Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
NovelToon tiene autorización de Cintya Flores para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La trampa (part1)
Cuando el Emperador se ponía de pie en un evento, la música paraba.
Era protocolo. Todos en ese salón lo sabían. La música se detuvo con esa precisión de los conjuntos entrenados para exactamente ese tipo de señal, y el salón se quedó en el silencio específico de trescientas personas que entienden que algo importante está por ocurrir y están esperando saber qué.
Ren ya lo sabía.
Se quedó completamente quieta en su posición del lateral del salón. Sophia a su izquierda. La segunda salida a la derecha a doce pasos. Los cuchillos en su lugar. El antídoto ya tomado horas antes.
Y Kael.
Kael estaba a siete pasos de ella, todavía junto al Lord del círculo pequeño, pero sus ojos habían encontrado los de Ren en el momento en que la música se detuvo con la velocidad de alguien que llevaba toda la noche esperando esa señal.
Sus miradas se encontraron.
Kael no hizo ningún gesto.
Pero tampoco apartó los ojos.
......................
El Emperador habló con esa voz suave que no necesitaba volumen.
—Esta noche, además de celebrar la mayoría de edad de mi hijo Julius — una pausa en la que nadie en el salón se atrevió a aplaudir aunque en otra circunstancia ese habría sido el momento — tengo el placer de compartir con la nobleza del imperio una noticia que concierne al futuro de nuestra gran nación.
Ren respiró despacio.
Aquí viene.
—La Duquesa del Ducado Prevail —dijo el Emperador — espera un hijo. Un heredero para la casa Prevail y, como todos en este salón saben, la casa Prevail ocupa un lugar de singular importancia en el corazón del imperio.
Murmullos. Controlados. El tipo de murmullo que la gente hace cuando quiere reaccionar pero no sabe todavía en qué dirección conviene reaccionar.
—En consideración a la importancia de este nacimiento —continuó el Emperador — y en consideración a la seguridad que un heredero de tal relevancia merece, he tomado la decisión de que la Duquesa Prevail complete su embarazo bajo la protección directa de la corona imperial. En el palacio. Bajo mi cuidado personal.
El silencio que siguió fue diferente al anterior.
Era el silencio de trescientas personas procesando lo que acaban de escuchar y calculando, cada una a su manera y según sus propios intereses, qué significa exactamente.
Ren lo procesó en el tiempo que tardó en respirar.
Bajo mi cuidado personal.
Separada del Duque.
En el palacio.
Donde el sommelier lleva veinte años.
Donde nadie podría entrar sin permiso imperial.
Donde nadie sabría lo que ocurre hasta que fuera demasiado tarde.
Era perfecto.
Era legal.
Era público.
Era una sentencia de muerte con forma de protección.
Y era ahora, en este momento, frente a trescientas personas que habían sido convocadas específicamente para ser testigos de que el Emperador lo había ofrecido y que por tanto cualquier rechazo sería una ofensa imperial documentada.
Ren no se movió.
Su expresión no cambió.
Por dentro, con la claridad específica de los momentos de peligro real, su mente ordenó las variables en el tiempo que tomó una respiración.
Opción 1: Aceptar. Entrar al palacio. Morir en semanas de forma que nadie pueda probar.
Opción 2: Rechazar públicamente. Ofensa al Emperador. Consecuencias inmediatas para el Ducado Prevail. Para Kael. Para todos los que la rodean.
Opción 3—
—No lo aceptes.
Las palabras de Julius.
Tendrás opción.
......................
Fue Kael quien se movió primero.
No hacia el Emperador. Hacia Ren.
Siete pasos. Directos. Con esa cadencia inconfundible que Ren había aprendido a reconocer en las noches de insomnio escuchando los pasillos de la mansión.
Se detuvo a su lado.
No dijo nada todavía.
El salón los miraba a los dos.
El Emperador los miraba a los dos.
Y en los ojos grises del Emperador Ren leyó algo que no había esperado leer en ese momento: incertidumbre. El tipo específico que ocurre cuando alguien ha calculado todos los movimientos posibles de sus piezas y de repente una pieza que consideraba fija se mueve en una dirección que no había considerado.
Kael miró al Emperador.
—Su Majestad —dijo. Su voz tenía esa calma que Ren le había escuchado en el comedor, en su estudio, en cada conversación que habían tenido. Pero debajo de esa calma había algo diferente esta vez. Algo que Ren reconoció porque era la misma cosa que había escuchado en su voz la noche anterior cuando dijo mañana voy a estar ahí—. Agradezco la generosidad de Su Majestad hacia la Duquesa Prevail.
Una pausa.
El salón retuvo el aliento.
—Sin embargo —dijo Kael— debo señalar que según el Artículo Catorce del Código de Protección Ducal, una Duquesa en estado de gravidez queda bajo la protección directa y exclusiva del Duque de su casa durante el período de embarazo. —Una pausa—. Es ley imperial. Establecida hace ciento veinte años por el abuelo de Su Majestad.
El silencio del salón cambió de calidad.
Ren miró a Kael.
Kael no la miró.
Sus ojos estaban en el Emperador con esa fijeza que era su forma de no ceder sin declarar que no cede.
El Artículo Catorce.
Lo tenía preparado, entendió Ren. Llevaba días con esto preparado.
El Emperador miró a Kael durante un momento.
Luego miró a Ren.
Y en esa mirada — en ese segundo de contacto visual entre el Emperador y Ren, con trescientas personas como testigos y la ley de su propio abuelo como argumento en el aire — ocurrió algo que Ren vio con la claridad de quien ha aprendido a leer los momentos que importan.
El Emperador calculó.
Calculó la ley que no podía ignorar públicamente sin declarar que estaba por encima de su propio código legal, lo cual sería el tipo de mensaje que sus aliados nerviosos no querrían escuchar.
Calculó a Kael, que llevaba veinte años siendo su instrumento más eficiente y que en este momento le estaba diciendo, con la educación perfecta de quien conoce el protocolo mejor que nadie, que no.
Calculó a trescientas personas que estaban siendo testigos de exactamente esto.
Y luego, con esa voz suave que no necesitaba volumen:
—Por supuesto. —Una pausa que valía veinte palabras—. La ley es la ley.
Sonrió.
La sonrisa no llegó a los ojos.
—Que disfruten el resto del baile.
La música volvió.
......................
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor