Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Capítulo 6
Ya se quedó conmigo.
—Entonces vámonos.
Sofía no preguntó a dónde.
Quizá porque tenía frío. Quizá porque, detrás de ella, doña Patricia seguía parada en el umbral con el rodillo en la mano y don Ricardo miraba el paraguas de Leonardo como si acabara de perder una negociación. O quizá porque una parte de Sofía estaba demasiado cansada para fingir que aquella casa todavía era su casa.
Subió al auto con el vestido pegado a la piel y el bolso empapado sobre las rodillas.
Toño arrancó sin que Leonardo diera la orden en voz alta.
Durante dos cuadras, nadie habló.
La lluvia golpeaba el techo del sedán con una paciencia irritante. Sofía se quitó un mechón mojado de la cara y soltó una risa breve.
—Bueno. Eso salió más caro de lo planeado.
Leonardo, sentado a su lado, la miró.
—¿Romper objetos era parte del plan?
—Plan B.
—¿Cuál era el plan A?
—No llorar.
La respuesta dejó el auto en silencio.
Leonardo apartó la vista primero.
[No llores, no tiembles, no pidas permiso. Si te van a llamar loca, al menos cobra entrada.]
Él oyó cada palabra.
Y por primera vez no buscó convertirla en información útil. Solo la dejó quedarse.
—¿Tienes a dónde ir? —preguntó.
Sofía levantó una ceja.
—¿Cuenta dormir en una banca de Reforma con elegancia?
—No.
—Entonces no.
Leonardo sacó su teléfono.
—A Torre Reforma 888 —dijo a Toño.
Sofía giró hacia él.
—¿Tu casa?
—Mi penthouse.
—Qué discreto.
—Tiene habitaciones vacías.
—Eso dicen todos los hombres ricos en novelas malas.
Leonardo la miró con una calma que casi parecía humor.
—También tiene cerraduras.
Sofía parpadeó.
—Bien. Punto para el hombre de hielo.
[No está intentando tocarme, no está regañándome, no está preguntando si exageré. Qué incómodo cuando un extraño se porta mejor que tu familia.]
Leonardo cerró los dedos sobre el teléfono.
El comentario le molestó de una forma que no supo ordenar.
Torre Reforma 888 los recibió con mármol oscuro, elevadores privados y un guardia que saludó a Leonardo como si verlo entrar con una mujer empapada fuera parte normal del protocolo nocturno.
Sofía dejó un rastro mínimo de agua en el piso.
—Voy a arruinarte el lobby.
—Lo arreglan.
—Qué bonito debe ser vivir con frases de millonario.
El elevador subió sin detenerse. La ciudad, detrás del vidrio, era una mancha de luces bajo lluvia. Sofía miró su reflejo: vestido negro arrugado, mejilla marcada, cabello pegado al cuello.
No parecía una futura señora Montero.
Parecía una fugitiva bien vestida.
El penthouse era silencioso, amplio y frío. No frío de abandono, sino de control: madera clara, arte abstracto, una sala donde nada estaba fuera de lugar. Leonardo abrió una puerta al fondo.
—Puedes usar esta habitación.
Sofía asomó la cabeza.
Cama enorme. Baño privado. Clóset vacío. Una bata blanca colgada como si el departamento hubiera estado esperando a una huésped que no sabía que existía.
—¿Y tú?
—Mi habitación está del otro lado.
—Perfecto. Distancia arquitectónica. Me gusta.
Leonardo salió un momento y volvió con una toalla gris y una tarjeta negra.
Se la tendió.
Sofía miró primero la toalla.
Luego la tarjeta.
—¿Qué es esto?
—Una tarjeta.
—Veo que tu talento explicativo no tiene techo.
—Úsala.
Sofía no la tomó.
—No soy una amante mantenida.
—No dije que lo fueras.
—Tampoco soy una inversión de control de daños.
—Sí lo eres.
Ella lo fulminó con la mirada.
Leonardo no se disculpó.
—Y yo soy tu mejor opción de supervivencia por ahora. Usa la tarjeta.
La honestidad fue tan seca que casi no dolió.
Sofía tomó la tarjeta.
[Una tarjeta negra. En la novela, después de casarnos, este hombre ni siquiera me tocó un pelo. Ni un beso decente, ni una noche de bodas, nada. Pero dinero, parece que sí va a soltar. Bueno, cada quien ama como puede.]
Leonardo, que estaba dejando la toalla sobre la silla, se quedó inmóvil.
Ni un beso.
Ni una noche de bodas.
La imagen llegó antes de que pudiera cerrarle la puerta.
Sofía, con su vestido mojado, seguía observando la tarjeta como si fuera un arma y no un favor.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Pusiste cara rara.
—Estoy cansado.
—Ajá.
Sofía dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Mira, antes de que esto se vuelva más raro. Podemos hacer un acuerdo real.
Leonardo recuperó el control.
—Te escucho.
—Tu familia quiere boda por honor. La mía quiere dinero y conexión con los Montero. Yo quiero sobrevivir. Tú quieres... no sé qué quieres, pero asumo que no quieres a mi familia pegada a tu empresa como sanguijuelas con apellido.
—Correcto.
—Entonces finjamos.
—¿Fingir qué?
—Que estás loco por mí.
Leonardo la miró.
Sofía levantó una mano.
—No emocionalmente. Qué horror. Socialmente. Si todos creen que tú me proteges porque estás enamorado, mi familia no podrá usarme para pedir dinero sin quedar como abusiva. Y si yo me porto como una esposa caprichosa, puedo ser la mala que se niega a ayudar a Grupo Reyes. Tú quedas limpio.
Leonardo caminó hacia la ventana.
La idea era ridícula.
También era útil.
—¿Y qué ganas tú?
—Casa, tarjeta, tiempo. Tres cosas que hoy no tengo.
[Y quizá alcance a descubrir quién es el espía dentro de Grupo Montero antes de que Nico entregue secretos y te hunda más rápido que en la novela.]
Leonardo se detuvo.
El silencio cambió de temperatura.
Sofía se envolvió en la toalla.
—¿Ahora sí te ofendí?
Leonardo se volvió despacio.
—¿Qué dijiste?
—Que gano casa, tarjeta y tiempo.
—Después.
Ella frunció el ceño.
—No dije nada después.
Leonardo sostuvo su mirada.
El silenciamiento de El Destino no se activó porque ella no había hablado. La voz interior sí había pasado limpia.
Un espía en Grupo Montero.
Nico.
Secretos.
No podía preguntarle de frente. Todavía no.
En ese momento sonó el teléfono de Leonardo.
Mamá.
Sofía vio el nombre en la pantalla y alzó ambas cejas.
—Qué rápido llegó el segundo round.
Leonardo contestó.
La voz de doña Claudia salió nítida, tensa.
—Leonardo, dime que no llevaste a esa muchacha a tu casa.
Él miró a Sofía.
Ella hizo un gesto de "yo no existo" y se señaló la puerta del cuarto.
Leonardo dijo:
—Ya se quedó conmigo.
Del otro lado hubo un silencio tan largo que Sofía casi pudo oír cómo se rompía una regla familiar.
—¿Perdón?
—Sofía se queda aquí esta noche.
—Leonardo, esto no es una decisión que puedas tomar para provocar a tu madre.
—No te estoy provocando.
—Entonces, ¿qué haces?
Leonardo miró la tarjeta negra sobre la mesa, el vestido mojado de Sofía, la marca tenue en su mejilla.
—Corrijo un error.
Sofía dejó de hacer gestos.
Doña Claudia bajó la voz.
—Mañana hablaremos.
—Mañana.
Leonardo colgó.
Sofía lo miró como si no supiera dónde poner esa frase.
—Eso fue innecesariamente dramático.
—Fue práctico.
—Claro. Los Montero hacen drama con voz baja.
Leonardo guardó el teléfono.
—Acepto tu acuerdo.
—¿El de fingir amor?
—El de fingir amor.
Sofía extendió la mano, envuelta todavía en la toalla.
—Socios.
Leonardo miró su mano mojada.
La tomó.
—Socios.
[Perfecto. Si el CEO frío va a fingir que me ama, al menos que actúe bien. Aunque, con ese espía en su empresa, quizá primero debería aprender a mirar a su propio asistente.]
Leonardo no soltó su mano.
Esta vez sí preguntó:
—¿Por qué mencionaste a mi asistente?
Sofía se congeló.
La habitación quedó tan silenciosa que la lluvia contra el ventanal sonó como una advertencia.