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Mi satisfacción más grande: tu ruina

Mi satisfacción más grande: tu ruina

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Cap 4: La noche en el Club Fénix

El Lamborghini plateado se detuvo frente al Club Fénix y el valet corrió a abrir la puerta antes de que Dante apagara el motor.

—Buenas noches, señor Valderrama. Bienvenido.

Dante bajó sin prisa. Sacó del bolsillo interior del saco un fajo de billetes doblados y se los puso en la mano al valet sin contarlos.

—Que no le pase nada al carro.

—Como siempre, señor.

Sebastián rodeó el auto por el lado del copiloto. Vio el grosor del fajo. Calculó mentalmente: al menos tres mil pesos en propina por estacionar un carro. Se acordó de la tarjeta negra que Dante le había dado: medio millón de pesos al mes, y el tipo soltaba fajos de billetes en propinas como si nada. Sonrió apenas, un gesto que cualquiera habría confundido con resignación.

Dante lo interceptó antes de que llegaran a la entrada.

—Oye. Adentro te vas a portar bien. No vas a abrir la boca de más, no vas a hacerte el interesante, no vas a mirar a nadie como si fueras mejor que ellos. —Le clavó el dedo índice en el pecho—. ¿Entendiste?

—Perfectamente.

—No me salgas con "perfectamente". Dime que sí.

—Sí, Dante.

La respuesta fue tan limpia, tan desprovista de ironía, que Dante frunció el ceño. Buscó algo en los ojos de Sebastián que le confirmara que se estaba burlando. No encontró nada.

—Camina —dijo, y entró primero.

El Club Fénix tenía tres niveles. La planta baja era pista de baile, el segundo piso era zona de mesas, y el tercero —el VIP— era territorio de gente como Dante. El bass de la música le pegaba en el esternón mientras subían la escalera. Un mesero los reconoció y les abrió paso hacia el área de booths privados.

El booth de Vale ya estaba lleno.

Había por lo menos diez personas apretadas en los sillones de cuero negro. Botellas de vodka y whisky ocupaban toda la mesa, junto con vasos usados, ceniceros y tres cubetas de hielo a medio derretir. Vale estaba de pie, recargada en el respaldo del sillón, con un vaso de algo color ámbar en la mano. Traía una playera negra ajustada. Cuando se dio la vuelta para saludarlos, Dante leyó las letras blancas estampadas en la espalda: "BUSCO NOVIO."

—¡Por fin llegan! —gritó Vale por encima de la música—. Ya me estaba aburriendo de esta bola de inútiles.

Uno de los inútiles le aventó una servilleta hecha bola. Vale la esquivó sin dejar de sonreír.

Entonces el booth entero vio a Sebastián.

Las conversaciones no se detuvieron de golpe, pero cambiaron de tono. Los que estaban más cerca bajaron la voz. Los que estaban al fondo estiraron el cuello para confirmar lo que veían. Sebastián Montero. El heredero de Grupo Montero, el que manejaba un Aston Martin antes de cumplir veinte, el que tenía la arrogancia de un emperador y las conexiones de un político. Ahora parado detrás de Dante Valderrama como un perro sin correa.

—Siéntense —dijo Vale, haciéndole espacio a Dante.

Dante se dejó caer en el sillón. Estiró los brazos sobre el respaldo. Miró a Sebastián, que seguía de pie.

—No hay lugar —dijo Dante, sin cambiar de expresión—. Quédate parado afuera.

La frase cayó como un vaso roto. Dos personas intercambiaron miradas. Un tipo con lentes oscuros se rió por lo bajo.

Sebastián no se movió.

Vale intervino antes de que el silencio se pusiera peor.

—Ay, no mames, Dante. —Se recorrió hacia la orilla y le dio una palmada al espacio que quedó—. Siéntate aquí, Sebastián. Cabe perfecto.

Sebastián asintió una vez, con cortesía exacta, y se sentó junto a Vale sin decir nada. Ocupó el espacio mínimo. No tocó ninguna botella, no buscó un vaso, no cruzó las piernas. Se sentó como quien espera en una sala de juntas.

Dante chasqueó la lengua pero no dijo nada.

La conversación se reanudó, más ruidosa de lo necesario, como si todos quisieran demostrar que la presencia de Sebastián no los había incomodado. Pero en la esquina del booth, dos tipos hablaban con las cabezas juntas.

—¿Tú crees que va a aguantar así? —murmuró uno.

—No sé. Pero si Montero se recupera, al que le va a ir de la chingada es a Dante.

—Exacto. Si el día de mañana este güey consigue lana otra vez...

—Dante se lo va a tener que tragar. Todos lo vimos tratándolo así.

Se callaron cuando Dante volteó en su dirección.

Media hora pasó entre tragos y conversaciones cruzadas. Sebastián apenas había tocado un vaso de agua mineral. Vale le preguntó si quería algo más fuerte. Él negó con la cabeza, amable, como si estuviera en un brunch y no en un antro a la una de la mañana.

Entonces llegó Gonzalo Ibarra.

Lo oyeron antes de verlo. Su risa era escandalosa, aguda, el tipo de risa que exigía que todos voltearan. Subió al VIP con una mujer del brazo —rubia, vestido rojo, tacones que parecían armas— y señaló el booth de Dante como si le perteneciera.

—¡Valderrama! —gritó desde tres metros—. ¡Cabrón, no me invitaste!

Gonzalo Ibarra. Hijo del dueño de una cadena de hoteles en la Riviera Maya. Nariz operada, reloj que costaba más que un departamento en la Condesa, y una personalidad que hacía que la gente se cambiara de mesa en los restaurantes. En la universidad, Sebastián lo había reportado por comprar un examen de titulación. La denuncia casi le costó el título. Gonzalo tuvo que pagar una cifra obscena para que la universidad archivara el caso.

No lo había olvidado.

—Gonzalo —dijo Dante, sin levantarse—. Nadie te invitó. Siéntate si quieres.

Gonzalo se abrió paso, empujó a alguien sin disculparse y se dejó caer en el sillón de enfrente. Su acompañante se sentó a su lado en silencio. Los ojos de Gonzalo recorrieron la mesa hasta encontrar a Sebastián.

—No mames —dijo, con una sonrisa lenta—. ¿Este es el famoso mantenido?

Nadie contestó.

—Sebastián Montero. —Gonzalo pronunció el nombre completo, saboreándolo—. El que se creía intocable.

—Gonzalo —cortó Vale—, ya siéntate y pide algo.

—No, no. Primero lo importante. —Gonzalo se inclinó hacia adelante, los codos sobre la mesa—. Valderrama, ¿qué te parece si jugamos algo? Tú y yo. Dados. El que pierda se toma diez shots de mezcal. Del bueno, nada de esa madre barata.

Dante lo miró con la cara de quien evalúa si vale la pena aplastar un insecto.

—¿Para qué?

—Para divertirnos. ¿O te da miedo? —Gonzalo abrió los brazos—. Andale, en los viejos tiempos siempre jugábamos.

—En los viejos tiempos no me aburrías tanto.

Las risas del booth fueron instantáneas. Gonzalo las ignoró. Sus ojos se desviaron hacia Sebastián otra vez, medio segundo, lo suficiente para que Dante lo notara.

Ahí estaba. La verdadera intención.

Gonzalo no quería jugar contra Dante. Quería una excusa para tener a Sebastián en medio, para humillarlo en público, para cobrarle lo de la universidad con testigos.

—Va —dijo Dante—. Pero las reglas las pongo yo.

—Las que quieras.

—Cinco dados cada quien. Una tirada. El que saque más bajo se toma los diez shots. Si empatan, se repite.

Gonzalo asintió. Un mesero apareció con dos cubiletes de cuero y una charola de diez caballitos de mezcal alineados como soldados.

Antes de que Dante tocara el cubilete, Sebastián habló.

—Yo tomo por él.

El booth se quedó quieto.

—Si Dante pierde —aclaró Sebastián, con la misma voz con la que habría pedido la cuenta en un restaurante—, yo me tomo los diez shots.

Gonzalo soltó una carcajada.

—¿Ves? ¡Hasta el mantenido sabe cuál es su lugar! Bien entrenado, Valderrama.

Dante no se rió. Miró a Sebastián con una expresión que no era gratitud, ni sorpresa, ni enojo. Era algo más incómodo: la certeza de que Sebastián acababa de hacer algo que él no le pidió, y que no podía rechazar sin parecer débil.

"Hijo de la chingada", pensó Dante. "Lo hizo a propósito."

—Nadie te pidió nada —le dijo en voz baja.

—No —respondió Sebastián—. Pero es mi trabajo, ¿no?

La palabra "trabajo" le raspó a Dante en algún lugar que no supo identificar.

—Qué bonito —dijo Gonzalo, limpiándose una lágrima falsa—. ¿Empezamos o qué?

—Tira tú primero —ordenó Dante.

Gonzalo agarró el cubilete. Lo agitó con fuerza, exagerando el movimiento, haciendo ruido. Lo estrelló boca abajo contra la mesa. Levantó el cubilete con un gesto teatral.

Tres cuatros, un cinco y un seis. Puntaje alto. Gonzalo se recargó en el sillón con los brazos cruzados.

—Supera eso.

Dante tomó el cubilete. No lo agitó con fuerza. Lo sostuvo con una mano, lo giró tres veces con un movimiento de muñeca fluido, casi perezoso, como si estuviera revolviendo una bebida. Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.

El silencio duró dos segundos.

Cinco unos.

Cinco dados blancos con un solo punto negro en el centro, perfectamente alineados.

Quintilla de ases. La tirada más baja en puntos, pero en las reglas del Fénix —las reglas de Dante— la quintilla de cualquier número le ganaba a todo. Era el equivalente a una flor imperial.

Vale fue la primera en reaccionar.

—¡No mames! —gritó, golpeando la mesa—. ¡Quintilla, hijo de puta!

El booth estalló. Gritos, aplausos, alguien tiró un vaso. Gonzalo se quedó inmóvil, mirando los cinco dados como si fueran una sentencia.

—Eso... —empezó.

—Eso significa que te tomas los diez —dijo Dante, sin sonreír—. Y no. Tu novia no toma por ti. Tú solito.

—Oye, espera...

—¿Qué? ¿Ahora no te parece divertido? —Dante empujó la charola de caballitos hacia Gonzalo—. Tú pusiste las reglas. Diez shots. Ándale.

Gonzalo miró a su acompañante. Ella miraba su celular.

—Gonzalo —dijo Dante, y su voz bajó medio tono—. No me hagas repetirlo.

Gonzalo agarró el primer caballito. Se lo tomó. Hizo una mueca. Agarró el segundo. El tercero. Para el quinto ya tenía los ojos llorosos. Para el séptimo, la cara se le había puesto de un color entre gris y verde. Su acompañante seguía mirando el celular.

Ocho. Nueve.

Gonzalo levantó el décimo caballito con la mano temblando. El mezcal le escurría por la comisura de los labios. Todo el booth lo miraba.

Dante se inclinó hacia adelante.

—Salud.

Gonzalo se lo tomó. Azotó el caballito vacío contra la mesa. Tenía los ojos rojos, la mandíbula apretada, y la dignidad hecha pedazos en el piso del Fénix.

El aire del booth se sentía denso. Nadie habló. La música seguía sonando abajo, el bass golpeando el techo como un corazón mecánico, pero en la mesa solo había silencio y el sonido de Gonzalo tragando saliva para no vomitar.

Sebastián lo observaba desde su lugar junto a Vale. No con lástima. No con satisfacción. Con la misma atención clínica con la que habría leído un estado financiero.

Dante se recargó en el sillón. Cruzó los brazos.

No miró a Sebastián. No necesitaba mirarlo para saber que estaba ahí, sentado con esa calma insoportable, procesando todo, archivando cada detalle en esa cabeza que nunca se apagaba.

"Ofreciste tomar por mí", pensó Dante. "¿Por qué chingados hiciste eso?"

No le gustaba la respuesta que se le ocurría.

1
Stella Olmos
mágica historia me encanto
oneris medrano santamaria
me gustó tu novela fue buena en todo momento 👏👏
winter 609
ya me confundí y la historia está perdiendo el sentudo se supone que Emilio era el hermano de Dante no su papá y se supone que el ya estaba comprometido pronto a casarse lo que da como resultado herederos además en capítulos anteriores se supone que ya le habían quitado todo respaldo de la familia a dante, que ya le habían cortado tarjetas y toda la cosa pero ahora bienen a exigir como si eso no hubiera pasado, además es ilógico que dante siga llamando papa a emilio cuando en un principio dio a entender que no se consideraba de esa familia así como es ilógico que el papa le llamara a dante cuando en un principio dio a entender que ni lo pelaba y lo despreciaba entonces no tiene lógica
nana: lo mismo pensé, creo que quien escribe se está perdiendo los detalles de lo que va escribiendo. incluso las personalidades... el padre no le da ni la hora, como ahora lo llama ??
total 1 replies
winter 609
no se supone que ya lo habían vetado de esa familia? por que le piden ir a una reunión "familiar"
Juleiny
Celos 😂
winter 609
tiene razón este hombre oculta muchas cosas, pero igual el juego lo tiene perdido es mejor que no pierda su tiempo
winter 609
una lástima espero que este man pueda conseguir una buena pareja se ve que no es mala onda
winter 609
nadie mando a tu chingado padre a pensar con la cabeza de abajo y no con la de arriba, tremenda escoria y todavía quieren culpar a dante
winter 609
🤬🤬
winter 609
yo y los chismosos cuando
winter 609
son los celos
winter 609
que desperdicio
winter 609
😏😏
winter 609
maldito niño de papi ,tu y toda su familia agarrados de la mano chinguen todos a su madre
winter 609
maldito perro
Aylin Flores
Mención del Tec de Monterrey?
Aylin Flores
Yo todo el capítulo sonriendo.
Aylin Flores
Ay wey pobre Dante, no me quiero creer que él se va a enamorar primero y va a sufrir :(
Aylin Flores
Que culpa tenía el té /Scowl/
Aylin Flores
No manches, si no lo quieres regálamelo :(
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