En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
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CAPITULO 16 PROMESESAS A MEDIA NOCHE
Mis dedos lo rodearon despacio, sintiendo su calor, la dureza que latía bajo la piel, y él me miró fijamente, con la respiración entrecortada, los ojos oscuros y brillantes de deseo. Me incliné despacio, bajando la cabeza hasta tomarme en la boca, y sentí cómo se tensaba aún más, cómo soltaba un gemido sordo ahogado en la garganta, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, dejándose llevar por completo, sin intentar guiarme ni apresurarme. Seguí despacio, con ritmo, saboreándolo, y él permaneció así, inmóvil, entregado, hasta que finalmente me separé y me acomodé de nuevo a su lado, tomando el control remoto y reanudando la película.
El silencio volvió a llenar la habitación, solo roto por los diálogos de la pantalla.
—¿Te gustan las películas de terror? —preguntó de repente, con la voz todavía algo ronca.
Lo miré y sonreí.
—Me encantan. Me ponen la piel de gallina, me hacen sentir viva.
Gael soltó una risa baja, girándose un poco hacia mí y acercándose.
— le dije a Gael : Sabes… tengo tantas ganas de que me folles tan duro que no pueda ni moverme después —le dije de golpe, sin rodeos, tal como salió de mi pecho.
Él me sostuvo la mirada y una media sonrisa se dibujó en sus labios.
—Solo depende de ti —respondió con esa calma que lo caracteriza—. Cuando tú quieras, cuando estés lista.
—Mañana en la noche —dije con firmeza.
Ambos soltamos una risa suave, cómplice.
—Oye… —empecé, y me reí antes de decirlo— le quiero poner nombre a mi… compañero.
Gael arqueó una ceja, divertido.
—¿A cuál?
Miré hacia abajo y luego volví a sus ojos.
—A este —dije señalando con la mirada—. A este señor tan valiente.
Él soltó una carcajada sincera.
—¿Y qué nombre le pondrás?
—Lalo —respondí riendo—. Tuve un perro que se llamaba Lalo. Era el más noble y juguetón del mundo. Sé que él estaría orgulloso de compartir nombre.
Gael negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Estás loca, Mara. Pero me gusta. Bueno… ya me voy —dijo, aunque no se movió todavía—. Si me quedo más, no voy a aguantarme hasta mañana. Nos vemos mañana en la noche.
—Te espero —le dije, levantándome para mirarlo a los ojos cuando se puso de pie—. Y prepárate… porque te voy a dar un espectáculo. Sé bailar muy bien.
Él soltó una risa profunda, me miró de arriba abajo con esa chispa que solo yo veía, y salió de la habitación cerrando la puerta despacio. Me quedé viendo la película hasta que el sueño me venció, con el ruido blanco de la televisión llenando los rincones, y dormí como hacía mucho tiempo no lo hacía: tranquila, esperanzada, lista.
A la mañana siguiente me desperté temprano, pedí el desayuno a la habitación y me tomé mi tiempo para comer y organizarme. Salí pasada la una de la tarde y caminé hasta la clínica de depilación láser que había buscado. Al entrar, firmé el consentimiento informado con calma, y la chica que me atendió me hizo pasar a una habitación blanca, limpia y bien iluminada. Me quité la ropa y me puse una bata blanca suelta, abierta por delante. Cuando ella regresó, me indicó que me acomodara y abriera las piernas como una mariposa.
El procedimiento comenzó: primero aplicó un gel fresco y suave sobre la piel, y luego pasó el aparato emitiendo destellos rápidos y una sensación de calor leve, como un ligero pellizco que iba y venía. Lo hizo con sumo cuidado, recorriendo toda la zona íntima, los muslos, la línea del bikini y también los brazos. No dolió en exceso, solo esa sensación extraña y me mantuve tranquila respirando despacio, pensando en que era un paso más para sentirme bien conmigo misma. Cuando terminó, me limpió con una toalla tibia y me dijo:
—Listo, ya terminamos. Te quedará perfecta.
—Muchas gracias —le dije agradecida.
Salí de allí y me dirigí a una tienda de lencería. Revisé los estantes hasta encontrar lo que buscaba: un conjunto de encaje negro, elegante y atrevido, sin costuras en la entrepierna, con un corte abierto justo en el centro, exactamente como lo había imaginado. Lo pagué y seguí caminando hasta una estética que vi al pasar. Entré con decisión.
—Hola, buenas tardes —saludé—. Quiero un cambio de look. Siento que es momento de algo nuevo, algo que vaya conmigo. No quiero teñirlo, soy alérgica a los tintes, pero quiero darle otra forma.
La estilista, una mujer china amable y profesional, me miró el cabello, lo tomó entre sus manos y lo observó bien.
—Mira señorita —dijo en un inglés claro y pausado—. Tienes una textura hermosa, ondas naturales muy suaves. Un corte a la altura de los hombros te va a quedar espectacular. Le dará movimiento y resaltará mucho tu rostro. ¿Te gusta la idea?
—Me encanta —respondí sin dudar—. Hágalo.
Me pusieron la bata de peluquería y empezó a trabajar. Ver cómo caían los mechones, cómo mi cabello se acortaba y tomaba forma me hizo sentir ligera, como si también estuviera dejando atrás viejas partes de mí. Cuando terminó, me miré al espejo: mi cabello caía un poco más abajo de los hombros, con ondas definidas y naturales, enmarcando mi cara de una forma totalmente nueva. Me sentí renovada.
Regresé al hotel cuando ya eran cerca de las seis de la tarde. Me metí a la ducha, dejé que el agua tibia me recorriera entera, y al salir me sequé con cuidado. Me puse ese conjunto negro que había comprado, y encima una correa fina de cuero negro, y terminé con un antifaz de encaje delgado que cubría solo mis ojos, dejando el resto de mi rostro al descubierto. Me miré al espejo y apenas me reconocí: me sentía mujer, poderosa, dueña de lo que quería.
La noche cayó sobre la ciudad y el silencio volvió al pasillo. Hasta que escuché dos golpes secos y firmes en la puerta: dos toques, nuestro código.
—Pasa —dije con voz clara.
La puerta se abrió y él entró. Justo en ese instante, desde el equipo de sonido comenzó a sonar Treat You Better. Gael se detuvo en el umbral y sus ojos se iluminaron al verme, recorriéndome despacio de pies a cabeza, con esa intensidad que solo él tiene, esa mezcla de deseo y respeto que me hacía temblar. Me acerqué a él despacio, tomé el extremo de la correa y la pasé suavemente alrededor de su cuello, tirando levemente para acercarlo más a mí, hasta que nuestros alientos se mezclaron.