Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Una mentira piadosa
Después del tenso desayuno y de la salida de Carlos hacia su oficina corporativa, la mansión volvió a quedar en un silencio sepulcral. Subí al segundo piso con Jonathan en brazos para jugar un rato en la alfombra de su habitación, pero a medida que pasaban las horas de la mañana, me di cuenta de que el ambiente se ponía cada vez más complicado.
Alrededor de las once, Jonathan empezó a ponerse muy irritable. No tenía hambre, su pañal estaba completamente limpio y tampoco parecía tener dolor de estomago como el día anterior. Sin embargo, no dejaba de lloriquear, frotarse los ojitos con frustración y rechazar todos sus juguetes favoritos.
—¿Qué pasa, chiquitín? —le pregunté con voz suave, meciéndolo despacio entre mis brazos—. ¿Qué es lo que te tiene tan inquieto?
Me quité los auriculares un momento y bajé la guardia de mi mente para sintonizar el canal del bebé. De inmediato, la frecuencia de Jonathan me transmitió una ola de tristeza y melancolía que me encogió el corazón.
En la cabecita del niño no había dolor físico, sino una imagen muy clara de la figura alta de Carlos caminando hacia la puerta de salida.
*«¿Dónde está el humano grande? Papá se fue muy rápido hoy»*, proyectaba la mente de Jonathan, mientras en su cabeza aparecía la imagen del saco gris de su padre alejándose. *«Quiero el abrazo fuerte de papá. Su voz suena como un tambor caliente cuando habla. Todo aquí huele a limpio pero no huele a él. Siento que se fue para siempre. ¡Tengo miedo!»*.
Jonathan soltó un llanto desgarrador, apretando sus puñitos contra mi camiseta.
El problema era transparente: el bebé extrañaba desesperadamente el contacto y la presencia de su padre. Aunque Carlos pensara que su hijo no se daba cuenta de su ausencia, los bebés reconocen el aroma y el calor de sus padres por puro instinto de supervivencia. Sentir que Carlos no estaba cerca hacía que Jonathan se sintiera desprotegido.
Apreté los labios, pensando a toda velocidad en una solución. No podía llamar a Carlos a su oficina para pedirle que regresara corriendo a la casa solo para abrazar a su hijo. Si lo hacía, se burlaría de mí o se enojaría por interrumpir sus reuniones millonarias. Y por supuesto, tampoco podía decirle la verdad: *«Hola, Carlos, le leí la mente a tu bebé y resulta que te extraña»*.
Tenía que inventar una pequeña mentira piadosa. Algo que sonara a lógica pura o a un truco clásico de niñera.
Caminé hacia el enorme vestidor adjunto a la recámara principal de Carlos. Como no quería revisar sus cosas personales sin permiso, le pedí ayuda a Ernesto, quien andaba cerca doblando unas toallas.
—Ernesto, disculpe la molestia —le dije en voz baja para no asustar más al bebé—. ¿Sabe si el señor Monterrey dejó alguna prenda de vestir usada en el cesto de la ropa sucia? Algo sencillo, como una camiseta de algodón que se haya quitado esta mañana.
Ernesto arrugó las cejas con curiosidad, pero no hizo preguntas inquisitivas.
—Por supuesto, señorita Ariana. En el cesto del baño principal debe haber alguna camiseta del gimnasio de esta mañana. ¿Para qué la necesita, si se puede saber?
—Es un pequeño experimento de psicología infantil —mentí con una sonrisa convincente—. Los bebés tienen un sentido del olfato muy desarrollado. A veces, cuando sienten la ausencia de sus padres, tener cerca una prenda con su aroma natural los hace sentir seguros, como si el padre estuviera ahí mismo.
—Vaya, qué fascinante —dijo Ernesto, asintiendo con admiración—. Voy por ella de inmediato.
Dos minutos después, Ernesto me entregó una camiseta negra de algodón que Carlos había usado muy temprano. La prenda no olía mal en absoluto; olía al perfume amaderado de Carlos mezclado con el aroma de su piel.
Tomé a Jonathan, lo acosté suavemente en su cuna y acomodé la camiseta de su padre justo a su lado, envolviendo ligeramente su pequeño cuerpecito con la tela.
Al principio, Jonathan siguió lloriqueando un poco, pero en cuanto su pequeña nariz se pegó a la tela de la camiseta, su llanto se detuvo de golpe. El bebé dio una respiración profunda, inhalando el aroma familiar, y sus ojitos bien abiertos se relajaron.
Me conecté a su mente por un segundo y me quedé maravillada con la respuesta instantánea del niño. La imagen oscura de la soledad desapareció por completo de su cabeza.
*«¡Huele a papá!»*, pensó Jonathan con una alegría pura que se sintió como un rayo de sol en mi mente. El bebé abrazó la camiseta con sus dos manitas y pegó su mejilla a la tela suave. *«Papá está aquí aunque no lo vea. Su olor me cuida. Humana mágica, gracias por traer el olor de papá»*.
Jonathan soltó un tierno suspiro de alivio, se acomodó de lado en la cuna abrazando la camiseta negra como si fuera su tesoro más grande y, en menos de cinco minutos, se quedó profundamente dormido con una sonrisa pacífica en su carita.
Sonreí con satisfacción. Había funcionado a la perfección.
Para cerrar la jugada y asegurarme de que el amargado CEO entendiera lo que estaba pasando, saqué mi teléfono del bolsillo y le escribí un mensaje de texto a Carlos.
> **Para: Carlos Monterrey**
> *Señor Monterrey, Jonathan estaba un poco inquieto extrañando su presencia. Usé una de sus camisetas usadas en la cuna para que sintiera su aroma. Es un truco muy simple de estimulación sensorial que les da seguridad a los bebés. Ahora está durmiendo plácidamente. Solo se lo comento para que sepa que todo está bajo control.*
>
Dejé el teléfono sobre la mesa de noche. A los tres minutos, el teléfono vibró con su respuesta.
> **De: Carlos Monterrey**
> *Qué ridiculez. Los bebés de seis meses no entienden de "aromas" ni de "estimulación sensorial". Seguro solo tenía sueño y coincidió. No inventes teorías psicológicas absurdamente complicadas, Montiel. Limítate a hacer tu trabajo.*
>
Puse los ojos en blanco al leer su mensaje.
—Qué hombre tan terco e insoportable —murmuré para mí misma, guardando el teléfono—. Ya veremos si piensa lo mismo cuando regrese a casa.
A las seis de la tarde, las enormes puertas de la mansión se abrieron. Carlos llegó de la oficina visiblemente agotado tras un largo día de negociaciones y juntas corporativas. Dejó su maletín sobre la mesa del recibidor y, sin siquiera quitarse el saco, subió directamente al segundo piso.
Iba preparado para escuchar los gritos de su hijo o para encontrar a una niñera estresada. Sin embargo, al acercarse a la recámara del bebé, solo escuchó el silencio sepulcral de la casa.
Carlos abrió la puerta despacio, haciendo el menor ruido posible.
Yo estaba sentada en la sillón de la esquina leyendo un libro en mi tableta. Al verlo entrar, le dediqué una mirada tranquila sin decir una sola palabra.
Carlos caminó hacia la cuna y se asomó al interior. Ahí estaba Jonathan. El bebé dormía plácidamente de lado, con la cara medio escondida en la camiseta negra de su padre, abrazando la tela con tanta fuerza que sus pequeños nudillos estaban marcados sobre el algodón.
Carlos se quedó completamente inmóvil, observando la escena durante un largo minuto.
En su rostro, la expresión de superioridad se fue desvaneciendo poco a poco. Sus ojos se fijaron en la forma en que su hijo buscaba el refugio de su ropa para poder descansar en paz. Por primera vez en todo el día, no escuché arrogancia en la estática que salía de su mente; escuché un choque de emociones sinceras.
*«De verdad funciona...»*, pensó Carlos en silencio, sin poder creérselo del todo. *«Mi hijo me buscaba a mí. Estaba llorando porque quería sentirme cerca... Y esta chica supo exactamente qué hacer sin necesidad de medicamentos ni gritos»*.
Carlos dio un paso atrás, alejándose de la cuna, y me miró. Por primera vez desde que nos conocimos, su mirada no era fría, ni burlona, ni desconfiada. Había algo diferente en sus ojos oscuros: una mezcla de asombro y un respeto genuino que intentaba disimular sin éxito.
—¿Sigue durmiendo así desde la mañana? —preguntó en un susurro bajo y rasposo.
—Se despertó a comer a las dos de la tarde, jugó un rato y volvió a pedir su camiseta para la siesta —respondí con serenidad, cerrando mi lectura digital—. Le dije que el truco del aroma no falla. Los bebés no necesitan teorías complicadas, señor Monterrey; solo necesitan sentir que las personas que aman están cerca de ellos.
Carlos se quedó en silencio por unos segundos, pasándose una mano por la nuca. Trató de poner su postura seria de siempre, pero el gesto le salió torpe.
—Bien... Admito que fue un buen recurso —dijo en voz baja, mirando hacia el piso por un segundo antes de volver a cruzarse de ojos conmigo—. Buen trabajo hoy, Montiel.
Que el gran y orgulloso Carlos Monterrey dijera "buen trabajo" era prácticamente un milagro histórico.
—Gracias, señor Monterrey —contesté con una leve sonrisa—. Jonathan se alegrará de verlo despierto cuando se levante.
Carlos no dijo nada más, pero antes de salir de la habitación, volvió a mirar a su hijo abrazado a su camiseta y dejó escapar un suspiro suave. El segundo día de prueba estaba llegando a su fin, y aunque él no lo admitiera en voz alta, las murallas entre nosotros empezaban a agrietarse poco a poco.