Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 21: El Epílogo del Sol y las Rosas
El transcurrir de doce meses había transformado la fisonomía de la provincia con la parsimonia inevitable de las estaciones, pero en ningún rincón de la región el paso del tiempo había sido tan milagroso, rotundo y vivificante como en los terrenos de la Mansión Blackwood. El invierno anterior, con sus heladas tardías y sus vientos del norte que solían golpear los muros de piedra gris con un eco fúnebre, había sido derrotado por completo. Ahora, en pleno apogeo de un nuevo verano, la propiedad ya no recordaba en absoluto a la fortaleza maldita que durante tres años se había alimentado del luto, el alcohol rancio y el silencio de la culpa.
El sol de julio brillaba en lo alto de un cielo azul purísimo, un firmamento despejado y translúcido que parecía celebrar la consagración de la vida. Los rayos dorados caían con una calidez biológica sobre la fachada de la mansión, arrancándole destellos albos al mármol de la escalinata y haciendo relucir los ventanales arqueados que permanecían abiertos de par en par, permitiendo que el aire fresco de la mañana circulara libremente por las estancias nobles.
El cambio más radical y espectacular se manifestaba en los jardines. El laberinto de maleza indomable, los rosales secos y los senderos devorados por el olvido habían desaparecido por completo gracias al esfuerzo infatigable que Caitlyn había liderado con el apoyo del nuevo personal. Los caminos de grava lucían un tono blanco impecable, perfectamente delineados y limpios de cualquier rastro de desidia. A los lados, los canteros desbordaban una profusión colosal de flores de todas las especies imaginables: azucenas majestuosas, lavandas que teñían el aire de un aroma limpio y, sobre todo, los miles de capullos de rosas antiguas en tonos rosa pálido, carnal y vibrante, que se abrían al unísono, inundando la atmósfera de la propiedad con una fragancia dulce, densa y almizclada. Las fuentes de bronce, restauradas en su totalidad, hacían brotar chorros de agua cristalina que captaban la luz del sol, creando pequeños arcoíris flotantes sobre el césped verde y tupido.
En medio de este edén recostado contra el linde del bosque, la vida familiar de los Blackwood florecía en su máxima pureza.
Caitlyn se encontraba arrodillada sobre una manta de hilo blanco extendida directamente en el centro del gran círculo de césped. Un año de matrimonio, de soberanía compartida y de un amor correspondido sin reservas físicas ni sociales la habían transformado en una mujer radiante, rebosante de una felicidad que emanaba de cada poro de su piel caliente. Vestía esa mañana un traje de lino ligero en un tono lavanda suave, una prenda de diario que abrazaba con un orgullo majestuoso las formas generosas y carnales de su silueta curvy.
Al no verse sometida a los corsés opresivos de la capital, su anatomía voluptuosa se manifestaba en toda su esplendorosa y natural madurez. Su busto pleno y firme subía y bajaba con una respiración pausada y feliz; su cintura flexible y bien definida daba paso a unas caderas anchas, seguras y rotundas que se asentaban sobre el césped con la estabilidad de una diosa de la tierra. Su cabello oscuro, abundante y lleno de rizos rebeldes, caía suelto sobre sus hombros redondeados, brillando bajo el sol con destellos azabache. En su rostro lleno de vida, sus ojos oscuros y grandes desbordaban una ternura infinita, y sus labios carnosos permanecían entreabiertos en una sonrisa constante que dibujaba profundos hoyuelos en sus mejillas tostadas y salpicadas de pecas diminutas.
A unos pocos metros de ella, sobre la hierba verde salpicada de rocío matinal, la pequeña lady Diana protagonizaba el milagro más esperado de la casa.
La niña, que ya celebraba sus primeros pasos en el mundo, vestía un ropón de encaje blanco que contrastaba con la vitalidad de sus mejillas rosadas. Sus ojos claros, del mismo azul grisáceo que los de su padre, brillaban con la fijeza nítida de la determinación. Diana se había soltado de la mano de su bisabuela Margaret, quien la observaba desde la terraza con lágrimas de alegría en los ojos, y se mantenía erguida por sí sola sobre sus pequeñas piernas firmes.
—Ven, mi amor... ven con mamá —susurró Caitlyn con su voz redonda, melódica y rebosante de un afecto puro que pareció calmar el balanceo de las hojas del viejo roble. Extendió sus manos largas y fuertes hacia la criatura, ofreciéndole el refugio seguro de sus brazos abiertos.
Diana soltó una risa cristalina, un sonido nítido y musical que rompió la quietud dorada del jardín, y comenzó a avanzar. Dando sus primeros pasos reales, balanceándose hacia los lados con una osadía encantadora pero manteniendo el equilibrio gracias al instinto de su propia sangre, la bebé caminó en dirección a Caitlyn. Cada pequeño impacto de sus pies sobre el césped era una campana de victoria contra el pasado fúnebre de la dinastía. Al llegar a la meta, Diana se dejó caer con confianza sobre el busto pleno de Caitlyn, quien la recibió con un ahogo de emoción, estrechándola contra su cuerpo generoso y llenándole las mejillas de besos húmedos.
Desde la penumbra del porche lateral, una figura colosal observaba la escena antes de avanzar hacia el césped.
Alexander Blackwood caminaba con un paso lento, rítmico y dotado de una majestad absoluta que denotaba la madurez del príncipe que ha tomado el control total de sus dominios y de sus propios demonios. Ya no quedaba el menor vestigio de la Bestia descuidada y atormentada por la culpa; el hombre que cruzaba el jardín bajo el sol de julio era un aristócrata de una masculinidad imponente y un vigor renovado. Vestía únicamente una camisa de seda blanca de sutil factura, con los cordones del cuello sueltos y las mangas toscamente enrolladas hasta los antebrazos, revelando la musculatura fuerte, ancha y velluda de sus brazos curtidos. Sus pantalones oscuros se ceñían con precisión a sus piernas largas, y sus botas pesadas de cuero negro brillaban bajo la luz del verano.
La barba castaña, perfectamente recortada y cuidada, enmarcaba con una dureza noble la línea perfecta de su mandíbula, y su cabello rebelde estaba peinado hacia atrás con los dedos. Pero el cambio más rotundo habitaba en sus ojos azul grisáceo. Limpios de los fantasmas del luto, sus ojos claros poseían una fijeza nítida y magnética, un fuego azul que destellaba con una devoción indomable y una posesividad profundamente protectora hacia las dos criaturas que poblaban la manta de hilo.
Alexander redujo la distancia con pasos largos y firmes, su envergadura física recortándose contra el palacio de cristal del viejo invernadero que al fondo lucía ya con vidrios nuevos y rosas cuidadas. El aroma a tabaco rubio, leña y a la fuerza limpia de su piel invadió el espacio, mezclándose al instante con el perfume frutal a manzanas y vainilla silvestre que emanaba de la piel de su hermosa esposa.
Sin hacer ruido sobre la hierba, Alexander se situó detrás de ellas. Con un movimiento de una delicadeza infinita, impropia de su tamaño monumental, se inclinó y rodeó a ambas mujeres por la espalda con sus brazos fuertes y colosales. Sus manos grandes y de dedos largos abarcaron por completo la cintura definida y las caderas anchas de Caitlyn, atrayendo el cuerpo voluptuoso, blando y cálido de su esposa directamente contra su pecho firme y musculoso, mientras su brazo izquierdo cobijaba también la pequeña silueta de Diana que permanecía sentada en el regazo materno.
El impacto físico de su cercanía hizo que Caitlyn soltara un suspiro trémulo de absoluta satisfacción. Apoyó la espalda en el torso ancho de su esposo, inclinando la cabeza hacia atrás para permitir que la abundancia de sus rizos oscuros se esparciera sobre el hombro cubierto por la seda blanca de Alexander.
Alexander descendió el rostro despacio, permitiendo que el calor de su aliento golpeara la piel tostada de Caitlyn. Con una parsimonia reverente y sumamente sensorial, pegó sus labios carnosos directamente en el lateral del cuello de su hermosa esposa, depositando un beso tierno, prolongado y ardiente sobre la piel pecosa que tantas veces lo había salvado de la oscuridad. La aspereza sutil de su barba castaña rozó la garganta de ella, provocándole un estremecimiento delicioso que hizo subir la marea de su busto pleno bajo el lino lavanda.
—Un año, mi torbellino... —susurró Alexander contra su piel, y su voz de barítono profundo sonó rica, redonda y cargada de una emoción tan densa que hizo vibrar el aire del jardín—. Un año entero desde que la lluvia nos lavó el pasado, y cada mañana sigo despertando con el miedo de que seas un sueño nacido de mi desesperación. Pero al sentir el calor de tus curvas en mis manos y ver a nuestra hija caminar hacia ti bajo este sol, comprendo que el cielo tuvo piedad de la Bestia y me entregó el milagro completo.
Caitlyn giró sutilmente el rostro, lo justo para que sus ojos oscuros se clavaron en la fijeza clara de los de él a una distancia milimétrica. Levantó una de sus manos largas, entrelazando sus dedos cortos con los dedos largos de Alexander que permanecían firmes en su cintura rotunda.
—No es un sueño, Alexander —replicó ella en un susurro nítido que llevaba toda la fuerza de su alma indomable—. Eres el hombre que volvió a la vida para reclamar su hogar, el protector de esta fortaleza y el dueño absoluto de cada centímetro de mi cuerpo y de mi alma. Blackwood ya no es el castillo de los secretos; es el reino donde nuestro amor echó raíces para siempre.
La pequeña Diana, sintiéndose segura en medio del abrazo posesivo y colosal de sus padres, levantó sus manos diminutas y tocó la barba castaña de Alexander, soltando otra risa que sonó como la música definitiva de la redención. Alexander cerró los ojos, apretando el agarre de sus brazos grandes, hundiendo el rostro en los rizos oscuros de Caitlyn, exhalando su perfume dulce mientras el sol del mediodía los envolvía en una corona de oro y esmeralda.
Los jardines de la Mansión Blackwood permanecían abiertos al mundo, llenos de flores y de la fragancia de las rosas que celebraban la abundancia de la vida, pero en el centro del césped, la Bestia madura y el torbellino de formas generosas demostraron, en un cierre perfecto y sumamente emotivo, que el invierno había sido desterrado para siempre del linaje que ahora caminaba con la fuerza de la verdad hacia la eternidad.