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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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CAPÍTULO 8: La Gala de los Diez Reinos y la Revelación

Esa misma noche, el Gran Salón de Tronos del palacio acogió la gala oficial de coronación. Músicos de la corte imperial interpretaban valses majestuosos mientras cientos de parejas de la alta nobleza bailaban bajo las colosales arañas de cristal.

​Aria permanecía de pie sobre el estrado real, junto al trono de piedra blanca. Mantenía la compostura a duras penas. La falta total de alimento durante dos días, la deshidratación severa y el peso aplastante de la culpa hacían que su cabeza retumbara con un latido doloroso. La vista se le nublaba por momentos.

​De pronto, una sacudida eléctrica recorrió su columna vertebral de arriba a abajo.

​La misma llamada magnética en el pecho. El mismo murmullo vibrante en la sangre que la había atraído hacia el callejón del mercado.

​Aria levantó la vista despacio, abriéndose paso con la mirada entre el mar de diplomáticos, duques y damas de honor.

​A través del salón, caminando con una elegancia impecable y un porte erguido que emanaba una autoridad natural e incuestionable, vio a Erik.

​Pero ya no vestía la camisa humilde de lino del parque. Llevaba un deslumbrante uniforme de gala en terciopelo negro y plata, bordado con intrincadas filigranas de dragones blancos. Una banda de seda cruzaba su pecho cargada de condecoraciones militares, y una espada ceremonial con empuñadura de cristal tallado colgaba de su cinto. Su presencia era tan imponente que eclipsaba a todos los nobles de la sala.

​Aria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El corazón le dio un vuelco violento.

​—Asistente... —llamó Aria con un hilo de voz casi imperceptible a la dama de honor que permanecía a su lado—. El caballero del uniforme negro con bordados de dragón que acaba de entrar... ¿quién es?

​La dama de honor observó en esa dirección y ahogó un suspiro de profunda admiración.

​—Ah, Su Majestad. Se trata de una de las figuras más ilustres y temidas de todo el continente. Es el Rey Erik Voronov, soberano de Vaeloria, el reino de los glaciares y las montañas del norte. Es famoso por su genio militar, pero sobre todo porque es el último heredero directo de la estirpe antigua de la magia de hielo. Se dice en las cortes que es capaz de congelar un río entero con solo tocar la superficie del agua.

​El Rey de Vaeloria. Un soberano con la magia del hielo.

​Aria sintió que el aire se le congelaba por completo en los pulmones. El joven humilde con el que había compartido sus penas más íntimas, al que le había entregado su corazón en un banco de madera y al que había besado con desesperación bajo la lluvia, no era un espía ni un campesino: era un rey poderoso que compartía su mismísimo don y su misma maldición.

​En ese preciso instante, Erik giró la cabeza hacia el estrado real. Sus ojos azul glaciar se encontraron directamente con los de ella.

​Al ver a Aria luciendo la corona de diamantes y la túnica de soberana, Erik se congeló en mitad del salón. Una expresión de asombro absoluto cruzó su rostro noble, durando apenas un segundo antes de ser reemplazada por una mirada de devoción infinita, alivio y una ternura que deshizo cualquier distancia.

​Sin hacer caso a los condes y duques que intentaban saludarlo, Erik se abrió paso con firmeza entre la multitud y caminó directamente hacia el estrado. Se detuvo al pie de las gradas del trono e hizo una reverencia impecable y majestuosa.

​—Felicidades por su coronación, Reina Aria de Arendor —dijo con su voz grave y aterciopelada, aunque sus ojos azules brillaban con un matiz juguetón que solo ella podía reconocer.

​—Rey Erik de Vaeloria... —consiguió articular Aria, haciendo un esfuerzo titánico para que no le temblara la voz—. Veo que guardaba muy bien sus títulos.

​—Ambos lo hicimos, mi reina —sonrió él dulcemente, dando un paso más arriba en las gradas y bajando el tono de voz para que solo ella lo escuchara—. Tenía un pavor voraz de que, si sabías quién era realmente, la etiqueta estricta de las cortes me privara de volver a verte en ese parque.

​—Yo sentía exactamente lo mismo... —confesó Aria en un susurro, sintiendo que una lágrima de alivio absoluto pugnaba por salir de sus ojos.

​Saber la verdad fue una ola de paz tan gigantesca que derribó la muralla de angustia que la sostenía. Pero ese mismo alivio provocó que su cuerpo, al dejar de luchar, colapsara por completo. La falta de comida, la deshidratación severa y las emociones desbordadas hicieron que la vista de Aria se volviera completamente negra. Las luces del Gran Salón se apagaron en su mente.

​—¿Aria? —la voz de Erik cambió instantáneamente, teñida de un pánico desgarrador.

​Las piernas de la reina cedieron por completo. Su cuerpo se desplomó hacia adelante desde lo alto del estrado.

​Erik no respetó ningún protocolo de la corte. Saltó las tres gradas restantes en un movimiento felino y la atrapó en el aire antes de que su cuerpo golpeara el suelo de mármol, estrechándola contra su pecho protector con una fuerza desesperada.

​—¡Aria! —gritó Lyra, corriendo desde el lateral del estrado al ver a su hermana desmayada. Se arrodilló junto al rey extranjero, desesperada por auxiliarla, sin percatarse en absoluto de que el monarca de Vaeloria que sostenía a su hermana en brazos era el "desconocido del parque" del que tanto se había quejado.

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