Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 14: El regreso de la serpiente
La bendición de don Justo fue como un bálsamo para el alma de Lucía y Sebastián. Después de tanto sufrimiento, de tantas huídas y persecuciones, por fin sentían que el destino les sonreía. La vida en el campo recuperó su ritmo pausado, y los días transcurrieron entre el trabajo en el huerto, las tardes de descanso bajo el viejo árbol de mango y las noches de promesas susurradas al calor de la lumbre.
Sebastián había cambiado. Ya no era el citadino elegante que llegó con su traje y su coche negro. Ahora era un hombre de campo, con las manos callosas, la piel quemada por el sol y una mirada que reflejaba la paz que había encontrado. Don Justo, aunque nunca lo admitiría en voz alta, se sentía orgulloso de él.
—Has aprendido bien —le dijo una tarde, mientras reparaban juntos la cerca del corral—. Ya casi pareces uno de los nuestros.
—Eso espero, señor Justo —respondió Sebastián, con una sonrisa—. Porque pienso quedarme aquí el resto de mi vida.
Don Justo asintió, y por primera vez, su rostro severo se suavizó en una sonrisa.
Pero la calma, como siempre, era solo una ilusión.
Una mañana, mientras Lucía barría el patio, vio una nube de polvo en el camino. Su corazón se aceleró. No era el coche de Victoria, pero tampoco era una camioneta del pueblo. Era un coche pequeño, de color rojo, que se detuvo frente a la puerta de su casa.
Del coche bajó una mujer. No era Victoria, ni Elena, ni ninguna de las personas que Lucía esperaba. Era una joven de cabello rubio, vestida con ropa elegante pero sencilla, que llevaba una sonrisa amable en el rostro.
—¿Lucía? —preguntó la joven, acercándose—. Soy Rosseta. ¿Puedo hablar contigo?
Lucía sintió que el mundo se detenía. Rosseta. La mujer que, según Victoria, estaba destinada a casarse con Sebastián. La mujer que supuestamente era su rival.
—¿Qué quieres? —preguntó Lucía, con voz fría, preparándose para la pelea.
Pero Rosseta levantó las manos en señal de paz.
—No he venido a hacerte daño —dijo—. He venido a pedirte disculpas. Y a advertirte.
Lucía la miró con desconfianza.
—¿Advertirme? ¿De qué?
Rosseta dio un paso al frente y bajó la voz.
—Victoria Montenegro me utilizó. Me hizo creer que Sebastián estaba interesado en mí, que su relación contigo era solo un capricho. Pero cuando lo conocí, me di cuenta de que era mentira. Él te ama a ti, Lucía. Y yo no quiero estar en medio de eso.
Lucía sintió que las lágrimas amenazaban con salir. No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio.
—¿Entonces no estás enamorada de él?
—No —respondió Rosseta, con sinceridad—. Nunca lo estuve. Pero Victoria es peligrosa. No se va a rendir. Y ha hecho una alianza con alguien de aquí. Una mujer de cabello rojizo. Elena, creo que se llama.
Lucía sintió que la sangre se le helaba.
—Elena está trabajando con la madre de Sebastián.
—Sí —confirmó Rosseta—. Planean algo. No sé qué, pero es algo grande. Algo que podría separarlos para siempre. Por eso vine. Para advertirte.
Lucía la abrazó, sintiendo una gratitud inmensa.
—Gracias, Rosseta. No sabes lo que esto significa para mí.
—Solo cuídate —respondió ella—. Y cuida de él. Porque el amor que tienen es algo que pocos encuentran.
Esa noche, Lucía le contó todo a Sebastián. Él escuchó en silencio, apretando los puños mientras la rabia crecía en su interior.
—Mi madre y Elena —dijo, con voz de acero—. No descansarán hasta vernos destruidos.
—Pero ahora sabemos que están tramando algo —respondió Lucía—. Podemos prepararnos.
—Sí —dijo Sebastián—. Pero también podemos adelantarnos.
Decidieron ir a hablar con Elena. No para enfrentarla, sino para intentar razonar con ella. Lucía aún guardaba un leve resquicio de esperanza de que su antigua amiga pudiera recapacitar.
Al día siguiente, fueron a casa de Pedro, el padre de Elena. La encontraron en el patio, tomando el sol con una expresión de satisfacción en el rostro.
—Elena —dijo Lucía, acercándose—. Necesito hablar contigo.
Elena levantó la vista y sonrió con desprecio.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué quieres hablar, Lucía? ¿De cómo te has quedado con el hombre que yo quería?
—No es tuyo, Elena —respondió Lucía, con voz firme—. Nunca lo fue. Y sé que estás trabajando con Victoria Montenegro para separarnos.
Elena se puso de pie, con los ojos brillantes de odio.
—¿Y qué si lo estoy? ¿Qué vas a hacer? ¿Contárselo a tu padre? ¿A tu querido Sebastián? Ya lo saben, y no pueden hacer nada. Porque yo tengo el poder ahora. Victoria me ha dado dinero, me ha dado promesas. Y cuando ustedes estén separados, yo seré la que esté a su lado.
Lucía sintió que el dolor se mezclaba con la ira.
—¿Por qué, Elena? ¿Por qué me odias tanto? Éramos amigas.
—¿Amigas? —Elena rió, una risa amarga—. Tú siempre tuviste todo, Lucía. La belleza, el amor de tu padre, la felicidad. Y yo siempre fui la sombra, la que sobraba. Ahora es mi turno. Ahora voy a tener todo lo que tú tienes.
Sebastián dio un paso al frente.
—Nunca estaré contigo, Elena. Prefiero morir antes que estar a tu lado.
Elena lo miró con odio, pero también con dolor.
—Ya veremos —dijo, y dio media vuelta.
Esa noche, Lucía no pudo dormir. Las palabras de Elena resonaban en su mente, envenenando sus pensamientos. Pero también recordó las palabras de Rosseta, y supo que no podía rendirse.
—Vamos a luchar —le dijo a Sebastián, mientras se abrazaban en la oscuridad—. Vamos a luchar contra todos ellos. Por nosotros, por nuestro amor.
—Siempre —respondió él—. Siempre.
Y mientras ambos juraban amor eterno en el campo, Elena y Victoria Montenegro tejían su plan más oscuro. Un plan que no solo buscaría separarlos, sino destruir todo lo que amaban.
La serpiente había regresado, y esta vez, su veneno sería más mortal que nunca.