Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 24
Capítulo 24
La cena que nunca fue
El jueves quince de junio, Valentina despertó antes de que sonara la alarma.
La primera cosa que vio fue la nota sobre su buró.
"Feliz cumpleaños, mi niña. Desayuna bien. Vuelvo temprano. —S."
Valentina se sentó en la cama con el papel entre los dedos.
Leyó la nota tres veces.
Después la pegó en la primera página del diario verde, justo debajo de la lista de cosas que ya había marcado. Le puso una estrellita con pluma roja.
En la cocina, Nana Carmen le preparó chilaquiles suaves, jugo de naranja y un plato con fresas.
—Hoy no vas a salir sin comer.
—Es mi cumpleaños. Deberías consentirme.
—Precisamente por eso. Las cumpleañeras que se desmayan dan mucho trabajo.
Valentina se rió y comió más de la mitad.
Sebastián ya no estaba en la casa. Daniel había pasado por él a las siete porque Don Eduardo lo había citado en Torre Montero para una compra urgente. Valentina no se preocupó. La cena estaba confirmada desde hacía días.
Siete de la noche.
La Terraza.
Solo los dos.
A las once, fue al salón de belleza que Lucía le había recomendado. Se sentó frente al espejo con el cabello húmedo y una foto de referencia en el celular.
—Quiero algo bonito, pero no demasiado producido —le dijo a la estilista—. Como si me hubiera esforzado, pero sin parecer desesperada.
La estilista sonrió.
—Eso siempre significa que sí estás desesperada.
—Un poquito.
Lucía llamó por videollamada mientras le hacían ondas suaves.
—¡Déjame verte!
Valentina acercó el celular.
—Todavía parezco una señora con papel aluminio.
—Una señora preciosa.
—Luchi.
—Está bien, está bien. ¿Ya tienes el vestido?
Valentina giró la cámara hacia una funda blanca colgada junto a la silla.
Lucía silbó.
—Sebastián Montero no está listo para eso.
Valentina se sonrojó.
—No digas cosas.
—Amiga, hoy cumples veinte. Tienes derecho a decir cosas tú.
Después del salón, Valentina volvió a La Hacienda para vestirse.
El vestido blanco le quedaba justo por encima de las rodillas. Tenía tirantes delgados y una caída simple. Nana Carmen se quedó en la puerta de la habitación con las manos juntas.
—Ay, mija.
—¿Está mal?
—Está perfecta.
Valentina bajó la vista a sus zapatos.
—¿Crees que le guste?
—Al señor Sebastián le gusta hasta cuando usted trae el suéter al revés.
—Eso pasó una vez.
—Dos.
Valentina rió, pero se tocó el pecho para calmar el latido.
En el bolso guardó una tarjeta dibujada por ella: Sebastián sentado en una silla, con un cigarro tachado en la mano y una cara muy seria. Abajo escribió: "Vale por una cena sin humo y con muchos besos."
También guardó el llavero que había comprado para acompañar el estuche de cigarros. Era de cuero negro, pequeño, con una placa grabada: "Vuelve a casa temprano."
A las seis y veinte, pidió un auto.
A las seis cincuenta y tres, llegó a La Terraza.
El restaurante estaba en el último piso de un edificio junto al río. Ventanales altos, manteles blancos, copas finas. El host revisó la reservación.
—Señorita Solís. Mesa para dos.
—Sí.
La llevaron a una mesa junto al ventanal. Había una vela pequeña en el centro y un arreglo de flores blancas. Valentina acomodó la tarjeta y el llavero dentro del bolso para no parecer demasiado ansiosa.
A las siete en punto, revisó el celular.
Nada.
A las siete y cinco, escribió:
"Ya llegué. Te espero."
El mensaje se envió con una palomita.
Valentina sonrió sola.
En Torre Montero, Sebastián estaba en una sala de juntas del piso treinta y cuatro.
Don Eduardo había cerrado la puerta al iniciar la reunión.
—Es una compra que no puede esperar —dijo—. Si no firmamos hoy, el grupo Rivera se mete mañana.
Sebastián dejó su celular boca abajo sobre el escritorio de su oficina antes de entrar. Había dado una instrucción clara: nadie debía tocarlo.
Daniel estaba en la sala con él, tomando notas.
A las siete y doce, Isabella Castellanos pasó frente a recepción con una carpeta azul.
—El señor Montero me pidió dejar estos documentos en su escritorio —dijo.
La recepcionista dudó.
—Está en junta.
—Por eso los dejaré rápido. Daniel ya sabe.
No era cierto, pero Isabella lo dijo con tanta seguridad que la mujer llamó al asistente de piso. Él reconoció el apellido Castellanos y abrió.
Isabella entró al despacho.
El celular de Sebastián se iluminó sobre el escritorio.
"Ya llegué. Te espero."
Isabella se acercó.
La pantalla se apagó antes de que pudiera leer más.
Entonces vio la computadora lateral del despacho. WhatsApp Desktop seguía abierto en una ventana pequeña, conectado a la cuenta de Sebastián. Daniel lo había usado esa mañana para confirmar horarios con proveedores y nadie lo había cerrado.
Isabella tocó el mouse.
El chat de Valentina estaba arriba.
Primero leyó el mensaje reciente:
"Ya llegué. Te espero."
Más arriba encontró el mensaje anterior, todavía sin respuesta:
"Quince de junio. Siete de la noche. La Terraza. Solo tú y yo. No llegues tarde, hermano mayor."
Isabella leyó dos veces.
Después miró hacia la puerta.
No había nadie.
Seleccionó el mensaje de la invitación. Presionó eliminar.
La aplicación preguntó si quería borrarlo solo para esa cuenta.
Isabella eligió "eliminar para mí".
Hizo lo mismo con el mensaje de las siete.
Después cerró la ventana de WhatsApp y dejó el mouse en el mismo lugar.
El celular permaneció sobre el escritorio, intacto.
La carpeta azul quedó sobre el escritorio, sin abrir.
A las ocho, Valentina todavía sonreía.
El mesero se acercó por segunda vez.
—¿Desea pedir algo mientras espera?
—Agua mineral, por favor. Él viene en camino.
El mesero asintió.
Ella escribió otro mensaje:
"¿Ya vienes?"
Una palomita.
No se entregó de inmediato.
Valentina bloqueó el celular y miró por el ventanal. Abajo, los autos avanzaban con luces rojas. Se acomodó el tirante del vestido y revisó que el maquillaje no se hubiera corrido.
A las ocho y media, la vela ya estaba baja.
En la sala de juntas, Don Eduardo discutía cifras con dos abogados por videollamada. Sebastián revisaba una cláusula con el ceño fruncido.
—Esto no se firma así —dijo—. Si Rivera entra con deuda oculta, nos quedamos con el problema.
Daniel le pasó otra hoja.
El celular seguía en su despacho.
A las nueve, el mesero cambió la vela.
Valentina le dio las gracias con una sonrisa que ya no le salió completa.
Llamó a Sebastián.
Entró a buzón.
Volvió a intentarlo.
Buzón.
El nudo en su garganta empezó a doler.
Abrió el bolso y sacó la tarjeta dibujada. La miró bajo la mesa para que nadie la viera. El Sebastián del dibujo tenía las cejas exageradamente serias. Esa mañana le había parecido gracioso.
Ahora le dio vergüenza.
A las nueve y veinte, Lucía le escribió:
"¿Foto del vestido? Necesito pruebas de que estás rompiendo corazones."
Valentina no contestó.
A las nueve y media, pidió la cuenta de la botella de agua.
—Señorita, si quiere esperar un poco más...
—No. Gracias.
La voz le salió firme.
La mano no.
El mesero fingió no ver cómo le temblaban los dedos al guardar la tarjeta en el bolso.
A las diez en punto, Valentina se puso de pie.
Una gota de cera había caído sobre la falda blanca. Intentó quitarla con la uña y solo logró extenderla.
Eso fue lo que la hizo llorar.
No la mesa vacía.
No las llamadas sin respuesta.
La mancha pequeña, justo sobre la tela que había elegido para él.
Salió del restaurante con la cabeza baja. En el elevador, se limpió debajo de los ojos con una servilleta. El maquillaje quedó gris en el papel.
Afuera hacía viento.
Valentina abrió la aplicación para pedir un auto, pero la pantalla se veía borrosa.
Una SUV blanca se detuvo frente a ella.
La ventana del conductor bajó.
Nico la miró desde adentro.
En el asiento trasero había una caja grande de pastel y un regalo envuelto en papel azul.
Nico vio el vestido, la mancha de cera, la servilleta apretada en su mano.
No preguntó nada.
Solo desbloqueó la puerta.
—Sube.