Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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Las Huellas Del Alba
La primera luz del amanecer en Oakhaven no logró disipar la densa y persistente capa de bruma que envolvía los límites del bosque, sino que pareció teñirla de un tono grisáceo, melancólico y casi espectral que se filtraba con dificultad a través de las ramas de los abetos centenarios. En el interior de la imponente y silenciosa mansión Draconis, el ambiente era de una quietud tan absoluta que el parpadeo de las velas en los candelabros antiguos parecía el único indicio de vida. Aethelgard y Nyxandra permanecían reunidos en el estudio principal, un espacio iluminado tenuemente donde los pesados cortinajes de terciopelo bloqueaban cualquier intento del sol por inmiscuirse en sus asuntos. Sobre la superficie de madera noble del escritorio reposaba una urna metálica herméticamente cerrada que contenía los restos de ceniza que Onyx había depositado con absoluta discreción y pulcritud tras el incidente ocurrido en la oscuridad de la noche anterior.
La eliminación rápida y eficiente del intruso nómada había demostrado la preparación militar del clan, pero la sola presencia de cazadores errantes merodeando tan cerca de los linderos encendía una señal de alerta ineludible que no podían permitirse ignorar por mucho tiempo más.
—El hecho de que ese explorador desconocido haya logrado burlar nuestras primeras líneas de contención y cruzar los límites del bosque sin ser detectado hasta los metros finales de la propiedad demuestra de manera categórica que nuestros perímetros necesitan un refuerzo urgente —señaló Nyxandra con voz gélida, cruzando los brazos sobre su pecho mientras su mirada se perdía en los ventanales oscurecidos por la neblina exterior—. Los clanes nómadas del norte se están moviendo con una libertad inusual, empujados por el hambre y el descontrol, y nuestra prolongada estancia en este pueblo aislado nos está volviendo peligrosamente vulnerables al escrutinio exterior.
—No subestimes nuestra capacidad de adaptación ni la solidez de nuestras defensas, Nyxandra —respondió Aethelgard con su habitual tono imperturbable, apoyando las palmas de las manos sobre la fría madera del escritorio con una calma milenaria—. Onyx ha demostrado en el terreno que sabe manejar las amenazas físicas con la contundencia y la precisión necesarias para no dejar rastro. Sin embargo, el verdadero peligro al que nos enfrentamos en este ciclo no proviene de los bosques exteriores ni de los parias que vagan sin rumbo, sino de las grietas emocionales que nosotros mismos permitimos abrir en nuestra fachada social. Su obsesión latente con la muchacha humana sigue creciendo, y esa es una variable volátil que ninguna patrulla en el bosque podrá controlar ni eliminar.
En el piso superior de la mansión, completamente ajeno a las deliberaciones estratégicas y las advertencias de sus creadores, Onyx se encontraba sentado al borde de su cama, con la mirada fija en el punto exacto donde las primeras sombras de la madrugada comenzaban a retirarse de los cristales. No había dormido —una necesidad biológica de la que su especie carecía por completo desde el momento de su transformación—, pero su mente había permanecido hiperactiva, procesando en bucle cada segundo transcurrido desde su llegada a Oakhaven. La tensión acumulada en sus músculos no era producto del combate contra el nómada en el lodo, sino de la persistente y silenciosa imagen de Lyra grabada a fuego en su memoria. Sabía perfectamente que las reglas estrictas del clan exigían un aislamiento absoluto y una cautela extrema frente a la humanidad, pero cada fibra de su ser se resistía con fuerza a aceptar la idea de mantenerse al margen cuando el mundo exterior parecía converger de manera inevitable hacia un punto de quiebre sin retorno.
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