sinopsis de La CEO de Cristal:
La traición: Salma, una CEO exitosa y poderosa, ve su mundo perfecto colapsar cuando descubre un enredo amoroso entre su prometido, Mauricio, y su mejor amiga, Rebeca.
La transformación: Tras este duro golpe, Salma se convierte en una mujer fría, calculadora y distante, levantando una armadura de hielo para protegerse y enfocándose por completo en su imperio corporativo.
El nuevo camino: En su proceso de reinventarse, Salma se cruza con Malik, un hombre reservado y de noble corazón que desafiará su frialdad, mientras enfrenta las intrigas de la prepotente madre de este, Soraya.
El gran secreto: Más allá de las traiciones y el nuevo romance, el verdadero vuelco de la historia ocurrirá cuando salga a la luz el mayor misterio de su vida: Salma no sabe que es adoptada, un secreto que sus tíos Clara y Fernando han guardado por amor.
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Capítulo 2: La fragilidad del éxito
La oficina de la presidencia de *Corporativos Varela* era un santuario de cristal y acero que dominaba la ciudad. Salma se encontraba de pie frente al ventanal, observando el tráfico denso de la mañana con una taza de café que ya no humeaba. El edificio, adquirido bajo su gestión estratégica, era el símbolo de años de sacrificios, desvelos y una dedicación que a veces rozaba lo obsesivo. Para ella, cada contrato firmado, cada junta ganada y cada empleado contratado era una pieza de un rompecabezas que le daba orden a su existencia.
Rebeca entró al despacho sin tocar, como solía hacerlo. Sus tacones resonaban con fuerza sobre el mármol del suelo, un sonido que a Salma siempre le había parecido sinónimo de una energía contagiosa. Aquel día, Rebeca lucía un traje rojo vibrante, casi como si estuviera celebrando algo que Salma aún no conocía.
—¡Es hoy! —exclamó Rebeca, dejando caer una carpeta sobre el escritorio de cristal con una elegancia estudiada—. La reunión con el grupo de inversionistas extranjeros. Si logramos cerrar este trato, seremos intocables en el mercado. Todo el sector va a estar hablando de nuestra alianza antes del mediodía.
Salma se giró, esbozando una sonrisa contenida. A pesar de la euforia de su amiga, ella siempre prefería mantener los pies en la tierra.
—Es un paso importante, Rebeca, pero no adelantemos vísperas. La negociación con el padre de Mauricio todavía es el escollo que debemos superar. Ya sabes cómo es él; no le gusta que una mujer tome las riendas de decisiones tan críticas.
Rebeca soltó una carcajada cristalina, una que antes Salma encontraba reconfortante.
—Ay, Salma, siempre tan cautelosa. Mauricio me comentó anoche que su padre está mucho más abierto. Además, ahora que tú y él están saliendo formalmente, Rodolfo te ve con otros ojos. Eso, quieras o no, nos da una ventaja competitiva.
Salma asintió, tratando de ignorar una pequeña punzada de inquietud que le oprimía el pecho. La relación con Mauricio era lo que ella consideraba el "complemento perfecto" a su vida. Él era atento, la escuchaba hablar de negocios durante horas sin quejarse y siempre tenía un gesto amable. Sin embargo, había algo en la dinámica con la familia de él que a veces se sentía como caminar sobre un terreno inestable. Alicia, la madre de Mauricio, era una mujer dulce pero a menudo silenciosa, cuya mirada a veces parecía esconder un miedo profundo que Salma no lograba comprender.
A mitad de la mañana, su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Mauricio: *"¿Almorzamos? Necesito verte, mi día ha sido una locura y eres mi única paz"*. Salma sonrió, sintiendo cómo la tensión de los reportes financieros se disipaba. Respondió con un lugar y una hora, sintiéndose afortunada de tener ese espacio reservado solo para ellos.
El restaurante era un lugar discreto, uno de sus favoritos donde la luz del sol se filtraba por enredaderas de jazmín. Cuando Salma llegó, Mauricio ya estaba sentado en la mesa del fondo, esperándola con una mirada que, como siempre, parecía cargada de una devoción absoluta. Al verla, se puso de pie rápidamente y le dio un beso tierno en la mano antes de acomodarle la silla.
—Te ves cansada, mi vida —dijo Mauricio con un tono de voz suave, casi susurrante, que Salma adoraba.
—Ha sido una mañana de locos, Mauricio. Tu padre tiene al equipo de finanzas contra la pared —respondió ella, aceptando la copa de vino que él ya había pedido.
—No le hagas caso, ya sabes cómo es. Él cree que el mundo se maneja a gritos, pero yo sé perfectamente quién eres tú. Eres la mujer más brillante que he conocido. A veces me pregunto qué hice para merecer estar a tu lado —confesó Mauricio, sosteniendole la mirada con una intensidad que, por un segundo, hizo que Salma se olvidara de las acciones, de los contratos y de la presión corporativa.
Almorzaron entre risas y confidencias. Mauricio le hablaba de sus propios retos en la empresa de su padre, de cómo intentaba modernizar los procesos, aunque Rodolfo se opusiera constantemente. Salma lo escuchaba fascinada, valorando la sensibilidad que él mostraba ante las injusticias de su padre. Para ella, ese momento era el ancla que le recordaba que, más allá del imperio que dirigía, había una mujer que merecía ser amada y protegida. Aún no habían dado el paso hacia un compromiso definitivo, pero Salma sentía que su relación florecía con la promesa de algo serio y duradero.
—Algún día, las cosas serán distintas —le prometió Mauricio, tomando su mano sobre la mesa de manteles blancos—. Vamos a encontrar nuestro propio camino, lejos de la sombra de mi padre. Solo tú y yo.
Salma asintió, sintiendo que su corazón se expandía. Era precisamente lo que necesitaba escuchar. Sin embargo, mientras lo miraba, una sombra pasó por el rostro de Mauricio, una duda fugaz en sus ojos que ella atribuyó erróneamente al estrés familiar.
Cuando regresaron a la oficina, Salma se sentía renovada. Rebeca la esperaba en la entrada, observándola con una mirada indescifrable mientras se despedía de Mauricio con un último beso.
—Se ven tan bien juntos —comentó Rebeca cuando Mauricio se alejó—. Él parece tan entregado a ti.
—Lo es, Rebeca. Es el único que me hace sentir que no tengo que ser una CEO las 24 horas del día —respondió Salma, entrando a su oficina con un paso más ligero.
Pero la jornada dio un giro inesperado. A las tres, el equipo de dirección se reunió en la sala de juntas principal. Rodolfo, el padre de Mauricio, llegó con una actitud que hizo que el ambiente se volviera gélido en segundos. Mauricio, sentado al lado de su padre, evitó hacer contacto visual con Salma durante toda la reunión.
Las horas fueron brutales. Salma tuvo que batallar contra los prejuicios constantes de Rodolfo, quien intentaba boicotear cada una de sus propuestas. Mauricio, en lugar de apoyarla, se mantuvo en un segundo plano, evitando cualquier conflicto con su padre, lo que generó un vacío creciente en el pecho de Salma. El contraste entre el Mauricio dulce y protector del almuerzo, y este Mauricio sumiso ante la arrogancia de su padre, le resultó inquietante.
Al finalizar la reunión, Salma se quedó sola en la sala. Rebeca entró poco después, con una expresión triunfante.
—Lo hiciste increíble, Salma. Pusiste a ese viejo en su sitio. Mauricio estaba muy impresionado, aunque no lo demostrara frente a su padre.
—Gracias, Rebeca. Pero siento que esta familia siempre tiene una agenda oculta —confesó Salma, sintiendo el cansancio acumulado—. A veces siento que mi relación con Mauricio es una partida de ajedrez donde no conozco las reglas.
Rebeca se acercó y le puso una mano en el hombro, un gesto que le pareció a Salma un poco más pesado de lo habitual.
Mauricio.
Rodolfo (padre de Mauricio)
Alicia (madre de Mauricio)