Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 22: El niño de los mandalas
Pasaron los meses.
El invierno se convirtió en primavera, y la primavera en verano. El mundo seguía girando, las estaciones seguían cambiando, y yo seguía aprendiendo a vivir sin él.
Ya no lloraba todos los días. A veces pasaban semanas sin que las lágrimas asomaran. Pero siempre había algo que me recordaba a él: una canción en la radio, un atardecer naranja, un libro de poemas en la estantería. Y entonces, el dolor volvía, suave pero persistente, como una vieja herida que nunca terminaba de cerrarse.
Pero ya no era un dolor que me paralizaba. Era un dolor que me recordaba que había amado. Que había sido amada. Que el amor, aunque breve, merecía la pena.
Volví al hospital. No todos los días, pero sí dos o tres veces por semana. Carlos me había ofrecido un puesto fijo en la biblioteca, y yo había aceptado. Necesitaba algo que me anclara a la vida, y los libros siempre habían sido mi refugio.
Una tarde de junio, mientras organizaba los estantes, vi a un niño sentado en la sala de lectura.
Era pequeño, de unos ocho o nueve años, con el pelo rubio y los ojos azules. Llevaba una bata de hospital y una pequeña gorra en la cabeza, señal de que estaba recibiendo quimioterapia. Tenía un libro abierto sobre las rodillas, pero no lo estaba leyendo. Estaba dibujando en una hoja de papel.
Me acerqué con cuidado, sin querer asustarlo.
—Hola —dije, con una sonrisa suave. —¿Qué estás dibujando?
El niño levantó la vista y me miró con unos ojos que me recordaron a alguien. No sabía a quién, pero había algo en ellos que me resultaba familiar.
—Un mandala —respondió, con una voz tímida.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Un mandala?
—Sí. —Me mostró el dibujo. Era un círculo imperfecto, lleno de líneas torcidas y colores que se salían del trazo. Pero tenía algo especial. Algo que me llegó al alma. —Me ayuda a concentrarme. Cuando tengo miedo, dibujo mandalas.
—¿Quién te enseñó a dibujarlos?
—Un chico que estaba en la habitación de al lado. —El niño sonrió, con una sonrisa que iluminó todo su rostro. —Se llamaba Nicolás. Decía que los mandalas eran como la vida. Que no importa si te sales del trazo. Todo forma parte del dibujo.
El mundo se detuvo.
—¿Conociste a Nicolás? —pregunté, con la voz temblorosa.
—Sí. —El niño asintió, con los ojos brillantes. —Estaba en la habitación de al lado. A veces venía a visitarme cuando no podía dormir. Me contaba historias. Y me enseñó a dibujar mandalas.
—¿Te contaba historias?
—Sí. —El niño dejó el lápiz y me miró con curiosidad. —¿Lo conocías?
—Sí. —Me senté a su lado, con las piernas temblorosas y el corazón latiendo con fuerza. —Era... mi novio.
—¿Tu novio? —Los ojos del niño se abrieron con sorpresa. —Nicolás nunca me habló de ti.
—Quizás no quería hacerte sentir triste.
—¿Por qué iba a sentirme triste?
—Porque él... —Mi voz se quebró. —Porque él ya no está.
El niño me miró durante un largo momento. Y luego, con una sabiduría que no esperaba de alguien tan pequeño, me tomó la mano.
—Lo sé —dijo. —Me lo contó antes de irse. Me dijo que se iba a un lugar mejor. Y que no me preocupara, que siempre estaría conmigo.
—¿Te dijo eso?
—Sí. —Sonrió, y en su sonrisa vi el reflejo de Nicolás. —Y también me dijo que algún día conocería a una chica que leía libros. Y que si la veía, le diera esto.
El niño metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó un pequeño papel doblado. Era un mandala, pero no como los que había visto antes. Era perfecto, simétrico, lleno de colores vivos. En el centro, escrito con letra temblorosa, había una frase:
"El amor no termina con la muerte. Solo cambia de forma."
—Me pidió que te lo diera cuando te viera —dijo el niño. —Y aquí estás.
Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Pero esta vez, no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de asombro. De gratitud. De amor.
—Gracias —susurré, tomando el mandala con manos temblorosas. —Gracias por guardarlo todo este tiempo.
—De nada. —El niño me sonrió. —Nicolás era mi amigo. Y los amigos hacen cosas por los amigos.
—¿Cómo te llamas?
—Lucas.
—Muchas gracias, Lucas. —Lo abracé con suavidad. —Eres un niño increíble.
—Lo sé. —Sonrió, con una picardía que me recordó a Nicolás. —Nicolás también lo decía.
Y entonces, con el mandala en las manos y el corazón lleno de amor, supe que Nicolás seguía conmigo.
En cada mandala que alguien dibujara.
En cada historia que alguien contara.
En cada niño que aprendiera a sonreír a pesar del miedo.
Él seguía vivo.
Y mientras yo viviera, él viviría en mí.