Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 8.
Julieta.♥️
Me sorprendió lo rápido que se ofreció a llevarme a desayunar luego de un largo abrazo en silencio. Ni siquiera lo dudó. Y aunque una parte de mí quiso decirle que no era necesario, la otra —la que se sentía rota, sola, y secretamente emocionada por pasar tiempo con él— no puso resistencia.
Cristóbal me abrió la puerta del auto como todo un caballero. No entendía cómo podía ser así de atento sin rozar lo incómodo o forzado. Su presencia imponía… pero no asustaba. Me hacía sentir protegida. Y eso, en un día como hoy, era todo lo que necesitaba.
Pronto estuvimos acomodados, encendió en auto y arrancó.
—¿Te parece bien este lugar? —preguntó mientras minutos después estacionaba frente a una pequeña cafetería, con fachada de madera y grandes ventanales.
Asentí. Olía a café fuerte y pan recién horneado. Mi estómago rugió sin permiso y me sentí morir de vergüenza.
—Eso fue bastante elocuente —bromeó él, sonriendo de lado.
—Lo siento —dije riéndome, cubriéndome el abdomen con las manos—. No he comido nada desde ayer.
Sus cejas se fruncieron apenas.
—Eso no está bien, Julieta.
Me limité a encoger los hombros. No quería hablar más de eso. Solo quería sentarme, comer algo rico y caliente y, por unos minutos, fingir que mi vida era otra.
Nos ubicamos en una mesa junto a la ventana. El sitio era acogedor, con música suave de fondo y ese ambiente íntimo que me hizo olvidarme por completo del mundo exterior. Cristóbal pidió sin siquiera consultarme, pero curiosamente eligió justo lo que yo habría pedido: chocolate caliente espeso, pan de bono y unos huevos al gusto.
—¿Cómo sabías? —pregunté entre risas cuando la mesera se alejó.
—Tengo buena intuición —respondió, guiñándome un ojo_. Además de que te observado cuando comes en casa.
Me derretí.
Mientras comíamos, él me contaba anécdotas de Jessica de niña, cómo se asustaba con los payasos o se metía debajo de la mesa para no hacer tarea. Yo reía a carcajadas, olvidando por completo que apenas unas horas atrás estaba llorando.
—Desde que creció, la casa está un poco más silenciosa —me confesó, bajando un poco la voz—. Aunque confieso que no me molesta tanto cuando tú estás cerca.
Sentí el rubor subir por mis mejillas como fuego. Bebí de mi taza de chocolate para no tener que responder de inmediato.
Cristóbal no dijo nada más, y yo tampoco. Solo hubo un silencio… cómodo. Cómplice.
Al terminar, él insistió en pagar. Yo quise al menos dejar propina, pero su mirada me detuvo.
—Déjame hacerlo, por favor. No quiero que te preocupes por nada hoy.
Él era así. Firme, pero no controlador. Atento, pero no posesivo. Y aunque intentaba repetirme que era solo el papá de mi mejor amiga, esa voz se estaba volviendo cada vez más débil.
Durante el trayecto hacia la tienda donde trabajo, él iba en silencio, con una mano al volante y la otra descansando sobre su muslo. De reojo, lo observaba. Sus dedos largos, su muñeca con el reloj caro, su mandíbula firme. Me preguntaba si notaba lo mucho que me costaba actuar normal a su lado.
Cuando por fin llegamos, suspiré.
—Gracias por traerme… y por el desayuno. No tenías por qué hacerlo.
Él se giró hacia mí, con una expresión tan serena como intensa.
—Claro que sí, Julieta. No me gusta verte mal. Y no pienso quedarme de brazos cruzados mientras lo estás.
Sus palabras me apretaron el corazón.
Me incliné para darle un beso en la mejilla, como una despedida sencilla… pero en el movimiento, mis labios rozaron sin querer la comisura de su boca.
Fue apenas un roce. Un accidente. Pero el mundo pareció detenerse.
Me separé de inmediato, el corazón latiéndome en la garganta. Él no se movió, ni dijo nada. Solo me miró. Largo. Profundo. Como si no supiera si debía hablar o dejarme correr.
Yo fui la primera en romper el momento. Bajé del auto con un “hasta luego” tembloroso, y entré a la tienda con las mejillas ardiendo.
—¡Julieta! Llegaste temprano hoy, pero eres necesaria aquí, eso es lo importante —me recibió Cecilia, mi compañera, con una sonrisa.
—Perdón, se me complicó la mañana y por eso vine hoy más temprano —dije rápidamente, metiéndome entre los estantes y respirando hondo.
Intenté enfocarme en el trabajo, en los clientes, en acomodar los nuevos accesorios en la vitrina. Pero mi mente volvía una y otra vez al mismo lugar: a sus ojos. A ese momento en el auto. A cómo habría sido si en vez de separarme… me hubiese quedado ahí, besándolo de verdad.
En mi descanso, revisé el celular. Jessica me había escrito:
Jessica: “¿Dónde estás mujer? Te extrañé en clase.”
Yo: “Tuve un día complicado. Discutí con mi mamá y Ramón. Salí temprano y terminé… en tu casa. Pensé que estabas. Me abrió tu papá.”
Tardó un minuto en responder.
Jessica: “¿Mi papá? 👀 ¿Y qué tal?”
Yo: “Fue amable. Me llevó a desayunar.”
Jessica: “Ajá… ¿y eso es todo? 😏”
Yo: “Sí, Jessica. Solo desayunamos.”
Jessica: “Ah, me alegra saber que ya que yo no estuve, mi papá si”
Sonreí. No lo iba a negar, pero tampoco se lo iba a admitir así de fácil.
Yo: “Sí, tu papá como siempre atento y respetuoso.”
Jessica: “Te tengo una propuesta… ¿por qué no te vienes a vivir conmigo?”
Me quedé mirando el mensaje como si no lo hubiera leído bien.
Yo: “¿Qué? ¿Estás loca?”
Jessica: “Para nada. En mi casa hay espacio. Tendrías tu cuarto, podrías estudiar tranquila y te alejas de ese imbécil de Ramón.”
Yo: “¿Y tu papá? ¿Qué diría?”
Jessica: “Mi papá te adora, Julieta. No pondría problema. Además, lo que más quiere es que yo esté acompañada. Y tú eres mi hermana del alma.”
Sus palabras me tocaron más de lo que imaginó. Llevaba tanto tiempo sintiéndome sola, cargando todo, viviendo a la defensiva… que la idea de escapar, de empezar de nuevo, sonaba tentadora.
Yo: “Lo pienso. Pero no prometo nada.”
Jessica: “Más te vale pensarlo, mujer. Aquí hay amor, paz… y café del bueno 😌☕”
Reí en silencio. Miré al techo. Y por primera vez en semanas… sentí una pequeña chispa de esperanza.
Pero también miedo.
Porque si aceptaba irme… si aceptaba entrar a esa casa, convivir con Jessica… y con Cristóbal… ¿podría resistirme a él?
¿O terminaría cometiendo el pecado que tanto he intentado evitar?
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.