Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 24
Clara acababa de regresar después de acompañar a su madre al estacionamiento del hospital. Había insistido en que se fuera primero; necesitaba descansar. Esa noche, ella se quedaría a cuidar a su papá junto con Álvar.
Cuando Clara entró a la habitación, el ambiente era silencioso: la luz tenue, el pitido suave de los aparatos médicos marcando un ritmo pausado. Su papá ya dormía, la respiración acompasada, el rostro más sereno que antes.
La mirada de Clara cayó entonces hacia el rincón de la habitación.
Álvar dormía en el sofá, el cuerpo ligeramente ladeado, la chamarra aún puesta, el rostro visiblemente agotado. El largo viaje desde la aldea hasta la capital le había cobrado factura. Su pecho subía y bajaba con lentitud, las cejas levemente fruncidas, como si ni siquiera en sueños su mente hallara verdadera calma.
Clara se quedó de pie unos segundos, observándolo sin darse cuenta. Luego tomó la cobija que había traído de casa. Con pasos cuidadosos se acercó y, despacio, cubrió el cuerpo de Álvar procurando no hacer el menor ruido. Sus manos alisaron la cobija sobre el pecho de él.
Pero justo cuando acomodaba la orilla de la cobija y su rostro quedó demasiado cerca, aquellos ojos se abrieron de pronto. Clara se sobresaltó y retrocedió medio paso por reflejo, la respiración contenida.
Álvar la miró en silencio unos segundos. Sus ojos aún pesaban de sueño, pero la mirada era suave.
—Perdón —murmuró Clara, casi en un susurro—. Solo… quería taparte.
Álvar no respondió de inmediato. En cambio, se movió un poco y se incorporó despacio.
—Gracias —dijo en voz baja—. Me quedé dormido.
Clara asintió brevemente, tratando de mantener la distancia.
—Mi papá ya se durmió. Mamá también se fue ya.
Álvar asintió.
—Estás cansada.
No era una pregunta; era una afirmación. Clara quiso responder, pero la mirada de Álvar le robó las palabras.
—No quise… —Álvar se detuvo un instante y bajó la voz—. Si mi presencia te incomoda, puedo salir un momento.
Clara negó con un leve movimiento de cabeza.
—No hace falta. Tú… puedes quedarte aquí.
La frase era sencilla, pero bastó para dejar a Álvar en silencio. Clara se alejó hacia el lado de la cama de su papá y se sentó con cuidado. Sin embargo, antes de darle la espalda por completo, dijo en voz baja sin mirar a Álvar:
—Gracias por quedarte a acompañarnos.
Álvar esbozó una sonrisa tenue. Pasaron algunos instantes; la vio sentada luchando contra el sueño, la cabeza cabeceando hacia abajo para luego erguirse de nuevo. Álvar se levantó del sofá, caminó hacia ella y se detuvo justo enfrente.
—Duerme, Clara —dijo con voz queda pero firme—. Yo cuido a tu papá. Sé que estás cansada. Necesitas descansar.
Clara negó con la cabeza.
—Estoy bien…
—Clara —la atajó Álvar con suavidad, sin dejar margen—. Si no te levantas ahora, te cargo hasta el sofá.
La amenaza le arrancó un suspiro. Al final se puso de pie y caminó despacio hacia el sofá. Álvar se hizo a un lado, se aseguró de que la cobija quedara bien puesta y la miró con una seriedad cálida.
—Duerme —repitió—. No te quedes mirándome a lo lejos con cara de distraída.
El rostro de Clara ardió. Se acostó deprisa, dándole la espalda, y se jaló la cobija hasta los hombros. La espalda apuntaba hacia Álvar, pero el corazón le latía más rápido de lo normal.
Álvar sonrió con discreción al verla. Volvió a sentarse en la silla junto a la cama de Don Ramón y montó guardia con calma. Entre el sonido tenue de los aparatos médicos y la respiración de las personas queridas que dormían, la noche transcurrió lenta, cálida, torpe y llena de sentimientos que aún no terminaban de expresarse.
A la mañana siguiente, Clara despertó con la cabeza liviana; había dormido tan profundo que por un momento entró en pánico al recordar que no había revisado el estado de su papá. Se incorporó de inmediato, los ojos todavía entreabiertos.
Pero sus pasos se detuvieron. A través de la cortina ligeramente abierta, Clara contempló una escena que le calentó el pecho. Álvar estaba de pie junto a la cama, ayudando a Don Ramón a desayunar. Una enfermera acababa de traer la charola y se retiró tras verificar que todo estuviera listo. Álvar le daba de comer con paciencia, inclinándose de vez en cuando para que su suegro estuviera más cómodo; cada movimiento era tranquilo y respetuoso.
—Despacio, Don Ramón —la voz de Álvar se escuchó baja y cortés—. Todavía está caliente.
Don Ramón sonrió levemente y asintió obediente, como un niño al que aconsejan.
Clara se quedó inmóvil, contemplando la escena sin querer interrumpir. Una sonrisa tenue brotó en sus labios, cálida y sincera. En su interior reconoció algo que nunca había cambiado: Álvar siempre había respetado a los mayores. No era fingido, no buscaba elogios; nacía de la costumbre y de un corazón genuino.
La puerta de la habitación se abrió justo cuando Clara iba a acercarse.
Volteó por reflejo, creyendo que era su madre. Pero su suposición se desvaneció cuando vio a Darío de pie en el umbral, impecable con su camisa de trabajo, una bolsa de papel con comida en la mano.
—Ah, veo que Álvar también está aquí —saludó Darío con desenfado; su mirada captó de inmediato la presencia de Álvar junto a la cama de Don Ramón.
¿Y si no estoy aquí, dónde se supone que debería estar?, pensó Álvar con fastidio, mirando a Darío con dureza.
Álvar volvió la vista; las miradas de ambos se cruzaron un instante —breve, inexpresivo, pero cargado de algo que no se decía.
Clara caminó hacia Darío.
—Darío…
—Les traje el desayuno —contestó el hombre con una leve sonrisa—. Iba camino a la oficina y me acordé de que seguías en el hospital. No quería que te quedaras sin comer.
Las palabras sonaron sencillas. Y sin embargo, la mandíbula de Álvar se tensó.
Sus puños se apretaron a los costados. Un calor desconocido le subió al pecho: incómodo, ajeno, y claramente llamado celos. Pero Álvar solo pudo quedarse callado. Era consciente de que en esa habitación estaba su suegro. No tenía derecho a mostrar nada.
Don Ramón sonrió con amabilidad.
—Qué atento. Gracias, Darío.
—No es nada, señor —respondió Darío con ligereza.
Clara recibió la bolsa y, sin darse cuenta, lanzó una mirada hacia Álvar. Sus ojos se encontraron una fracción de segundo. Clara captó algo en la mirada de él —no era enojo, no era frialdad, sino una tensión contenida a fuerza de voluntad.
Álvar desvió la vista primero; sus ojos se posaron en la comida que él también había comprado abajo para Clara, apoyada sobre la mesita de noche junto a la cama de Don Ramón.