Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 22
Capítulo 22: El exnovio
—¿Qué más pasó? —preguntó Cristian.
Ximena estaba sentada en el asiento del copiloto, con el tobillo elevado sobre una chamarra doblada. La puerta seguía abierta. Afuera, el conductor de la camioneta fingía hablar con el agente de tránsito, pero no dejaba de mirar hacia ellos.
—Me insultó —dijo ella.
La voz sonó más pequeña de lo que quería.
Cristian se inclinó.
—¿Qué dijo?
Ximena apretó los labios.
—Que seguro el auto me lo había pagado algún hombre. Que para manejar algo así había que... complacer bien.
El aire cambió.
No hizo falta gritar.
Cristian cerró la puerta del auto con cuidado, rodeó el cofre y caminó hacia el hombre.
Ximena se incorporó.
—Cristian...
Él no se detuvo.
El conductor intentó sonreír.
—Ya le dije al oficial que...
Cristian lo tomó por el cuello de la camisa y lo empujó contra la camioneta.
El golpe metálico hizo que todos en la banqueta guardaran silencio.
—Vuelva a repetir lo que le dijo.
El hombre palideció.
—No sé de qué habla.
—Sí sabe.
—Fue un malentendido.
—Entonces lo va a explicar ante el abogado, el seguro y la autoridad correspondiente. Y si vuelve a acercarse a ella, no necesitará una grúa. Necesitará una cama de hospital.
—Señor Montalvo —intervino el agente, nervioso.
Cristian soltó al hombre.
—Mi equipo viene en camino.
Volvió al auto sin mirar atrás.
Ximena lo recibió con los ojos abiertos.
—Eso fue excesivo.
—No.
—Lo empujaste contra su camioneta.
—Con moderación.
*Con moderación, dice. Si esa es su moderación, no quiero imaginar su entusiasmo. Bueno, sí quiero, pero no en vía pública y con el tobillo roto.*
Cristian encendió el auto.
—Vamos al hospital.
—¿Y el Ferrari?
—Se repara.
—Le dolió.
—A ti te duele más.
Ximena dejó de discutir.
El trayecto fue corto y eterno.
Cristian manejó con una mano firme en el volante y la otra lista para sostenerla cada vez que un bache la hacía tensarse. Ximena intentó mirar por la ventana, pero la ciudad pasaba borrosa y cada semáforo parecía prolongar el dolor.
—Respira —dijo él.
—Estoy respirando.
—Estás peleando con el aire.
—El aire empezó.
Cristian habría sonreído si no estuviera revisando mentalmente rutas, médicos, seguros, grúas, cámaras de tránsito y formas legales de hacer que el conductor de la camioneta se arrepintiera de haber nacido con lengua.
—No vuelvas a discutir con un hombre así estando herida.
—No estaba tan herida al principio.
—Te dolía.
—Me daba más coraje que dolor.
*Y no iba a dejar que ese imbécil me hablara como si yo fuera un adorno caro en auto caro. Solo Cristian puede decirme cosas con voz mandona. Y aun así porque está tremendamente bien hecho.*
Cristian exhaló despacio.
—Tienes prioridades extrañas.
—¿Qué?
—Que te peleas aun cuando no puedes apoyar el pie.
—Ah. Sí. Eso.
*Casi me descubre babeando por su perfil manejando. Mujer, no estás bien.*
Cristian decidió no responder. Apretó un poco más el volante y tomó la entrada al hospital.
El hospital privado al que Cristian la llevó tenía fachada de vidrio, valet discreto y personal capaz de reconocer apellidos antes de revisar documentos. Una coordinadora de atención los recibió en la entrada, les ofreció silla de ruedas y abrió paso directo a urgencias.
Ximena intentó negarse a la silla.
Cristian la miró.
—No empieces.
—Puedo brincar.
—No vas a brincar por un hospital.
*Qué lástima. Si brincara y él me cargara cada tres metros, tal vez el dolor tendría sentido narrativo.*
Cristian no respondió. La empujó él mismo por el pasillo.
Un médico de guardia ordenó placas. El tobillo estaba inflamado, morado en el borde externo. Ximena mantuvo la compostura hasta que la movieron para la radiografía; entonces se mordió la mano para no quejarse.
Cristian se quedó a su lado todo el tiempo.
—Puedes llorar —dijo en voz baja.
—No quiero.
—No te hace débil.
—Ya lo sé.
*Pero si lloro, me vas a mirar suave. Y si me miras suave, me dan ganas de hacer estupideces como creer que esta casa, este matrimonio y este hombre pueden ser míos de verdad.*
Cristian se quedó inmóvil.
Antes de que pudiera decir algo, la puerta del consultorio se abrió.
—Buenas tardes. Soy el doctor Sebastián Rivas, ortopedista.
El hombre que entró tenía bata blanca, cabello oscuro, lentes de armazón delgado y una expresión profesional que se quebró apenas vio a Ximena.
No fue una sorpresa normal.
Fue un golpe viejo.
Sebastián se quedó quieto con la carpeta en la mano.
—Ximara.
Cristian volvió la cabeza hacia ella.
Ximena sintió que todo el dolor del tobillo subía de golpe al pecho.
—Doctor Rivas —dijo, demasiado rápido.
Sebastián parpadeó, como si esa distancia lo hubiera herido.
—Perdón. No esperaba...
—Mi esposa tuvo un accidente —intervino Cristian.
La palabra esposa cayó entre los tres con peso deliberado.
Sebastián miró a Cristian por primera vez.
—Sí. Claro.
El silencio fue breve, pero afilado.
Sebastián revisó las placas en la pantalla. Su profesionalismo volvió por capas, aunque los dedos le apretaban demasiado la pluma.
—Hay una fractura en el tobillo. Necesito explorar la zona con cuidado para confirmar estabilidad y definir inmovilización.
—¿Es grave? —preguntó Ximena.
—No parece quirúrgica por ahora, pero sí requerirá reposo estricto.
Sebastián amplió la imagen de la placa en la pantalla. Su voz era correcta, medida, pero sus ojos volvían a Ximena con una frecuencia que no pertenecía a una consulta común.
—El trazo es limpio —explicó—. Eso es bueno. Pero la inflamación está aumentando. Si no guarda reposo, puede complicarse.
—Guardaré reposo —dijo Ximena.
*Mentira. Tengo clases, Motita, una suegra que compra como si entrenara para olimpiada y un esposo al que necesito vigilar para que no se ponga más guapo sin supervisión.*
Cristian la miró.
—Guardarás reposo.
—Eso dije.
—Lo dijiste como quien planea escapar.
Sebastián bajó los ojos hacia la placa, pero la línea de su boca se tensó.
—Debe tomarlo en serio.
—Lo hará —repitió Cristian.
Ximena sintió la temperatura de los dos hombres chocar sobre la camilla.
*Maravilloso. Un médico con pasado en los ojos y un esposo con celos en la mandíbula. ¿Podemos recordar que la fracturada soy yo?*
Cristian se colocó a un lado de la camilla.
—Haga lo necesario.
Sebastián se acercó al tobillo.
—Voy a tocar. Avísame si duele demasiado.
El tuteo fue automático.
Cristian lo notó.
Ximena también.
*No, no, no. No me hables así. No aquí. No frente a Cristian. Actúa normal. Profesional. Distante. Por favor.*
Cristian bajó la mirada hacia ella.
No había nombre. No había explicación. Solo pánico.
Sebastián tocó con cuidado el borde del tobillo. Ximena aspiró aire entre los dientes.
—Perdón —dijo él, demasiado suave.
Cristian apretó la mandíbula.
—¿Cuánto tiempo?
Sebastián tardó un segundo en responder.
—Entre seis y ocho semanas para recuperación completa. Las primeras dos, reposo casi total.
—¿Puede atenderla otro médico?
Ximena giró la cabeza.
—Cristian.
Sebastián levantó la vista.
—Si la señora lo prefiere, puedo pedir a otro colega.
La forma en que dijo "la señora" no borró la historia en sus ojos.
*El ex. Justo tenía que aparecer el ex. En mi peor día, con el tobillo destruido, el esposo celoso al lado y yo sin haberme depilado emocionalmente para semejante desastre.*
Cristian escuchó solo lo necesario.
El ex.
La temperatura de la habitación descendió.
—No hace falta —dijo Ximena en voz alta—. Termine la revisión, doctor.
Sebastián bajó la mirada.
—De acuerdo.
La exploración continuó con una tensión insoportable. Cada vez que Sebastián tocaba el tobillo, Cristian miraba su mano. Cada vez que Ximena contenía una queja, Sebastián parecía querer decir algo que no le correspondía. Y cada vez que Cristian se acercaba, Ximena sentía que el secreto bajo sus pies era más frágil que el hueso roto.
Al final, Sebastián colocó una férula temporal y escribió indicaciones.
—Voy a recetar analgésicos y antiinflamatorio. Deben volver para revisión en una semana.
Cristian tomó la receta antes de que Ximena pudiera extender la mano.
—Yo me encargo.
Sebastián lo observó.
—Ella debe evitar apoyar el pie.
—Lo hará.
—Y necesita ayuda constante.
—La tendrá.
El choque entre ambos ya no estaba disimulado.
Ximena intentó intervenir.
—Gracias, doctor.
Sebastián la miró con una nostalgia que Cristian habría preferido no ver.
—Cuídate mucho.
Cristian tomó la mano de Ximena.
No con violencia.
Con firmeza.
—Eres mi esposa —dijo, mirándola a ella, aunque la frase iba dirigida a los dos—. Espero que no me ocultes nada.
Sebastián apretó la pluma hasta que el plástico crujió.
Ximena sintió que el corazón se le detenía.
Y por primera vez desde el accidente, el dolor del tobillo dejó de ser lo más urgente.
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Muy bien,