Alma Rivera jamás imaginó que una beca cambiaría su vida. Al ingresar a la prestigiosa Academia Blackwood, descubre que algunos estudiantes desaparecen sin dejar rastro... y que nadie se atreve a mencionarlos. Junto a Adrián Lancaster, el alumno más brillante y distante de la escuela, comenzará una investigación que desenterrará secretos ocultos durante años. Pero en Blackwood, conocer la verdad tiene un precio, y alguien está dispuesto a matar para mantenerla enterrada.
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el reglamento
La campana sonó exactamente a las siete de la mañana.
No un segundo antes.
No un segundo después.
Alma abrió los ojos sobresaltada.
—¿Siempre suena así de fuerte? —murmuró, todavía medio dormida.
Olivia ya estaba de pie frente al espejo, intentando hacer un nudo decente en la corbata.
—Dicen que si no te despiertas con esa campana, nada lo hará.
Alma soltó una pequeña risa.
Se levantó, abrió las cortinas y quedó inmóvil.
La niebla cubría por completo los jardines de Blackwood. Apenas podían verse las copas de los árboles y las torres del edificio principal.
Era un paisaje hermoso.
Pero también inquietante.
Después de vestirse, ambas bajaron al comedor.
A diferencia del día anterior, el ambiente era mucho más silencioso.
Todos parecían apurados.
Nadie corría.
Nadie gritaba.
Todo funcionaba con una disciplina casi militar.
—¿Siempre son tan... correctos? —preguntó Alma.
Olivia tomó una tostada.
—Es Blackwood. Aquí hasta respirar parece tener horario.
La primera actividad del día no era una clase.
Todos los estudiantes fueron guiados hacia el auditorio principal.
Era un salón inmenso, con butacas de madera oscura y un escenario donde colgaba el escudo de la academia.
Las conversaciones cesaron cuando apareció el director Edward Holloway.
Su presencia imponía respeto.
Vestía un traje negro impecable y caminaba con las manos detrás de la espalda.
—Buenos días.
Su voz llenó el lugar sin necesidad de levantar el tono.
—Como cada inicio de ciclo, damos la bienvenida a nuestros nuevos estudiantes.
Varias personas aplaudieron.
Alma observó a su alrededor.
Había alumnos de todas partes del país... e incluso extranjeros.
—Antes de comenzar el año académico, deben conocer las normas de Blackwood.
Una pantalla descendió detrás del director.
Las reglas aparecieron una por una.
Respeto entre estudiantes.
Puntualidad obligatoria.
Prohibido abandonar el campus sin autorización.
Toque de queda: 22:30.
Todo parecía normal...
Hasta que apareció la última.
Queda estrictamente prohibido ingresar al Ala Oeste.
El auditorio quedó completamente en silencio.
Alma levantó una ceja.
No era la primera vez que escuchaba sobre esa parte de la academia.
Holloway continuó hablando.
—Esa zona permanece cerrada por motivos de seguridad.
No dio más explicaciones.
Y nadie preguntó.
Ni un solo estudiante.
Como si todos aceptaran aquella regla sin cuestionarla.
Eso fue precisamente lo que más llamó la atención de Alma.
Al terminar la reunión, los alumnos comenzaron a salir.
Alma caminaba junto a Olivia cuando escuchó dos voces detrás de ellas.
—¿Viste que volvió a mencionarla?
—Shhh... no hables de eso aquí.
Alma giró discretamente.
Dos chicos de último año bajaron la voz al notar que alguien podía oírlos.
—¿Hablar de qué? —preguntó ella con naturalidad.
Ambos intercambiaron una mirada.
—De nada.
Y siguieron caminando.
Olivia suspiró.
—Otra vez.
—¿Otra vez qué?
—Cada vez que alguien menciona el Ala Oeste, todos cambian de tema.
Alma frunció el ceño.
Aquello empezaba a parecer demasiado extraño para ser una simple coincidencia.
El resto de la mañana estuvo dedicado a recorrer la academia.
Un profesor les mostró los laboratorios, la biblioteca, los jardines y el gimnasio.
Todo era enorme.
Perfectamente cuidado.
Pero hubo un detalle que Alma no pudo ignorar.
En varios pasillos había cámaras de seguridad.
Muchas más de las que tendría una escuela normal.
En una esquina incluso vio una puerta metálica con un lector de huellas digitales.
—¿Qué hay ahí? —preguntó.
El profesor respondió sin detenerse.
—Archivos administrativos.
La respuesta sonó ensayada.
Como si la hubiera repetido cientos de veces.
Antes del almuerzo, el grupo pasó frente a un largo corredor.
Estaba cerrado por una gruesa cadena de hierro.
Un cartel antiguo decía:
ACCESO RESTRINGIDO
Un escalofrío recorrió la espalda de Alma.
No sabía explicar por qué...
Pero sentía que detrás de aquella puerta se escondía algo importante.
Mientras los demás seguían caminando, ella permaneció unos segundos observándola.
Fue entonces cuando creyó escuchar un ruido.
Un golpe.
Seco.
Como si algo hubiera caído del otro lado.
Miró al profesor.
Él continuaba explicando el recorrido como si no hubiera oído absolutamente nada.
—¿Lo escuchaste? —susurró Alma a Olivia.
—¿Escuchar qué?
—Nada...
Tal vez había sido su imaginación.
O tal vez no.
Cuando finalmente decidió alejarse, no notó que, desde el piso superior, un joven de uniforme observaba la escena con atención.
Tenía una carpeta bajo el brazo y una expresión imposible de descifrar.
Sus ojos permanecieron sobre Alma hasta que ella desapareció al final del pasillo.
Entonces, por primera vez, habló.
—Así que ella también lo escuchó...
Y sin esperar respuesta de nadie, se dio media vuelta y siguió su camino.
Alma aún no conocía su nombre.
Pero el destino estaba empeñado en cruzar sus caminos muy pronto.