no podemos. Si Henrry la ve en este estado... o si ve cómo estás tú, esto termina en una tragedia.
Simón tenía razón; Henrry no podía verla así.
—A mi casa —respondí sin dudarlo—. Ahí estaremos tranquilos y nadie nos va a molestar. Se queda conmigo hasta que se le pase el viaje.