Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 2
Nos arreglamos entre risas breves y miradas cómplices. Ajusté mi ropa, retoqué mi maquillaje frente al espejo del baño privado de su despacho y regresé a su mesa mientras él terminaba de abrocharse la corbata frente a la ventana.
—Ve bajando al coche, Emma. Le diré al chófer que te espere en la puerta principal. Tengo que hacer una última llamada privada con la oficina de París para arreglar unos temas de mañana —dijo sin darse la vuelta, mirando hacia el horizonte de la ciudad.
—Está bien. No tardes, la reserva es a las nueve y no nos guardarán la mesa más de quince minutos —le advertí mientras me ponía el abrigo.
—Estaré abajo en cinco minutos. Te lo prometo.
Sonreí, tomé mi bolso y salí de su despacho. Mientras caminaba por el pasillo principal hacia los ascensores, recordé que había olvidado la carpeta confidencial de la operación *Apolo* en el escritorio secundario de la sala de recepción de su suite, donde la secretaria de dirección solía clasificar la correspondencia personal.
Giré sobre mis talones para regresar. Nadie me vio. La planta estaba completamente vacía.
Al entrar a la antecámara del despacho de Julián, noté que la luz de la mesa de recepción estaba encendida. Sobre la bandeja de correo urgente había un paquete elegante, de papel de estraza grueso y sellado con un lazo de seda color marfil. A su lado, reposaba la carpeta negra que yo necesitaba.
Extendí la mano para coger la carpeta, pero mi mirada cayó por casualidad sobre el paquete de seda marfil. Tenía un membrete dorado de la caligrafía más exclusiva de la Quinta Avenida: *Royal Stationery NY*. La etiqueta de entrega decía: *A la atención urgente de la Sra. Victoria Montgomery*.
El corazón me dio un vuelco extraño, una punzada involuntaria en el estómago. ¿Victoria Montgomery? Sabía perfectamente quién era: la hija única del magnate inmobiliario Arthur Montgomery, una de las herederas más prominentes del *Upper East Side*. Había coincidido con ella en un par de galas benéficas a las que acudí como acompañante corporativa de Julián. Una mujer hermosa, elegante, perfecta para las fotos de la alta sociedad.
"Seguramente es una invitación para algún evento benéfico que la empresa patrocina", pensé, intentando racionalizar el nudo frío que comenzaba a apretarme la garganta.
Sin embargo, el paquete estaba entreabierto, como si alguien lo hubiera revisado con prisa antes de dejarlo allí. Llevada por un impulso oscuro e inexplicable que jamás había sentido antes, estiré los dedos y deslicé el contenido del sobre.
Era una tarjeta de cartulina gruesa, bordada en oro líquido. Un tarjetón de boda.
Mi vista tardó unos segundos en procesar las letras cursivas que brillaban bajo la luz halógena de la oficina.
> *«Nos complace invitarle a la unión matrimonial de*
> **Julián Alexander Vance**
> *y*
> **Victoria Elena Montgomery**
> *La ceremonia se celebrará el sábado 26 de julio a las 12:00 horas en la Catedral de San Patricio.*
> *Recepción posterior en el Plaza Hotel.»*
>
El mundo dejó de girar.
El aire se convirtió en cristal molido dentro de mis pulmones. Un pitido agudo y ensordecedor me llenó los oídos mientras mis ojos se negaban a dar crédito a lo que leían.
¿Mañana? ¿El sábado 26 de julio? ¿Sábado... es decir, mañana a mediodía?
Mis manos comenzaron a temblar tanto que la tarjeta estuvo a punto de caérseme de los dedos. Tragué saliva, pero tenía la boca completamente seca. Buscar con desesperación una explicación lógica fue mi primer instinto de supervivencia: "Esto es un error. Es una broma. Es una estrategia de imagen pública. Tiene que ser una equivocación".
Junto a la tarjeta principal había un sobre más pequeño sin cerrar. Con los dedos completamente entumecidos, extraje el papel impreso en su interior. Era una hoja de la Notaría Central de Nueva York: un acuerdo prenupcial firmado en todas sus páginas.
En la última hoja, con una caligrafía firme, limpia e inconfundible —la misma caligrafía con la que firmaba mis aumentos de sueldo, mis evaluaciones de desempeño y las notas románticas que me dejaba sobre la mesilla de noche— estaba la firma de Julián.
Firmado hace tres días.
Al lado, la firma elegante de Victoria Montgomery y el sello notarial oficial.
Y debajo, un anexo explicativo redactado por el bufete de abogados de la familia Vance: un itinerario completo de la boda, la lista de invitados VIP de la alta sociedad, la luna de miel en Amalfi y las notas de prensa preparadas para ser liberadas a los medios de comunicación mañana por la tarde, justo después del enlace.
*«...El enlace entre el CEO de Vance Capital y la heredera de los astilleros Montgomery consolidará la fusión de ambos grupos financieros...»*
Un golpe seco resonó en mi pecho, como si me hubieran atravesado con una cuchilla helada.
Hace menos de quince minutos, ese mismo hombre me tenía acorralada contra su escritorio. Me decía que era perfecta. Me besaba con una pasión devoradora. Me prometía que el futuro era nuestro mientras se desnudaba dentro de mí. Y todo ese tiempo... todo este año... mientras yo quemaba mis pestañas trabajando dieciséis horas diarias para construir su imperio, mientras entregaba mi cuerpo, mi mente y mi corazón a su causa... él estaba organizando la boda del año con la mujer más rica de la ciudad.
No era una sospecha. No era un rumor. Era una prueba irrefutable, fría, legal e imprescriptible.
Julián Vance se casaba mañana a mediodía. Y yo no era más que la secretaria brillante con la que se acostaba para aliviar el estrés de la oficina.
Escuché el sonido suave de la puerta de su despacho al abrirse tras de mí.
—¿Emma? ¿Por qué tardas tanto? El coche ya está...
La voz de Julián se cortó al verme de pie junto a la mesa de recepción, inmóvil como una estatua, sosteniendo las participaciones de su boda entre mis manos temblorosas.
Me giré lentamente hacia él. El rostro del hombre al que veneraba se quedó pálido, y por primera vez en todos los años que llevaba conociéndolo, vi una grieta de auténtico pánico en sus fríos ojos grises.