Luna Salcedo murió traicionada por su prometido, su hermana y su propia familia. Antes de cerrar los ojos, entendió que el hombre al que más odiaba, Damian Alcázar, quizá había sido el único que nunca la abandonó.
Cuando despierta de nuevo en el pasado, Luna no piensa repetir la misma vida. Para vengarse, recuperar Grupo Rivas y desenmascarar a quienes la destruyeron, toma una decisión que sacude a todos: casarse con Damian, el hombre más temido del círculo empresarial.
Ella solo quería usar ese matrimonio como escudo. Él, en cambio, no piensa soltarla.
Entre celos, secretos familiares, viejas heridas y una pasión que ninguno de los dos sabe controlar, Luna descubrirá que su peor enemigo tal vez siempre fue su única salida.
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Capítulo 24
Capítulo 24
—Pero yo...
Luna todavía quiso pelear.
—Cuando termine aquí voy por ti —la cortó Damián—. Mañana vas a Estrella Films. Hay cosas que debes preparar antes.
Trabajo.
Maldito trabajo.
Con eso la dejó sin salida.
—Está bien.
Colgó con la sensación de haber perdido una batalla antes de empezarla.
Abril la miró con una sonrisa enorme.
—Ay, ciertas personas huelen a romance.
Luna sintió la cara caliente.
—No digas tonterías. Es trabajo. Mañana entro a Estrella Films.
—Claro. Trabajo.
Abril se acostó de lado en el sofá.
—Pero aceptemos algo: tu hombre sí te cuida bonito. No de palabra. De hechos. ¿Quién suelta una empresa para que su esposa practique?
Luna no supo responder.
Eso era lo que la confundía.
Mateo la consentía con flores, frases suaves y gestos para que todos los vieran.
Damián le ponía cosas reales en la mano.
Poder.
Protección.
Camino.
—Ya no hablemos de mí —dijo Luna—. ¿Estás segura de lo del bebé?
Abril miró su vientre plano.
Luego miró la repisa de botellas.
Parecía despedirse de una vida entera.
—Lo voy a tener.
Luna soltó el aire.
—Entonces lo criamos juntas.
—Trato.
Esperaron a Damián.
Nueve.
Diez.
Once.
El celular no sonó.
Abril frunció el ceño.
—Llámale. Una cena ya debió terminar.
Luna tomó el teléfono.
Marcó.
Una voz automática contestó:
El número que marcó no se encuentra disponible.
Luna miró la pantalla.
No disponible.
Eso no encajaba con el Damián que acababa de imponer reglas por teléfono.
—¿Tienes el número de alguien más? —preguntó Abril.
Luna llamó a Santiago.
Timbre.
Timbre.
Nada.
Nadie contestó.
—¿Pasaría algo?
Luna dudó.
Buscó otro contacto.
Valeria.
Valeria vivía en la residencia. Al menos sabría si Damián había vuelto.
—¿Valeria? —Abril se inclinó—. ¿Quién es?
—No sé bien.
Luna no quiso adornarlo.
—Vive en la residencia. Estos días me cuidó. Tal vez también me vigila.
Abril se incorporó.
—¿Mujer? ¿Vive en la casa de Damián?
Luna asintió.
El teléfono siguió sonando.
Cuando estaba a punto de cortar, alguien contestó.
—Señora, soy Santiago.
Luna se quedó fría.
—¿Santiago? ¿Este no es el teléfono de Valeria? ¿Por qué lo tienes tú? ¿Y Damián?
Del otro lado hubo silencio.
Demasiado silencio.
—Señora, el señor tiene asuntos esta noche. Me temo que no podrá ir por usted. Mañana Estrella Films descansará. Vaya dentro de dos días.
—¿Eso es todo?
—Sí, señora.
La llamada terminó.
Luna se quedó con el celular en la mano.
—¿Qué dijo? —Abril se acercó—. Estás pálida.
Luna repitió las palabras.
Abril aventó un cojín.
—¿Qué se cree? Aunque tenga algo, puede explicar. ¿Por qué Santiago contesta el teléfono de Valeria? Santiago siempre está con Damián, ¿no? Entonces si no viene por ti es porque está con esa Valeria.
La frase abrió lo que Luna intentaba no mirar.
El ácido se le extendió por el pecho.
Valeria.
Siempre Valeria.
—Llámale otra vez —dijo Abril—. Que Damián conteste.
Luna no se movió.
Abril le arrebató el celular.
Marcó.
—¿Señora? —respondió Santiago otra vez.
—¿Dónde está Damián? ¿No tiene manos? ¿No puede contestar él?
Santiago pareció tragar saliva.
—El señor no puede contestar ahora.
No puede.
Abril abrió la boca, pero Luna le quitó el celular.
Su voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
—Entonces que conteste Valeria.
Otra pausa.
—Señora... Valeria tampoco puede.
Luna sintió que algo dentro se apagaba.
—Entiendo.
Colgó.
La casa quedó en silencio.
Abril intentó arreglarlo.
—Tal vez pasó algo.
Ni ella se lo creyó.
Un hombre y una mujer juntos de noche.
Teléfonos apagados.
Un asistente contestando evasivo.
Los dos "no pueden".
Abril había vivido demasiados años en clubes como para comprar cuentos de pureza.
—Los hombres no sirven —murmulló.
Luna dejó el celular a un lado.
—Voy a dormir.
No durmió.
Dio vueltas.
El pecho le dolía como si le faltara una pieza.
Miró el celular hasta que los ojos se le cerraron.
No sonó.
En el sueño, estaba en un cuarto desconocido.
En la cama había un hombre y una mujer.
Se acercó.
Mateo y Renata la miraban, riéndose de ella.
Luna los observó con odio.
Nada más.
Luego las caras se borraron.
Volvió a acercarse.
Ya no eran Mateo y Renata.
Eran Damián y Valeria.
El aire desapareció.
La garganta se le cerró.
—¡Luna! ¡Despierta!
Abril le arrancó la cobija de la cara.
—¿Querías asfixiarte?
Luna abrió los ojos de golpe.
El aire volvió.
Abril la miró con tristeza y rabia.
—Levántate. Te arreglas, vamos a la reunión. Los hombres se pueden ir al diablo. Nosotras vamos a enfocarnos en vivir y hacer dinero.
Luna fue al baño.
Se echó agua fría en la cara.
El espejo le devolvió una mujer cansada.
Pero de pie.
Había vuelto a la vida para vengarse, recuperar lo suyo y cambiar el destino.
No para romperse por un hombre.
Aun así, cuando pensó en Damián, el corazón le dolió.
Hotel Brisa Marina.
El edificio seguía siendo una de las joyas de la ciudad.
No cualquiera podía organizar ahí una reunión grande.
—El jefe Adrián sí que se guardaba cartas —dijo Abril—. Esto no es solo dinero. Aquí se necesitan contactos.
Luna miró hacia el lobby.
Por un segundo creyó ver a Santiago.
El hombre desapareció rápido.
—¿Qué ves?
—Nada. Creo que dormí mal.
Subieron.
En la suite presidencial del último piso, Santiago cerró la puerta.
—Jefe, vi a la señora abajo.
Damián estaba sentado junto a la ventana.
La cara más pálida de lo normal.
Leonardo le inyectaba medicamento en la vía con precisión.
—¿Ella te vio?
—Creo que no.
Leonardo soltó un resoplido.
—Yo no dije nada. No me mires así.
La voz de Damián estaba ronca.
—¿Por qué vino?
—Reunión de excompañeros. Tercer piso.
Leonardo ajustó el suero.
—Ella sí tiene tiempo para reuniones. Anoche no quiso ir contigo a la cena.
Damián lo miró.
Leonardo levantó una mano.
—Listo, me callo.
Santiago dudó.
—Jefe, ¿de verdad no le va a decir? Ella estaba preocupada.
—No la metas en esto.
La respuesta no admitía discusión.
Leonardo guardó las jeringas.
—Voy a revisar a Valeria. La muchacha se lastimó feo por ti. No sé qué estás pensando, Damián, pero no la defraudes.
Damián guardó silencio un momento.
—No voy a defraudarla. Se lo debo.
—Más te vale.
Cuando Leonardo salió, Damián habló:
—Que el gerente de Brisa Marina cuide la sala de Luna.
—Sí.
Santiago quiso decir que tarde o temprano Luna sabría lo ocurrido.
Pero vio la mirada de Damián y cerró la boca.
En el tercer piso, Luna y Abril llegaron a la puerta del salón.
Silvia Quiroga, Karla Galindo y Lili Domínguez estaban ahí.
Al ver a Luna, sonrieron con veneno.
—Miren quién llegó —dijo Silvia—. La famosísima señora Morales. ¿Y Mateo? ¿No te acompaña?
Abril dio un paso.
Luna la sujetó del brazo.
Abril estaba embarazada.
No iba a dejarla pelear.
Luna miró a las tres de arriba abajo.
—¿También vienen a la reunión? Perdón, no las reconocí. Paradas en la puerta parecen hostess del hotel.
Las sonrisas se les borraron.
Silvia fue la más afectada.
Antes de enganchar a su novio rico, había trabajado sirviendo mesas. Odiaba que alguien le recordara cualquier cosa parecida.
Lili jaló a Silvia.
—Tener lengua no te limpia lo que haces en privado. Todavía tienes cara para venir. ¡Qué vergüenza para Mateo!
Las tres se miraron.
Cuando Mateo llegará, iban a sacar el reporte.
Querían ver a Luna caer frente a todos.