Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 16 El Guardián de la Noche
La noche cayó sobre los suburbios como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilaban indiferentes a los dramas humanos. La casa de los Durlin, con su fachada de madera pintada de blanco y azul, descansaba en silencio, sus ventanas apagadas y sus habitantes sumidos en un sueño que, aunque inquieto, era necesario.
Pero en las sombras, un guardián vigilaba.
Urock era el lobo del Rey Alfa, la manifestación física de su bestia interior cuando decidía liberarla. Era una criatura imponente, de pelaje negro como la noche más profunda, con ojos que brillaban como el acero fundido.
Su tamaño era extraordinario, incluso para un lobo Alfa; era más grande que un caballo percherón, con patas musculosas y una mandíbula que podía triturar huesos con la misma facilidad con que un humano rompe una ramita seca.
Pero esa noche, Urock no estaba allí para cazar o luchar. Estaba allí para proteger.
Bruno sabía que no podía estar presente en persona, que su presencia en los suburbios causaría demasiada conmoción y pondría a Zea en una situación aún más complicada. Pero su lobo interior, su Urock, no podía quedarse quieto. Había sentido el dolor de Zea a través del vínculo que comenzaba a formarse entre ellos, y cada fibra de su ser le exigía estar cerca de ella, asegurarse de que estaba a salvo.
Así que, en la madrugada, cuando el mundo estaba sumido en el silencio más profundo, Urock había cruzado los límites de la ciudad como una sombra, moviéndose entre los árboles y los tejados con una sigilosidad que desmentía su enorme tamaño.
Ahora estaba allí, junto a la casa de los Durlin, oculto entre los arbustos del jardín delantero. Sus orejas se movían con cada sonido, su hocico olfateaba el aire en busca de cualquier amenaza. Pero sobre todo, sus ojos se mantenían fijos en la ventana del segundo piso, la ventana de la habitación de Zea.
A veces, Urock se estiraba sobre el césped, su enorme cuerpo casi invisible en la oscuridad, y ronroneaba suavemente. No era un gruñido de advertencia, sino un sonido profundo y vibrante, como el ronroneo de un gato gigante. Era su forma de llamarla, de decirle "estoy aquí, estoy contigo".
Dentro de la casa, Zea se revolvió en la cama. Había dormido mal, su mente aún atormentada por los acontecimientos del día. Las palabras de Caterina resonaban en sus oídos como un eco venenoso, y el recuerdo de la humillación pública la hacía retorcerse bajo las sábanas.
Pero entonces, algo cambió.
Un sonido, apenas perceptible, llegó a sus oídos desde el exterior. Era un ronroneo profundo, vibrando en el aire como el bajo de una canción antigua. Zea abrió los ojos lentamente, su mente aún adormilada, y se incorporó en la cama. Sin saber por qué, sintió una atracción irresistible hacia la ventana.
Se levantó, sus pies descalzos rozando el suelo de madera, y se acercó al cristal. Corrió la cortina con dedos temblorosos y miró hacia el jardín.
Allí, en la penumbra, lo vio.
Un lobo enorme, negro como la noche, estaba tendido sobre el césped. Su pelaje brillaba con un destello plateado bajo la luz de la luna, y sus ojos, dos gemas de acero fundido, estaban fijos en ella. Cuando sus miradas se encontraron, el lobo se incorporó ligeramente y soltó un gruñido suave, que no era amenazante, sino más bien un saludo, una confirmación de su presencia.
Zea sintió que su corazón se aceleraba. No era miedo lo que sentía, sino una emoción más profunda, más primitiva. Su loba interior, Kashira, que normalmente estaba dormida y plácida, se agitó en su interior. Sus ojos, que eran de un cálido color miel, comenzaron a adquirir un tono rojizo, la señal de que su loba estaba tomando el control parcial.
—Mi rey —susurró Zea, su voz apenas un aliento, sin saber muy bien de dónde salían esas palabras. Era como si su loba hablara a través de ella.
Urock, al escucharla, se incorporó por completo. Sus orejas se irguieron y su cola se movió lentamente de un lado a otro. Abrió la boca y dejó escapar un sonido que era casi un ronroneo, casi un gruñido, pero que en el lenguaje de los lobos significaba una sola cosa: "Cachorrita".
Zea sintió que una ola de calor la recorría. Era como si el lobo estuviera diciéndole que estaba bien, que no tenía nada que temer, que él estaba allí para protegerla. Y, de alguna manera, lo creyó.
—Estoy bien —susurró, respondiendo al mensaje no verbal del lobo—. Estoy tranquila.
Urock inclinó la cabeza, como si entendiera sus palabras, y luego se tumbó de nuevo en el césped, sus ojos aún fijos en ella. No se movería de allí hasta que el sol comenzara a asomarse por el horizonte.
Zea se quedó un momento más, mirando al lobo desde la ventana. Su corazón latía con fuerza, pero no por miedo. Era una sensación de seguridad, de ser cuidada de una manera que nunca antes había experimentado. Finalmente, con una sonrisa temblorosa en los labios, volvió a la cama y se acurrucó bajo las sábanas.
Durmió profundamente, y por primera vez en todo el día, su sueño fue tranquilo.
*_*
A la mañana siguiente, Zea se despertó con una sensación de paz que no había sentido en días. Era como si alguien hubiera desatado el nudo en su pecho, como si una mano invisible hubiera alisado las arrugas de su alma. Se estiró en la cama, sintiendo el sol de la mañana acariciar su rostro, y sonrió.
Luego, el recuerdo de la noche anterior la golpeó.
El lobo. El enorme lobo negro que había estado vigilando su casa. Sus ojos de acero. El ronroneo que la había llamado.
—Fue un sueño —se dijo a sí misma, negando con la cabeza—. Tenía que ser un sueño.
Pero cuando se levantó y se acercó a la ventana, vio algo que confirmó que no había sido imaginación. En el césped, justo donde el lobo había estado acostado, había una huella profunda, como si un animal muy pesado hubiera descansado allí. Y entre las flores del jardín, un mechón de pelo negro como la noche se mecía con la brisa.
Zea tomó el mechón entre sus dedos, y al tocarlo, sintió una calidez que recorrió todo su brazo. Era el pelo de Urock. El lobo de Bruno.
—¿Él vino a protegerme? —susurró, su voz temblorosa por la emoción.
Se sonrojó al recordar la imagen del lobo enorme, con esos ojos de acero que la miraban con tanta devoción. Era como ver al Rey Alfa en su forma más pura, más salvaje. Y aunque la idea de Bruno le traía tantos problemas, aunque su relación estaba rodeada de rumores y peligros, en cuanto pensaba en él, en su lobo, en cómo había velado por ella durante toda la noche, se sentía terriblemente cuidada y protegida.
—Gracias —susurró al viento, como si él pudiera oírla—. Gracias por estar ahí.
En la mansión real, Bruno estaba en su despacho, tomando un café negro y tratando de concentrarse en los informes de la manada. Pero su mente estaba en otra parte. Su lobo interior, Urock, había vuelto a él al amanecer, trayendo consigo el aroma de Zea y la certeza de que estaba bien. Y eso, para Bruno, era suficiente.
Sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina, y tomó un sorbo de su café. Sabía que el camino sería difícil, que había enemigos y obstáculos por delante. Pero también sabía que valía la pena.
Porque Zea, su dulce omega, era su luz. Y él estaría siempre allí para protegerla.