Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 14
Capítulo 14
El olivo blanco
El pueblo no tenía nombre en ningún mapa.
Valentina lo encontró a dos horas de Garún, en la carretera polvorienta hacia Hapir. Casas de piedra sin techo, un minarete partido por la mitad, un perro sarnoso echado a la sombra de un muro que ya no era muro. El GPS del auto había dejado de funcionar cuarenta minutos atrás. La señal del teléfono satelital oscilaba entre una barra y ninguna.
Condujo por la calle principal. No había nadie. Las ventanas eran agujeros negros, las puertas estaban arrancadas de los marcos. El silencio tenía textura — grueso, pesado, como algodón dentro de los oídos.
El primer disparo perforó el parabrisas.
Valentina se tiró al asiento del copiloto por instinto. El cristal se agrietó en una telaraña blanca y un agujero limpio apareció en el respaldo del asiento del conductor — exactamente donde había estado su cabeza un segundo antes.
El segundo disparo dio en la puerta trasera. El tercero en la llanta delantera derecha. El auto se torció y se detuvo en diagonal contra un muro. Valentina agarró la cámara, la mochila, y abrió la puerta del copiloto agachada hasta el suelo.
Afuera era peor. Los disparos venían de al menos dos direcciones. Voces gritaban en un idioma que no entendía. Alguien decía algo sobre "la periodista" y alguien más respondía con una ráfaga de tiros. Rebeldes y terroristas disputándose quién la capturaría primero.
Valentina corrió.
Se metió por un callejón lateral, saltó un muro bajo, cruzó un patio lleno de escombros. Las balas rebotaban en las paredes a su alrededor — fragmentos de piedra le salpicaban la cara y los brazos. Corría sin pensar, sin estrategia, con el puro instinto de supervivencia que tres meses en zona de guerra le habían grabado en los músculos.
Dos figuras aparecieron al final del callejón. Armados. Le apuntaron.
Y entonces, dos disparos desde arriba. Precisos. Secos. Los dos hombres cayeron.
Valentina levantó la vista. En la azotea de un edificio de dos pisos, una silueta con rifle. Pasamontañas. Chaleco táctico. El mismo perfil que había visto en una ventana de Alepo hacía una eternidad.
La silueta bajó en menos de veinte segundos. Aterrizó frente a ella, la agarró del brazo, y la jaló hacia una puerta lateral. Adentro. Oscuridad. Olor a humedad y polvo.
Santiago se arrancó la máscara.
—Soy yo.
Valentina lo miró. Le temblaba todo el cuerpo. Las rodillas, las manos, la mandíbula. Quiso decir algo — gracias, otra vez tú, cómo me encontraste — pero lo único que salió fue un sonido que no era palabra.
—Estás bien —dijo él. No era una pregunta. Era una orden—. Estás bien. Respira.
La sentó contra la pared. Se asomó por una rendija en la ventana tapada con tablas. Afuera, voces. Pasos. Alguien registraba los callejones.
—Van a pasar de largo —susurró—. No saben que entramos aquí.
Esperaron.
Santiago se sentó contra la pared con el rifle sobre las rodillas y los ojos fijos en la rendija. No la miraba. No necesitaba mirarla para saber dónde estaba — Valentina podía sentir la atención de él como un campo magnético, dirigida hacia ella y hacia la ventana al mismo tiempo, dividida con la precisión de alguien entrenado para proteger y vigilar en el mismo gesto.
Los minutos se estiraron como chicle. Valentina podía escuchar su propia respiración y la de él — la suya rápida e irregular, la de él lenta y controlada, como un metrónomo. Estaban sentados en el piso de una casa abandonada con las espaldas contra la pared y los hombros a cinco centímetros de distancia. La oscuridad olía a cal y a polvo de cemento. Una gotera inaudible había dejado una mancha de humedad en la esquina del techo.
Un estallido afuera. Cristal rompiéndose. Los fragmentos entraron por la ventana y llovieron sobre ellos. Valentina se cubrió la cara. Santiago se lanzó sobre ella, cubriéndola con el torso. El chaleco táctico le golpeó el mentón. Algo le raspó el cuello — un trozo de vidrio que se le incrustó en la piel, justo debajo de la oreja.
Santiago no se movió. Se quedó encima de ella hasta que el ruido paró. Después se incorporó. La sangre le bajaba por el cuello en una línea delgada.
—Estás herido —dijo Valentina.
—Es superficial.
—Estás sangrando.
—Es superficial.
Valentina sacó el botiquín de la mochila. Algodón, antiséptico, cinta adhesiva. Se arrodilló frente a él y le inclinó la cabeza hacia un lado con la palma en la mejilla. La barba de tres días le raspó la mano. Le limpió la sangre con el algodón — despacio, con trazos cortos, siguiendo la línea del corte desde el lóbulo de la oreja hasta la curva del cuello. La piel estaba caliente bajo sus dedos. Los tendones se marcaban como cuerdas de guitarra tensas. Aplicó el antiséptico. Él apretó la mandíbula pero no se quejó. Un músculo le saltó en la sien — el único indicador de dolor que se permitía.
Valentina sopló sobre la herida para secar el antiséptico.
Santiago se quedó muy quieto. Valentina vio el escalofrío — apenas un temblor en la línea de la mandíbula, una contracción involuntaria de los músculos del cuello. Duró medio segundo. Pero fue suficiente.
—Señorita periodista —dijo él, con la voz más ronca de lo normal—, si soplas otra vez, voy a hacer algo que ninguno de los dos está preparado para manejar.
Valentina dejó de soplar. Le puso la cinta adhesiva sobre la gasa. Sus dedos le rozaron el cuello. Ninguno de los dos habló.
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Las voces se alejaron. Santiago esperó treinta minutos más antes de declarar la zona despejada.
Se sentaron en el umbral de la casa, mirando hacia el horizonte del desierto. El sol de la tarde convertía la piedra en oro y el aire en cristal líquido. El calor hacía temblar la línea del horizonte como si el mundo estuviera vibrando.
—Valentina —dijo Santiago.
No "Señorita periodista." Valentina. Su nombre en la boca de él sonaba distinto — más corto, más cálido, como si las letras tuvieran otro peso.
Ella lo miró.
—¿Cómo me encontraste?
—En un puesto de control, treinta kilómetros atrás. Vi tu nombre en el registro de paso. "Valentina Mora, periodista, Canal 7." Le pregunté al soldado por dónde habías ido y me dijo que por la carretera de Hapir. Le dije que esa carretera cruza tres zonas de fuego activo y que la última patrulla reportó presencia de francotiradores en el kilómetro veintiuno. Él dijo que nadie te avisó. Que el registro solo pide nombre y destino, no ofrece información de seguridad.
—¿Recorriste treinta y tres kilómetros para avisarme?
—Recorrí treinta y tres kilómetros en moto porque sabía que no ibas a dar la vuelta aunque te avisaran.
Valentina se quedó callada. Treinta y tres kilómetros. En moto. En una zona de combate activa, con francotiradores y campos sin desminar. Treinta y tres kilómetros que él había recorrido no para avisarla, sino porque sabía que avisarla no serviría de nada. Había venido a buscarla, no a detenerla. Y esa diferencia —esa comprensión silenciosa de quién era ella y de lo que haría— le apretó el pecho con más fuerza que cualquier bala que hubiera pasado cerca de su cabeza esa tarde.
—¿Qué quieres ser cuando se acabe la guerra? —preguntó ella, sin saber por qué lo preguntaba.
Santiago miró el horizonte.
—No sé si se va a acabar.
—Pero si se acabara. ¿Qué querrías?
Él pensó un momento.
—Paz mundial.
Valentina se rio.
—Eso es una respuesta de concurso de belleza.
—Es la verdad. ¿Y tú?
—Lo mismo —dijo Valentina—. Paz mundial.
Se miraron. Él no se rio. Ella tampoco. Era la respuesta más honesta que ninguno de los dos había dado nunca — no porque fuera original, sino porque era exactamente lo que pensaban cada día cuando veían las ruinas, los refugiados, las minas enterradas en los campos donde antes crecía trigo. Era lo que los había traído a Levante — no la carrera, no el deber, no la ambición, sino la incapacidad de quedarse sentados en un país en paz mientras el mundo se incendiaba.
Santiago señaló el horizonte.
—Mira.
Valentina giró la cabeza. En la distancia, donde el desierto se encontraba con el cielo, una línea de árboles temblaba en el aire caliente. Eran blancos — completamente blancos. Troncos blancos como hueso, hojas plateadas que reflejaban la luz del atardecer, ramas que se movían con un viento que no existía. Brillaban contra el ocre del desierto como una alucinación, como un recuerdo de algo que nunca había ocurrido.
—¿Es un espejismo? —preguntó Valentina.
—Probablemente.
—Parece un olivar.
—Parece un olivar blanco.
Valentina lo miró. Él miraba los árboles con una expresión que ella no le había visto antes — no la calma del soldado, ni la precisión del desminador, ni la contención del hombre que nunca dice lo que siente. Era algo más frágil. Algo parecido a la esperanza.
—El olivo blanco —repitió Valentina.
Santiago asintió.
—¿Crees que existe?
—No importa si existe. Importa que lo estamos viendo al mismo tiempo. —La miró—. Eso es lo único que importa.
El sol se hundía detrás de los árboles que no existían. El cielo se volvió naranja, luego rojo, luego púrpura. Santiago y Valentina se quedaron sentados en el umbral de una casa destruida en un pueblo sin nombre, mirando un olivar blanco que era probablemente un espejismo y posiblemente lo más real que habían visto en meses.
Treinta y tres kilómetros. Una herida en el cuello. Un nombre dicho por primera vez. Y un bosque de olivos blancos temblando en el horizonte del fin del mundo.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.