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Contrato De Sangre

Contrato De Sangre

Status: Terminada
Genre:Venderse para pagar una deuda / Dominación / Mafia / Romance / Amor a primera vista / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Luisa Soto Rios

Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.

NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Primera Noche

La casa quedó en silencio a las 10:47.

Elena lo supo porque miró el reloj de pared del recibidor, uno enorme de madera oscura que no hacía tic-tac, como si incluso el tiempo tuviera miedo de hacer ruido en casa de los Volkov.

Los coches se habían ido. Las risas falsas se habían ido. Irina se había ido con un último beso en la mejilla de Lorenzo y un "Cuídala, hijo, parece que se rompe fácil" dicho lo suficientemente alto para que Elena lo oyera. Dmitri se había ido mirándola como si ya la estuviera desvistiendo y contando cuánto le iba a costar a su hermano el divorcio.

Elena se quedó apoyada contra la pared de mármol del recibidor, descalza, con los zapatos colgando de dos dedos, el vestido rojo arrugado en la cintura de tanto que se había sentado tiesa, y con las piernas temblando tanto que si no fuera por la pared, se habría caído.

Lorenzo cerró la puerta principal con llave. Dos vueltas. Luego desactivó una alarma con un código que tecleó rápido. 6 dígitos. Elena los memorizó sin querer: 14-08-09. El cumpleaños de alguien, seguro.

"Se fueron", dijo él. Su voz ya no era la del jefe. Era la de hacía un rato, la de la cocina, la ronca.

"Gracias a Dios", susurró Elena. "Pensé que tu madre me iba a pedir un análisis de sangre para ver si tenía venas azules."

Lorenzo se rio. Una risa real, cansada. Se quitó la chaqueta del traje y la dejó caer sobre una silla sin importarle que costara 3 mil dólares. Se aflojó la camisa. Tenía una mancha de vino tinto en el puño. De Dmitri, que había brindado demasiado cerca de ella a propósito.

"¿Estás bien?", preguntó, acercándose pero sin tocarla todavía.

"No. Estoy... estoy como si hubiera corrido una maratón con tacones y con un examen oral en ruso. Me duele todo. ¿Siempre son así?"

"Sí. Y hoy se portaron bien porque les dije que si alguien te hacía llorar, le rompía los dientes. Imagínate cuando no les advierto."

Elena se rio, a pesar de todo.

Lorenzo se agachó frente a ella, a su altura, porque ella estaba descalza y él seguía siendo una torre. Le tomó los pies, uno por uno. Tenían marcas rojas de los zapatos.

"Tienes los pies destrozados."

"Son zapatos baratos. Ya te dije que..."

"No son los zapatos. Es que estuviste tensa 90 minutos sin moverte. Ven."

Y sin pedir permiso, la levantó en brazos. Como si fuera una novia. Como si fuera liviana. Elena dio un gritito de sorpresa y se agarró instintivamente de su cuello. Olía a whisky y a leña.

"¡Lorenzo! ¡Bájame! ¡Puedo caminar!"

"Ya sé que puedes. Pero no quiero que camines. Quiero llevarte. Es distinto. ¿Cuál es tu problema con dejar que te cuiden, Elena Volkov?"

"Que nadie me ha cuidado nunca gratis."

"Yo no dije gratis. Me debes una. Me debes dejar llevarte hasta la cama. Esa es la deuda de hoy."

Subió las escaleras con ella en brazos, despacio, sin agitarse. Elena escondió la cara en su pecho para no mirar hacia abajo. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él lo sentía.

Entraron a la habitación principal. Alguien, Agata seguro, había encendido la chimenea, había cerrado las cortinas gruesas y había dejado dos vasos de agua en la mesita de noche. Y había dejado también, doblada sobre la cama, una camiseta gris enorme de hombre. De Lorenzo.

Lorenzo la dejó sobre la cama, de pie al lado, sin soltarle la cintura.

"¿Te ayudo con el vestido?", preguntó.

"No", dijo Elena rápido, roja. "Yo puedo."

"Ya sé que puedes. Pero el nudo lo hice yo y solo yo sé deshacerlo sin romper la seda. ¿Me dejas?"

Elena asintió, mirando hacia otro lado.

Lorenzo se puso detrás de ella. Sus manos, grandes, con una cicatriz fina en el nudillo derecho que Elena no había visto nunca, deshicieron el lazo con una lentitud que era tortura. El vestido se aflojó. La espalda de Elena quedó completamente al aire, solo con la luz de la chimenea iluminándola.

Él no la tocó. Pero su respiración cambió. Se hizo más pesada.

"Listo", dijo con voz ronca. "Ya puedes..."

Elena dejó que el vestido cayera al suelo. Debajo llevaba un conjunto negro simple, de algodón, nada sexy, comprado en oferta. Se sintió ridícula al lado de esa mujer del espejo con vestido rojo que había enfrentado a Irina Volkov.

Se dio la vuelta, tapándose un poco con los brazos.

"No me mires así."

"¿Así cómo?"

"Como si... como si fueras a comerme."

"Es que quiero comerte, Elena. Desde el primer día que entraste coja a tu librería con ese suéter con un agujero aquí", dijo tocando su propio hombro, donde ella tenía el agujero, "quiero comerte entera. Pero te prometí que no te tocaría hasta que tú me dijeras. Y soy un hombre de palabra. Aunque me esté matando."

Tomó la camiseta gris de la cama y se la pasó.

"Ponte esto. Por favor. Antes de que rompa mi palabra."

Elena se puso la camiseta. Le llegaba a mitad del muslo. Olía completamente a él. A limpio, a hombre, a seguridad. Era tan grande que parecía un vestido.

Lorenzo se quitó la camisa frente a ella, sin pudor. Tenía el torso marcado, no de gimnasio, de hombre que ha peleado, con una cicatriz larga en la costilla izquierda y otra más pequeña en el hombro. Y tatuajes. Un águila negra enorme en la espalda que bajaba hasta la cintura, con las alas abiertas.

Elena no pudo no mirarlo.

"Tú también tienes que dejar de mirarme así", dijo él, con una sonrisa torcida, poniéndose una camiseta negra simple para dormir.

"¿Así cómo?"

"Como si no supieras si quieres pegarme o besarme."

"Las dos. Quiero las dos."

Se metieron en la cama. La cama era tan grande que podrían dormir 4 personas sin tocarse. Lorenzo se acostó en el borde, lo más lejos posible, por encima de las sábanas, mirando al techo. Elena se acostó en el otro borde, debajo de las sábanas, mirando la chimenea.

Pasaron 10 minutos de silencio. Solo el crepitar del fuego.

"Lorenzo", susurró Elena.

"¿Mmm?"

"Tengo frío."

"Hay otra manta en el..."

"No es de ese frío."

Silencio.

Lorenzo se giró. La miró. Ella seguía mirando la chimenea, pero con los ojos brillosos.

"¿Puedo?", preguntó.

Elena asintió, apenas.

Lorenzo se movió al centro de la cama y la atrajo hacia él, por encima de las sábanas, sin meterse debajo. La abrazó por detrás, como una cuchara. Grande, caliente, sólido. Su brazo alrededor de su cintura, su barbilla en su pelo.

"¿Así está mejor?", preguntó.

"Sí", dijo Elena, y por primera vez en todo el día, su voz se rompió. "Sí, así está mejor."

Y lloró. Bajito. Sin ruido. Como lloran las que han aguantado mucho.

Lorenzo no dijo nada. Solo la apretó más y le besó el pelo, una y otra vez, como se besa a alguien que no se quiere que se vaya.

"Duérmete, desconocida. Yo estoy aquí. Nadie te toca aquí."

"Ni siquiera tú", dijo ella entre lágrimas, pero acurrucándose más contra él.

"Ni siquiera yo. Hasta que tú quieras. Aunque me muera de ganas."

Elena se durmió así, con el mafioso más peligroso de Chicago abrazándola como si fuera lo más frágil y valioso del mundo, con su camiseta enorme, en una cama que no era suya pero que esa noche olía a casa.

Y Lorenzo se quedó despierto hasta las 3 de la mañana, mirando cómo dormía, memorizando cada respiración, sabiendo que ya no había contrato que valiera, porque ya estaba perdido. Completamente perdido por su esposa de un año.

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Elsa Galvez
me desilusióno su papel de autora.No se juega con los lectores.Si va a escribir una historia,TERMINELA!!!
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