Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 13
El penthouse de Tania se alzaba sobre la ciudad como una atalaya de cristal, un espacio donde el minimalismo y el lujo silencioso gritaban éxito. Eran las ocho de la noche cuando el timbre del ascensor privado anunció una llegada no programada. Tania, que vestía una bata de seda negra y sostenía una tableta con informes financieros, no se inmutó. Sabía que la fiera herida no tardaría en rastrear su guarida.
Cuando las puertas se abrieron, Nicolás irrumpió en la estancia. No traía el saco puesto; su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello y su cabello, usualmente impecable, estaba desordenado por el viento y la frustración. Su mirada era una mezcla de furia, desesperación y una sed de verdad que lo estaba consumiendo vivo.
Tania dejó la tableta sobre la mesa de mármol y se giró lentamente. No hubo sorpresa en su rostro, ni miedo, ni rastro de la antigua mujer que se habría apresurado a preguntarle si estaba bien.
—Señor Durantt —dijo ella, con una voz tan neutra y profesional que resultaba insultante—. Qué entrada tan... dramática. ¿Hay alguna emergencia en Continental que no haya podido esperar a la reunión de mañana? ¿En qué le puedo servir?
Nicolás se detuvo en seco, golpeado por la frialdad de su tono. Ella lo trataba como a un proveedor molesto, no como al hombre que había sido el centro de su universo.
—Déjate de juegos, Tania —rugió él, dando un paso hacia ella—. No he venido por los camiones ni por las acciones. He visto los registros de Singapur. He visto las fotos.
Tania caminó hacia el mueble bar con una elegancia felina. Se sirvió un vaso de agua mineral con limón, dándole la espalda, una muestra de confianza absoluta que desquició a Nicolás.
—Singapur es una ciudad hermosa —comentó ella, sin mirarlo—. Muy eficiente para los negocios y para empezar de cero. ¿Qué fotos menciona? Atlas tiene muchas campañas publicitarias.
—¡Hablo del niño! —exclamó Nicolás, su voz quebrándose ligeramente—. Vi al niño en el parque. El cálculo de las fechas, sus rasgos... ¡Tania, mírame a los ojos y dime la verdad! ¿Ese niño es mi hijo?
Tania se giró, sosteniendo su vaso con delicadeza. Lo miró con una curiosidad desapasionada, como si estuviera analizando un informe de daños colaterales. Sus ojos, antes llenos de luz para él, ahora eran espejos oscuros que no devolvían nada.
—Usted tiene una imaginación muy fértil, señor Durantt —respondió ella, caminando hacia el ventanal que dominaba la ciudad—. Pero le recuerdo que usted mismo se encargó de dejar claro, ante un juez y ante toda la sociedad, que yo era una mujer de "moral cuestionable". Usted compró fotos, inventó amantes y juró que nada de lo que viniera de mí tenía valor. ¿Por qué le interesa tanto ahora la ascendencia de mi hijo?
—Porque tiene mi cara —siseó Nicolás, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de ella. El aroma a sándalo de Tania lo golpeó, evocando una nostalgia dolorosa—. Porque si ese niño es un Durantt, tiene un lugar en mi mundo. Tiene derechos. Tiene mi nombre.
Tania soltó una risa seca, una nota discordante que heló la sangre de Nicolás.
—¿Su nombre? —Tania se acercó aún más, hasta que su aliento rozó la mandíbula de él—. El nombre Durantt es sinónimo de humillación para mi hijo. Mi hijo no necesita un apellido que se construyó sobre el desprecio a su madre. Él tiene mi apellido, mi protección y un imperio que yo misma construí para él sin que usted moviera un dedo, excepto para echarnos a la calle.
—Entonces es mío... —susurró Nicolás, y por un momento, la arrogancia desapareció de su rostro, dejando ver a un hombre aterrado por la magnitud de su error.
—Usted perdió cualquier derecho a preguntar por su identidad en el momento en que cerró la puerta de su mansión bajo la lluvia —dijo Tania, recuperando su calma desesperante—. Para todos los efectos legales y personales, usted es un extraño. Un competidor comercial. Nada más.
Nicolás intentó tomarla por los hombros, un último acto de posesividad, pero Tania retrocedió antes de que él pudiera rozarla. Sus ojos brillaron con una advertencia letal.
—No se confunda, caballero —sentenció ella—. El hecho de que lo deje entrar en mi penthouse no significa que tenga permiso de entrar en mi vida. Si no tiene más asuntos de negocios que tratar, mi seguridad lo acompañará al estacionamiento. Es tarde y tengo una agenda llena para mañana... donde, por cierto, planeo auditar su gestión en el puerto.
—Tania, no puedes hacerme esto —suplicó Nicolás, y la palabra "suplicar" sonaba extraña en su boca—. Es mi sangre.
—Su sangre es fría, señor Durantt. La de mi hijo es fuego —Tania caminó hacia el ascensor y presionó el botón de bajada—. Váyase a casa. Mire sus paredes de mármol y sus cuadros caros. Disfrute de la soledad que tanto se esforzó en comprar. No vuelva a venir aquí sin una cita previa de mi secretaria.
Las puertas del ascensor se abrieron. Nicolás se quedó allí, paralizado. Quería gritar, quería romper los cristales, quería rogarle que le dejara ver al niño. Pero la calma de Tania era una pared que no podía derribar. Ella lo miraba como si fuera un insecto interesante, pero insignificante.
—Buenas noches, señor Durantt —dijo ella, con una sonrisa mínima que no llegaba a sus ojos—. Intente dormir. He oído que la culpa es una almohada muy incómoda.
Nicolás entró en el ascensor, derrotado. Mientras las puertas se cerraban, la última imagen que tuvo de ella fue la de una mujer radiante, poderosa y completamente inalcanzable. Tania se quedó sola en el salón, mirando el reflejo de las luces en el cristal. Su mano, la que sostenía el vaso, tembló apenas un milímetro, pero cerró el puño con fuerza.
El encuentro cercano había terminado. Ella le había dado la verdad sin decirla, dejándolo en un infierno de sospechas que ella no pensaba apagar. Nicolás Durantt había venido buscando respuestas, pero se iba con una condena: saber que el heredero que siempre quiso existía, pero que ella se encargaría de que él fuera siempre un extraño para su propio hijo. La fiera no solo le había mostrado los dientes; le había arrancado el corazón sin derramar una sola gota de sangre.