Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 3. EL ABISMO DE LA DISTANCIA
La perspectiva de José
El maletero del coche de mi padre estaba prácticamente lleno. Cajas con libros, ropa de abrigo y mi ordenador portátil se amontonaban en el espacio, marcando el final de una etapa. Tenía dieciocho años y al día siguiente empezaba la universidad en la capital. Sentía una mezcla salvaje de emoción por la libertad que me esperaba y un extraño vacío en el estómago al dejar la casa donde me había criado.
Hice una ronda de despedidas rápidas en el porche. Mis padres me abrazaron con orgullo y Laura, que ya tenía trece años, me dio un abrazo apretado antes de soltar su típica pulla de hermana menor.
—No nos extrañes demasiado, Josecito. Por fin tendré la casa para mí sola —bromeó, aunque se le notaban los ojos vidriosos.
Al separarme de ella, mi mirada se desvió de inmediato hacia la verja que conectaba con la casa de al lado. Estela estaba allí, de pie, apoyada contra el metal. A sus trece años, había dejado atrás las coletas infantiles y el pelo le caía por los hombros, pero seguía manteniendo esa misma expresión desafiante y huraña que me había dedicado durante toda la adolescencia.
—Supongo que tú también descansarás de mí, mocosa —le dije, acercándome un par de pasos con las manos en los bolsillos, intentando sonar indiferente.
—Muchísimo —respondió ella de inmediato, cruzándose de brazos—. Por fin podré salir al jardín sin tener que aguantar tus quejas de viejo cascarrabias. Buen viaje, José.
Fue una despedida fría, seca, muy fiel a nuestra costumbre de perro y gato. Subí al coche y arranqué. Al mirar por el espejo retrovisor mientras me alejaba por la calle, vi su pequeña silueta haciéndose cada vez más diminuta junto a la verja. Sentí una punzada extraña en el pecho, pero la sacudí rápido. Iba a la universidad; me esperaban fiestas, pisos compartidos y chicas nuevas. Estela era solo una niña, un recuerdo molesto de mi pueblo.
El problema fue que el pueblo siempre te arrastra de vuelta. En Navidad, tras pasar mi primer cuatrimestre fuera, regresé a casa para las vacaciones. Y no lo hice solo. Venía acompañado de Elena, una chica de mi facultad, un año mayor que yo, sofisticada y con un aire maduro que a mí me traía de cabeza. Quería presumir de mi nueva vida de universitario, pero mi burbuja estalló el primer domingo de cena familiar.
Mis padres invitaron a Estela y a Laura a unirse al postre. Cuando entraron al salón, Elena estaba sentada a mi lado, acariciándome el brazo mientras hablábamos de los exámenes. Vi a Estela detenerse en seco en el umbral. Sus ojos recorrieron a Elena de arriba abajo, deteniéndose en su ropa formal y en su maquillaje. Por primera vez en la vida, no vi burla en la cara de Estela; vi algo que se pareció muchísimo al dolor, mezclado con una frialdad gélida que me erizó la piel.
Durante toda la tarde, Estela no intentó tirar pelotas ni hacer carteles tontos. Simplemente me ignoró. Habló exclusivamente con mi madre y con Laura, riéndose de cosas de su instituto, actuando como si yo fuera invisible. Cada vez que yo intentaba meter baza en la conversación o Elena hacía un comentario amable, Estela respondía con monosílabos cortantes y una educación tan forzada que resultaba insultante.
Cuando se marchó esa noche, me quedé mirando la puerta del salón con una frustración tremenda que arruinó el resto de mis vacaciones. Elena era perfecta, madura y mi novia, pero la indiferencia absoluta de Estela me había dolido más que cualquiera de sus antiguos sabotajes.
La perspectiva de Estela
Ver el coche del padre de José desaparecer al final de la calle fue el momento más doloroso de mis trece años de vida. Me quedé agarrada a la verja de hierro hasta que me dolieron los dedos, tragándome las lágrimas para que Laura no me viera desmoronarme. Le había dicho que descansaría de él, le había llamado viejo cascarrabias, pero la realidad era que sentía que me habían arrancado una parte del pecho. José se iba. Se iba a una ciudad gigante, llena de mujeres hermosas y maduras, y yo me quedaba atrapada en tercero de la ESO, vistiendo el uniforme del colegio y sintiéndome más pequeña e insignificante que nunca.
Los meses pasaron despacio, arrastrándose entre exámenes y tardes aburridas en la habitación de Laura. Mi única consuelo era saber que quedaba menos para Navidad y que él tendría que volver. Me pasé semanas imaginando nuestro reencuentro, convenciéndome de que tal vez, al verme después de tanto tiempo, notaría que había crecido un poco, que ya no era la mocosa de siempre.
Qué estúpida fui.
El día que Laura me avisó de que José había llegado con una invitada de la universidad, sentí un frío horrible en el estómago. Me arreglé el pelo con cuidado, me puse mi ropa favorita y caminé hacia su casa con el corazón en la garganta, repitiéndome que tenía que ser fuerte. Pero nada me había preparado para lo que encontré en ese salón.
Elena. Así se llamaba. Era alta, vestía con una elegancia que yo solo veía en las revistas y se movía con una seguridad que me hizo querer tragarme la tierra. Cuando la vi acariciar el brazo de José con tanta naturalidad, y vi la forma en que él la miraba —con admiración, como un hombre mira a una mujer—, algo se rompió definitivamente dentro de mí. Comprendí, con una crueldad aplastante, la enorme distancia que nos separaba. Yo seguía jugando a las travesuras infantiles mientras él ya jugaba en la liga de los adultos.
Laura me apretó la mano en un gesto de apoyo solidario, pero yo ya había tomado una decisión. No iba a rebajarme a hacer el ridículo delante de esa mujer. Si no podía competir con ella, al menos protegería mi orgullo.
Me senté lo más lejos posible de ellos. Me dolió en el alma cada segundo de esa tarde. Ver a José sonreírle a otra, escucharla hablar de sus proyectos compartidos en la capital, era como si me clavaran alfileres en el corazón. José intentó mirarme un par de veces, buscando mi reacción, tal vez esperando que le lanzara alguna de mis típicas pullas para iniciar nuestra habitual guerra de palabras. Pero no le di el gusto. Le sostuve la mirada con la mayor frialdad de la que fui capaz, respondiendo con monosílabos secos cada vez que me hablaba.
Cuando regresé a mi casa esa noche, me encerré en mi habitación y lloré con la cara hundida en la almohada hasta que me quedé sin fuerzas. Odiaba a Elena, odiaba la universidad y, sobre todo, odiaba tener trece malditos años. Pero en mitad de las lágrimas, una rabia sorda empezó a crecer en mi interior. José creía que me había ganado, creía que me había dejado atrás con su nueva vida madura. Se equivocaba. Iba a crecer, iba a terminar el instituto y el día que volviera a tenerme enfrente como una igual, se iba a enterar de lo que significaba de verdad jugar con fuego.