Una noche lo destruyó todo. Una trampa, una droga, un hombre que no pudo controlarse. Fernanda Arévalo perdió su pureza, su beca y su fe en el mundo a manos de Tristán Bracamonte, el heredero más poderoso —y más cruel— del país. Huyó sin mirar atrás, jurando enterrar aquella noche para siempre.
Seis años después, la vida tiene un sentido del humor perverso.
Fernanda ya no es el patito feo al que todos humillaban en la universidad. Ahora es una mujer imponente, madre soltera de un niño brillante, y acaba de ser contratada como secretaria personal del nuevo CEO del Grupo Bracamonte. El mismo hombre. La misma mirada gélida. El mismo apellido que le arrebató todo.
Pero Tristán tampoco es el mismo. Detrás de su fachada de hielo, lleva seis años buscando a la chica que desapareció sin dejar rastro, atormentado por una culpa que no lo deja dormir. Y cuando su nueva secretaria lo mira con esos ojos cristalinos que le resultan imposibles de olvidar, algo dentro de él se quiebra.
Ella finge no conocerlo. Él finge no sospechar. Pero los secretos tienen fecha de caducidad.
Mientras Fernanda lucha por mantener oculta la identidad del padre de su hijo, una mujer del pasado urde un plan siniestro para destruirla. Secuestros, traiciones empresariales, una hermana gemela que nadie sabía que existía y una red criminal que se extiende desde Ciudad de México hasta las costas de Maldivas convergen en una trama donde el amor y la venganza comparten la misma cama.
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Capítulo 24
Bella lanzó una mirada cargada de un desprecio feroz y un odio visceral hacia Fernanda. Al percibir que la situación se caldeaba cada vez más y se tornaba insostenible, Fernanda recogió con rapidez su caja de almuerzo ya vacía, hizo una breve reverencia cortés y se apresuró a salir de aquella lujosa oficina.
Cuando el cuerpo de Fernanda cruzó el umbral de la puerta, Bella la siguió con la mirada, los ojos entrecerrados como filos de navaja.
"¡Otra vez esa maldita! Zorra descarada... ¿Cómo se atreve a seducir a mi futuro esposo en pleno día y en su propia oficina?", rugió Bella por dentro, apretando ambos puños con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Junto al sofá, Tristán contemplaba a Bella con una mirada asesina. Sentía unas ganas incontenibles de abalanzarse sobre ella y estrangular a esa mujer de lengua viperina en ese mismo instante. Sin embargo, sabía que Bella había sido muy astuta al traer a su madre como escudo protector.
Doña Marcia, la madre de Tristán, dejó escapar un largo suspiro con el rostro impregnado de fastidio. Últimamente estaba sumamente irritada porque su único hijo se negaba a volver a la mansión de la familia Bracamonte y, en cambio, se empeñaba en encerrarse a vivir en su departamento privado.
Sin importarle la cólera de Tristán, doña Marcia y Bella caminaron con porte elegante hasta sentarse en el sofá de piel que Fernanda acababa de dejar libre. Mientras tanto, Tristán permaneció de pie frente a ellas con los brazos en jarra, emanando una aura de intimidación densa, pues sentía que su privacidad había sido pisoteada.
—¿Para qué vinieron mamá y esta mujer a mi oficina? —preguntó Tristán con sequedad, señalando con el dedo índice directamente a Bella en un gesto de abierto menosprecio.
—¡Tristán! ¡Cuida tus palabras! —lo reprendió doña Marcia con voz firme—. Bella es tu futura esposa. Y para que lo sepas, tu papá y yo ya planeamos la fiesta de compromiso de ustedes dos para el mes que viene.
¡ZAS!
Como si un rayo le hubiera caído encima en pleno día, Tristán se quedó atónito. Los ojos se le abrieron de par en par y la mandíbula se le endureció al instante. —¿¡Qué!? ¿¡Compromiso!? ¿¡Con Bella!? Mamá... ¡no estoy dispuesto a comprometerme con ella, ni ahora ni nunca! —rechazó de manera rotunda y sin la menor vacilación.
—¡De ninguna manera voy a aceptar un no por respuesta, y tú no puedes rechazar los planes que tu papá y yo tenemos! —replicó doña Marcia con igual firmeza. Su rostro, que comenzaba a mostrar finas arrugas, adoptó entonces una expresión suplicante, tratando de tocar la fibra humana de su hijo—. Bella es la mejor mujer que tu papá y yo escogimos para ti. Además, don Barrera ya está completamente de acuerdo con que su hija se case contigo. Ya estamos viejos, Tristán... Lo que más anhelamos es tener un nieto de tu parte, hijo. Así que, por favor, no rechaces este compromiso.
Tristán resopló con brusquedad y se restregó el rostro, enrojecido de contener la emoción. Comenzó a caminar de un lado a otro frente a su madre y Bella, intentando desenredar el caos que de pronto sentía a punto de estallarle dentro de la cabeza.
—Mi decisión es definitiva. Nunca voy a casarme con Bella. Punto —reafirmó Tristán, deteniéndose justo frente a su madre.
—¡Tristán! ¿¡Ahora te atreves a desafiar a tu madre!? —Doña Marcia comenzó a encenderse de rabia y se puso de pie.
—¡Sí! ¡Porque ya tengo y ya amo a otra mujer! —respondió Tristán a voz en cuello, dejando salir lo más profundo de su corazón.
Al escuchar aquella razón, doña Marcia bufó con desdén mientras se masajeaba la sien, que de pronto le punzaba de dolor. —¡Desde siempre has usado esas mismas palabras como tu arma para evadir este compromiso! Pero ¿dónde está la prueba de lo que dices? ¡Hasta ahora nunca me has mostrado quién es esa mujer de la que hablas! Y recuerda una cosa, Tristán... la mujer que esté a tu lado debe pertenecer a una clase social a la altura de la familia Bracamonte, ¡no una cualquiera de clase baja!
Al escuchar aquella sarta de palabras arrogantes de boca de su madre, Tristán apretó ambos puños con todas sus fuerzas dentro de los bolsillos del pantalón para contener la furia que le hervía por dentro. El corazón se le encogió. Si su madre supiera que la mujer a la que amaba con desesperación, la mujer que sostenía su destino entre las manos, era Fernanda, el patito feo, que no provenía en lo absoluto de una familia adinerada...
En medio de aquella acalorada discusión entre madre e hijo, Bella, que hasta entonces había elegido permanecer callada, en realidad había estado observando con disimulo los restos de comida sobre la mesa de Tristán. Su cerebro calculador comenzó a atar cabos a partir de la actitud protectora de Tristán y el pánico de su nueva secretaria hacía apenas unos momentos.
"Maldita sea... Parece que la desgraciada a la que Tristán se refiere y de la que está enamorado es su propia secretaria. Infeliz... No me voy a quedar de brazos cruzados. Tengo que darle a esa mujerzuela una lección que no va a olvidar en toda su miserable vida", bramó Bella por dentro, con los ojos centelleando llenos de planes siniestros para deshacerse de Fernanda.
Bella empezó a arder de rabia por dentro. Su respiración se aceleró al ver cómo Tristán la rechazaba una y otra vez con semejante firmeza, atreviéndose incluso a desafiar la voluntad de sus propios padres por otra mujer. Sintiendo su dignidad aplastada, Bella, que ya no soportaba más, decidió tomar medidas drásticas. Se levantó del sofá de lujo con un taconazo furioso.
—Tía, Bella sale un momento. Me siento abrumada aquí adentro —se despidió Bella con un tono que fingía tristeza frente a doña Marcia.
Ni doña Marcia ni Tristán sospecharon nada en lo absoluto. Tristán incluso dejó escapar un suspiro de alivio por dentro, creyendo que aquella mujer víbora por fin había entrado en razón y optaba por irse a su casa. Pero en realidad, la suposición de Tristán estaba rotundamente equivocada. Bella no salió para irse, sino que caminó a paso rápido con la mirada inyectada de furia, buscando el escritorio de Fernanda.
Mientras tanto, Fernanda acababa de regresar a su escritorio después de retocarse el maquillaje y despejar su mente en el baño de empleados. Respiró hondo, tratando de volver a concentrarse en su rutina. Pero justo cuando sus dedos apenas rozaban el teclado de la computadora para redactar un informe, la sombra de Bella apareció de pronto frente a ella.
Sin mediar palabra, Bella, que llevaba una botella de agua mineral de plástico, le quitó la tapa y la vació directamente sobre el rostro de Fernanda.
¡Splash!
Al instante, el rostro, el cabello y la blusa de trabajo de Fernanda quedaron empapados. El agua no solo mojó a Fernanda, sino que salpicó con violencia y arruinó el montón de documentos importantes de la empresa que estaban sobre el escritorio.
—¿¡Qué estás haciendo!? —bramó Fernanda furiosa. Se levantó de su silla de un salto con la respiración agitada, clavando la mirada en Bella.
Bella, completamente poseída por la demencia y la ira, avanzó un paso. Su mano derecha se alzó y cruzó el aire a toda velocidad.
¡Plaf!
La bofetada brutal aterrizó de lleno en la tersa mejilla de Fernanda, haciéndole girar el rostro hacia un lado por el impacto.
—¡Zorra descarada! ¿¡Cómo te atreves a seducir a mi futuro esposo en su propia oficina!? —chilló Bella histérica, apuntando al rostro de Fernanda con el dedo índice tembloroso.
Pero la Fernanda de ahora ya no era el patito feo débil e indefenso de seis años atrás. No estaba dispuesta a tolerar que la acusaran de algo infame y mucho menos que la trataran de esa manera tan degradante en un lugar público. El ardor en la mejilla, lejos de amedrentarla, activó la adrenalina y el coraje que había mantenido reprimidos durante tanto tiempo. Con un movimiento igual de veloz, Fernanda le devolvió a Bella una bofetada mucho más contundente.
¡Plaf!
—¡No actúe como le venga en gana, señorita! Puedo denunciarla por la vía legal por agresión física y difamación —amenazó Fernanda con una mirada desafiante y firme.
Bella, que sintió un dolor lacerante en la mejilla izquierda, se enfureció aún más. Los ojos se le inyectaron de rojo. Olvidándose por completo de su estatus de hija de un magnate, Bella se abalanzó contra Fernanda y le jaló con violencia el cabello negro que le caía suelto con elegancia.
Fernanda no se quedó de brazos cruzados. Se negaba a dejarse aplastar de nuevo por el mismo demonio que una vez había destrozado su época universitaria. Fernanda contraatacó jalándole el cabello rubio a Bella con todas sus fuerzas.
—¡No voy a quedarme callada nunca más dejándome pisotear por ti, demonio con faldas! —exclamó Fernanda con voz potente, desbordando todo el rencor acumulado de su pasado.
—¡Estás loca! ¡Suéltame! ¡Van a correrte de esta empresa cuanto antes! —gritó Bella sin dejar de tirarle el cabello a Fernanda.
—¡No me importa! ¡Hay muchas otras empresas allá afuera que necesitan de mi capacidad! —respondió Fernanda, sin la menor intimidación ante la amenaza de despido.
—¡Aaaargh! ¡Suéltame, maldita! ¿¡Te atreves a enfrentarte a la futura esposa de Tristán!?
—¡Al diablo con lo que digas! ¡Me tiene sin cuidado!
Fernanda, cegada por la furia, reforzó todavía más el agarre sobre el cabello de Bella. Y no solo eso: los dedos de Fernanda se movieron para arañarle el rostro impecable, y sus uñas dejaron varias marcas rojizas que comenzaron a sangrar levemente sobre la mejilla de Bella.
—¡Aaaaaay, los botones de mi blusa! ¡Mi cara! ¡Tristán, auxilio! —aulló Bella en un alarido histérico de dolor insoportable.
Los chillidos desgarradores y el violento escándalo en aquella zona resonaron con tal fuerza que atravesaron la puerta insonorizada de la oficina del CEO. Tristán y doña Marcia, que estaban adentro, se sobresaltaron de inmediato. Tristán salió corriendo, seguido de su madre, visiblemente alarmada.
Al mismo tiempo, las puertas del elevador VIP se abrieron con un tintineo. Kevin, que acababa de regresar de la división de finanzas, dio un paso fuera y se quedó paralizado con los ojos desorbitados. Le resultaba imposible creer que la nueva secretaria, normalmente tan serena, estuviera en ese momento enzarzada en una pelea a golpes con Bella, jalándose los cabellos mutuamente en el vestíbulo del piso.
—¡Basta! ¡Bella... Fernanda... detengan esta pelea ahora mismo! —rugió Tristán con una voz atronadora que retumbó por cada rincón del décimo piso.
Doña Marcia, que salió un instante después, estuvo a punto de desmayarse en el acto al presenciar la escena espantosa que tenía delante.
Las dos mujeres finalmente fueron separadas a la fuerza por Kevin y Tristán. En ese momento, la apariencia de Bella y de Fernanda era un completo desastre. Llevaban el cabello revuelto como melenas de leona, la blusa de trabajo de Fernanda estaba empapada y se le ceñía al cuerpo marcándole cada curva, mientras que el rostro de Bella mostraba un enrojecimiento intenso con varias líneas de arañazos perfectamente visibles, sumiendo al décimo piso entero en una atmósfera sombría y cargada de tensión.
Continuará...