Ya llegue con una nueva historia, bueno lean la y comenten
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Capítulo 2
Una prometida imposible
El tratado apenas llevaba una hora firmado.
Y el palacio ya era un caos.
—¡¿Dónde está el príncipe demonio?!
La voz del gran mayordomo resonó por todo el corredor.
Cinco sirvientes corrían de un lado a otro.
Dos caballeros registraban los jardines.
Incluso los guardias imperiales comenzaban a ponerse nerviosos.
Habían perdido al heredero del Imperio Demoníaco.
Mientras tanto...
Astaroth Noctis caminaba tranquilamente por los tejados del palacio con una manzana en la mano.
—Bonitas vistas... demasiado ordenadas para mi gusto.
De un salto cayó sobre el balcón de una enorme habitación.
Miró el letrero dorado.
"Aposentos de la princesa heredera."
Sonrió con picardía.
—Qué conveniente.
Sin hacer el menor ruido abrió la puerta.
La habitación era exactamente como esperaba.
Todo perfectamente acomodado.
Libros ordenados por tamaño.
Espadas impecablemente alineadas.
Flores frescas.
Ni una mota de polvo.
—Qué miedo...
Tomó uno de los libros.
—Historia del Imperio Solar...
Lo devolvió a su lugar.
—Aburrido.
Después encontró una pequeña caja llena de cartas selladas.
—¿Cartas de amor?
La abrió con curiosidad.
Su sonrisa desapareció.
—Ah...
Eran informes militares.
—Eso explica muchas cosas.
De repente...
—¿Qué haces en mi habitación?
La voz era tan fría que incluso el aire pareció congelarse.
Astaroth giró lentamente.
Selene acababa de entrar.
Vestía ropa de entrenamiento, llevaba una espada en la cintura y el cabello recogido en una coleta alta.
Había regresado antes de lo previsto.
Y acababa de encontrar a su prometido registrando su habitación.
—Hola.
—Sal de aquí.
—Qué recibimiento tan cálido.
Ella cruzó los brazos.
—¿Quién te dio permiso para entrar?
—Nadie.
—Entonces...
—Entré por curiosidad.
Selene respiró profundamente.
—¿Siempre eres tan imprudente?
—Solo cuando estoy despierto.
Ella lo miró durante varios segundos.
No entendía cómo alguien podía sonreír tanto.
—¿Terminaste?
—Todavía no.
Tomó una pequeña figura de cristal que descansaba sobre una mesa.
—Es bonita.
—Déjala.
—¿Es un regalo?
—Déjala.
—¿Tiene valor sentimental?
—Astaroth...
—Sí.
—Si no la dejas...
Él sonrió.
—¿Qué harás?
En menos de un segundo...
La espada de Selene salió de su funda.
La punta quedó apoyada sobre el cuello del príncipe demonio.
Los guardias que habían llegado al escuchar las voces quedaron completamente inmóviles.
Nadie respiraba.
Astaroth bajó la vista hacia la espada.
Luego volvió a verla a ella.
Y sonrió.
—Sabía que debajo de esa cara seria había alguien interesante.
Selene sintió deseos de atravesarlo.
—La figura.
Ahora.
Él obedeció.
La dejó exactamente donde estaba.
—Mucho mejor.
Ella guardó lentamente la espada.
—Fuera.
—¿Siempre echas así a tus invitados?
—No eres un invitado.
—Tienes razón.
Se acercó apenas unos centímetros.
Lo suficiente para que Selene pudiera sentir el calor que desprendía.
—Soy tu prometido.
Ella dio un paso atrás casi por instinto.
Él lo notó.
Y sonrió aún más.
—No vuelvas a invadir mi espacio.
—¿Te pone nerviosa?
—Me desesperas.
—Es un avance.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo puede ser un avance?
—La desesperación es una emoción.
Al menos ya consigo que sientas algo.
Selene abrió la boca...
Y volvió a cerrarla.
¿Por qué discutía con él?
Era imposible ganar.
Más tarde...
En el comedor imperial.
Ambas familias cenaban juntas.
El ambiente era tenso.
Hasta que Astaroth decidió romper el silencio.
—Selene.
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
—¿Siempre comes tan poco?
—Sí.
—Con razón estás tan seria.
Un ministro escupió el vino.
Selene dejó los cubiertos sobre la mesa.
—¿Insinúas algo?
—Claro.
Necesitas probar los postres del Reino Demoníaco.
Cambian la vida.
—No.
—Ni siquiera sabes cuáles son.
—No.
—¿Siempre respondes igual?
—Sí.
—¿Podrías decir una frase de más de una palabra?
—No.
Astaroth comenzó a reír a carcajadas.
Incluso algunos generales demonios tuvieron que ocultar la risa.
El emperador Solar masajeó sus sienes.
Aquello iba a darle años de vida... pero al revés.
Esa misma noche...
La lluvia caía sobre el palacio.
En una torre abandonada, una figura encapuchada se arrodilló frente a otra.
—¿El tratado está firmado?
—Sí.
—¿Y los herederos?
—Se odian.
Una risa grave resonó entre las sombras.
—Perfecto...
Una alianza construida sobre el odio siempre es más fácil de romper.
El encapuchado levantó la mirada.
—¿Cuándo actuaremos?
El hombre sentado en el trono de piedra acarició una espada negra cuya hoja parecía absorber la luz.
—Todavía no.
Primero...
Que aprendan a confiar el uno en el otro.
Porque cuando eso ocurra...
Será mucho más doloroso arrebatárselos.
Sus ojos brillaron con un intenso color carmesí.
—Que comiencen los asesinatos.
Y, muy lejos de allí, sin sospechar que la muerte ya había puesto sus ojos sobre ellos, Selene observaba la lluvia desde la ventana de su habitación.
No sabía que el hombre que más lograba sacarla de quicio...
También sería el único capaz de salvarle la vida.
muchas gracias, bendiciones...