Hana apenas tenía diecisiete años cuando la sacaron de la aldea donde creció para llevarla con su verdadera familia en Eldoria. Le prometieron un hogar, un nombre y un futuro. En cambio, recibió un sótano sin comida, una hermana adoptiva que le robó al prometido y unos padres que jamás la miraron a los ojos. Cuando Sofía y Evan ordenaron su asesinato, su cuerpo acabó en el fondo de un barranco.
Pero la sangre de Hana despertó algo en una cueva oculta: el alma de la Reina Amerta, soberana de un reino antiguo, cruzó siglos y dimensiones para habitar ese cuerpo destrozado. Con los recuerdos de ambas vidas, la furia de la víctima y la astucia de una emperatriz, Hana regresa a la mansión familiar dispuesta a recuperar todo lo que le fue arrebatado.
Lo que nadie sabe es que el Emperador Alaric también cruzó al mundo moderno buscándola, y el tiempo se le agota. Tres años. Es lo único que le queda antes de desaparecer para siempre.
Entre secretos familiares, traiciones que salen a la luz, una aldea ferozmente leal y reliquias imperiales que brillan al reconocer a su dueña, Hana descubrirá que la venganza es solo el principio. Lo que realmente está en juego es un amor que ni la muerte ni el tiempo pudieron borrar.
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Episodio 13
—Váyanse de aquí —leyó Alan con la lengua entumecida las palabras escritas en la hoja.
No sabía qué era lo que lo hacía temblar, pero aquella inscripción le encogió el valor de verdad.
—¡Alan! —Hans lo llamó al verlo paralizado con la hoja en la mano.
Le arrebató la hoja y leyó el mensaje. Su estado no fue muy distinto. También sintió la amenaza, y no era ningún juego.
—Alan, ¿qué vamos a hacer? Nos están amenazando. Puede que la próxima vez no sean flechitas las que golpeen el auto, sino lanzas de madera y bambú —dijo Hans, su temple militar hecho trizas.
¿Qué les había hecho Hana a aquella hoja para que dos hombres que no le temían a la muerte temblaran de esa manera? Alan sacó el celular del bolsillo y llamó a su asistente, Jonás.
—¡Jonás, manda a nuestra gente a la villa de la plantación de té! ¡Ahora mismo! —ordenó, irritado.
Azotó el teléfono y se frotó la cara. La rabia se le desbordaba. La familia Haysa rara vez visitaba a la abuela en la villa de la plantación de té desde que la verdadera identidad de Sofía —no era hija biológica— se hizo pública. La abuela se negaba a reconocer a Sofía como su nieta, a diferencia de la abuela del lado materno, que adoraba a Sofía.
—¡Tranquilo, Alan! Jonás llegará pronto, seguro —dijo Hans, intentando calmarlo.
—Eso espero —resopló Alan.
Alan fijó la mirada en la construcción imponente que se alzaba tras aquellos muros sólidos. Deseaba que Hana estuviera allí, sana y salva.
.
En la gran residencia familiar, en el centro de Eldoria, Sofía —que acababa de obtener la aprobación de su padre para quedarse con la villa y la plantación de té— planeaba ir a ver a Hana al sótano. Con su paso arrogante de siempre, pasó junto a los sirvientes que montaban guardia.
Hana, esa villa tiene que pasar a mis manos como sea. Tú no mereces tenerla. Una simple campesina sin educación, ¿pretende competir conmigo? No serás capaz.
Sofía mascullaba con crueldad en su interior. No estaba dispuesta a perder todos los lujos que disfrutaba desde niña. Al menos, no hasta alcanzar su objetivo: apropiarse de toda la fortuna de la familia Haysa y echarlos de la casa. Toda esa riqueza sería suya y de su madre biológica.
—Escuché que el señor volvió a castigar a la señorita Hana por desaparecer dos semanas enteras, pero que yo recuerde nadie ha venido a la casa desde esta mañana —cuchichearon las sirvientas, extrañadas.
—La señorita Hana se merece el castigo. No hay punto de comparación con la señorita Sofía, aunque solo sea la hija adoptiva. Aun así, el señor y la señora quieren más a Sofía —replicó otra en voz igualmente baja.
Aquellas aduladoras no querían perder su respaldo; se pondrían del lado de quien más les conviniera dentro de esa casa. Solo una persona defendía a Hana: la encargada de las llaves del sótano, que ahora había dejado la puerta abierta a propósito.
¡Son unas lambisconas repugnantes! Hasta participan en el maltrato de la señorita Hana solo para complacer a Sofía. Son estúpidas y ciegas, igual que sus patrones.
Dio un taconazo furioso y se alejó de su puesto de guardia. Prefirió encerrarse en su cuarto. Ni una sola persona en aquella casa salía en defensa de Hana.
Sofía entró con paso lento al sótano, que ya estaba abierto. Le extrañó que no hubiera guardias. ¿Dónde estaban los dos vigilantes que se suponía debían custodiar el lugar?
—No hay nadie aquí adentro. ¿Adónde se llevaron a Hana? —Sofía frunció el ceño al no encontrar a Hana en el sótano.
Salió corriendo y fue directo a la casa para ver a sus padres.
—Sofía, ¿qué te pasa? ¿Por qué vienes corriendo así? —la reprendió su madre, que acababa de terminar de aplicarle ungüento en la cara a Ethan, amoratada por el golpe de Alan.
Sofía se dejó caer en el sofá y se bebió de un trago un vaso de agua que había en la mesa.
—El sótano... Hana no está. Acabo de ir para pedirle disculpas, pero no estaba, y la puerta del sótano ya estaba abierta. ¿Hana se escapó de la casa, papá? —soltó Sofía a borbotones, sin aliento.
—¡Traigan a Liana aquí! —ordenó Haysa, furioso.
Una sirvienta que se encontraba cerca salió a toda prisa a buscar a la encargada de las llaves del sótano y la trajo ante sus patrones.
—Señor, usted quiere preguntarme por el sótano, ¿verdad? —dijo Liana en cuanto llegó frente a ellos.
—Sí. ¿Por qué la puerta del sótano está abierta? ¿Quién la dejó así? —inquirió Haysa, clavándole una mirada penetrante.
—Señor, hace un rato el joven Alan me pidió las llaves. Dijo que quería llevarse a la señorita Hana. Después de eso, no sé nada más —respondió Liana, con la deliberada intención de sembrar discordia entre ellos.
Por suerte, las cámaras de seguridad estaban descompuestas y fuera de servicio.
—¿Alan? —Los ojos de Haysa casi se le salieron de las órbitas.
—Así es, señor. El joven Alan y su asistente —confirmó Liana, avivando el fuego a propósito.
¡Pam!
—¡Llamen a Alan ahora mismo!
Continuará…