Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.
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Capítulo 11: El primer rastro de otros sobrevivientes
Habían pasado tres días completos desde que Woo-jin organizó su plan de preparativos. Cada mañana salía antes de que el sol asomara, cada noche regresaba cuando las sombras ya cubrían por completo los senderos, y no había descuidado ni el más mínimo detalle de lo que su padre le había enseñado. Sin embargo, esa mañana algo era distinto: mientras revisaba las trampas que había puesto en el linde más alejado de su propiedad, encontró una que no había sido activada por un animal, ni por el viento, ni por el peso de una rama caída. Había sido manipulada a propósito, con un conocimiento claro de cómo funcionaba, para desactivarla sin hacer ruido ni dañarla.
El corazón se le detuvo un instante en el pecho. Nadie más que él y su padre sabían dónde estaban puestas ni cómo estaban hechas. Se agachó despacio, evitando hacer el menor movimiento brusco, y examinó la tierra alrededor. Allí estaban: huellas de zapatos, pequeñas y ligeras, distintas a las pesadas botas de la corporación ni al calzado rústico de los habitantes del pueblo. Habían estado allí hacía apenas unas horas, cuando todavía todo estaba envuelto en la oscuridad. Alguien había pasado por allí, alguien sabía moverse con sigilo, y lo más inquietante de todo: esa persona sabía que ese terreno estaba vigilado.
Inmediatamente retrocedió cubriéndose entre la vegetación, y cuando llegó a un punto totalmente oculto y seguro, dejó que su cuerpo hiciera el cambio hacia su otra apariencia. Allí era mucho más fácil pasar desapercibido, moverse entre las sombras sin que nadie pudiera sospechar quién era realmente. Tomó su arco, comprobó que tuviera tres flechas a su alcance inmediato y comenzó a seguir el rastro con extrema precaución, sin acercarse demasiado, manteniéndose siempre en las alturas o entre los matorrales espesos. No sabía si se trataba de un amigo, un enemigo o alguien enviado por Hanbiotech, y no podía arriesgarse hasta saberlo con certeza.
Las huellas lo llevaron hasta un pequeño arroyo que él solía evitar porque bajaba de zonas más bajas, pero esa persona parecía conocer cada piedra y cada paso por allí. Dejó marcas diminutas, casi imposibles de ver: una ramita colocada en forma de flecha, una hoja vuelta hacia abajo, una pequeña piedra puesta sobre otra. Eran señales de aviso, de que alguien había pasado y dejaba un mensaje para quienes supieran interpretarlo. Su padre le había enseñado ese código por si alguna vez necesitaban encontrarse sin dejar rastro claro, y al verlo sintió que el aire se le escapaba: ¿significaba eso que había alguien más que sabía esas mismas cosas? ¿Alguien relacionado con su pasado?
Siguió avanzando con el alma en vilo, hasta que vio a lo lejos, cerca de unos viejos restos de una cabaña derrumbada, una figura encorvada que intentaba hacer fuego sin conseguirlo. Se quedó observando largo rato: no tenía el porte rígido ni la vestimenta de los hombres de la corporación, no se movía con la violencia ni la torpeza de los infectados. Parecía cansado, herido en un brazo, y de vez en cuando miraba hacia atrás con miedo, como si esperara ser alcanzado en cualquier momento. Woo-jin sabía que debía mantenerse oculto, que las reglas decían no acercarse a nadie, pero el ver esa soledad tan parecida a la suya, y esas señales familiares, lo pusieron en una encrucijada terrible.
De repente, esa persona se detuvo de golpe y se giró exactamente hacia donde él estaba escondido. Alzó una mano despacio, sin hacer ningún movimiento amenazante, y pronunció unas palabras muy bajas que el viento trajo hasta él:
—No voy a hacerte daño... vi tus marcas en los árboles... busco a alguien que vive aquí arriba, el doctor Choi... por favor, solo necesito saber si su hijo sigue con vida.
Woo-jin sintió que las piernas le fallaban. Nadie había pronunciado el nombre de su padre ni preguntado por él en más de dos años. Quería salir corriendo a preguntar quién era, cómo lo conocía, pero la prudencia fue más fuerte. Permaneció oculto, analizando cada palabra, cada gesto. Ese hombre sabía quiénes eran, sabía dónde vivían, y eso podía ser la mayor suerte que le había pasado o la peor trampa jamás preparada.
Esperó a que la otra persona bajara la guardia un instante, y muy despacio, casi sin hacer sonido, volvió a su apariencia habitual. Solo así se mostraría si decidía hacerlo. Comprobó que tuviera su navaja lista, respiró hondo para calmar los latidos violentos de su pecho, y dio un paso fuera de su escondite, saliendo al claro frente al desconocido.
—¿Quién eres y cómo sabes esos nombres? —preguntó con voz firme, aunque por dentro temblaba de emoción y de miedo—. Nadie debería saber que existimos.
El hombre abrió mucho los ojos y se llevó la mano sana a la boca, dejando escapar un sollozo ahogado:
—Entonces es verdad... eres tú. Al fin te encontré, Woo-jin. Tu padre nos dijo que si todo salía mal, debíamos buscarte aquí, que eras la única esperanza que nos quedaba a todos.
Woo-jin se quedó helado. Su padre no solo había preparado su refugio, no solo le había enseñado a sobrevivir: había dejado dispuesto todo para que, llegado el momento, no estuviera completamente solo. Pero antes de poder preguntar nada más, un sonido gutural y amenazante resonó desde el bosque detrás de ellos, y el suelo comenzó a vibrar con los pasos pesados de varios seres que se acercaban sin detenerse.
La primera prueba de esa confianza recién nacida tendría que darse en medio de la pelea.
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