El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 21
La computadora llevaba tres días abierta en la mesa del comedor. Ricardo la miraba como si fuera un enemigo al que debía vencer. El cursor parpadeaba en la pantalla en blanco. El título del blog ya lo había decidido, Volver a levantarme.
Pero escribir la primera entrada era más difícil que cualquier ejercicio de terapia.
—¿Qué pongo?
preguntó, frustrado, mientras Mariana revisaba apuntes a su lado.
—La verdad
respondió ella, sin levantar la vista.
— Siempre funciona.
Ricardo respiró hondo. Sus dedos, aún torpes por la falta de práctica, comenzaron a teclear.
"Hace seis meses, un accidente me quitó las piernas. Pero no me quitó las ganas. Aunque hubo días en que creí que sí. Días en que despertar era una derrota. Días en que miraba mi silla de ruedas y veía una condena. Pero luego entendí algo, la silla no es mi enemiga. Es mi herramienta. Como las piernas de antes, solo que diferente."
Se detuvo. Leyó lo que había escrito. Lo borró. Lo volvió a escribir. Lo volvió a borrar.
—Estás sobrepensando
dijo Mariana, por fin levantando la vista.
—Estoy escribiendo mierda.
—No es mierda. Es honesto.
—La honestidad no vende.
—Esto no es para vender. Es para compartir.
Ricardo la miró. A veces la odiaba un poco por tener tanta razón.
Dejó de borrar. Siguió escribiendo. Durante una hora, el único sonido en la casa fue el tecleo de sus dedos y el silencio de Mariana, que lo observaba desde la esquina con una sonrisa que no podía ocultar.
Cuando terminó, presionó publicar. El artículo estaba ahí, en el vasto océano de internet. Quizá nadie lo leería. Quizá solo Mariana. Pero al menos lo había intentado.
—Ahora lo otro
dijo, cerrando el blog y abriendo su correo.
—¿Lo otro?
—Los currículos. Para dar clases en línea. Asesoría deportiva para equipos juveniles. Algo que pueda hacer desde casa.
Mariana se acercó. Se sentó en sus piernas y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Sabes qué me gusta de ti?
preguntó.
—¿Mi increíble personalidad?
—Que nunca te rindes. Aunque creas que sí, al final siempre encuentras la manera de seguir.
Ricardo la besó en la frente.
—Tengo un buen motivo.
Envió seis currículum a tres academias deportivas, a dos escuelas que ofrecían clases virtuales y a un programa de entrenamiento para jóvenes con discapacidad. No esperaba respuestas inmediatas. Pero al menos había plantado la semilla.
Miguel, que estaba en su casa esa tarde habían quedado para ver un partido, lo observó con una mezcla de admiración y sorna.
—Oye, el emprendedor
dijo, desde su silla, con una bolsa de papas en la mano.
— ¿Y qué vas a hacer cuando te llamen?
—Dar clases
respondió Ricardo, sin mirarlo.
—¿Y si te piden que vayas a una cancha?
—No voy a poder ir.
—¿Y entonces?
Ricardo dejó de teclear. Lo miró.
—Entonces les digo la verdad. Que estoy en silla de ruedas. Que sé de deportes más que muchos que caminan. Y que si no les sirve, busco otro lado.
Miguel silbó, impresionado.
—Te has vuelto rudo.
—Siempre lo fui. Solo que me estaba escondiendo.
—Pues deja de esconderte, cabrón. Que se te ve bien lo rudo.
Se rieron. El partido empezó. Y por unas horas, Ricardo olvidó la silla, los currículos y el blog. Solo fue un tipo viendo fútbol con su amigo. Y eso, pensó, también era una forma de victoria.
––––
El viernes por la noche, el teléfono de Mariana sonó con el tono que había asignado a sus padres. Ella lo miró un momento antes de contestar, como si presintiera algo.
—¿Mamá?
—Hija, ¿cómo estás?
la voz de su madre sonaba diferente. Más tensa de lo habitual.
—Bien. ¿Qué pasa?
—Necesitamos que vengas a casa. Los dos. Tú y Ricardo. Es importante.
—¿Qué cosa, Pueden decírmelo por teléfono?
—No, hija. Esto es algo que tenemos que hablar en persona. ¿Pueden venir mañana?
Mariana miró a Ricardo, que la observaba desde la cama con el ceño fruncido.
—Sí
respondió.
—Vamos.
Colgó. El silencio se llenó de preguntas.
—¿Qué quieren?
preguntó Ricardo.
—No lo sé. Pero no sonaba bien.
La casa de los padres de Mariana quedaba al otro lado de la ciudad. Era un lugar acogedor, lleno de plantas y libros, muy diferente de la casa fría y vacía de los Méndez. Los padres de ella Carlos y Elena, los recibieron con abrazos y café. Pero había algo en el ambiente que no encajaba. Una tensión. Una noticia flotando en el aire.
—Siéntense
dijo Carlos, señalando el sofá.
—Tenemos que hablar con ustedes.
Mariana ayudó a Ricardo a acomodarse en un sillón amplio donde pudiera estar cómodo. Luego se sentó a su lado, tomándole la mano.
—Digan
pidió ella.
Elen respiró hondo. Miró a su esposo. Él asintió.
—Hija, hemos tomado una decisión. La empresa se va a expandir a Estados Unidos. Hemos conseguido inversores, una oficina en Miami… y nos vamos a mudar. Todo el año que viene.
Mariana sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Mudarse, A Estados Unidos?
—Sí, hija. Es una oportunidad única. No podemos dejarla pasar.
—¿Y yo?
preguntó Mariana, con la voz quebrada.
— ¿Qué pasa conmigo?
—Tú vienes con nosotros, por supuesto
respondió Carlos, como si fuera obvio.
— Ya investigamos universidades. Hay muy buenas facultades de medicina en Miami. Podrías transferirte, convalidar materias… no perderías el año.
—Pero…
Mariana apretó la mano de Ricardo.
— ¿Y él?
El silencio fue elocuente.
—Hija
dijo Elen, con un tono que pretendía ser suave pero resultaba implacable.
— Ricardo es un chico maravilloso. Lo queremos como a un hijo. Pero no podemos organizar nuestra vida alrededor de su situación. Tú tienes que pensar en tu futuro.
—Mi futuro está aquí
respondió Mariana, con una firmeza que sorprendió hasta a Ricardo.
— Con él.
—No digas eso sin pensarlo
intervino Carlos.
— Esto es una oportunidad que no se va a repetir. Una carrera en Estados Unidos, un título que te abrirá puertas en todo el mundo… ¿vas a dejar eso por un noviazgo?
—No es un noviazgo
dijo Mariana, levantándose.
— Es mi vida. Él es mi vida. Y si ustedes no lo entienden, no sé qué más decirles.
Ricardo, que había permanecido en silencio durante toda la conversación, por fin habló.
—Mariana
dijo, con una calma que le costó mantener.
— Escúchalos.
Ella se giró hacia él, incrédula.
—¿Qué?
—Que los escuches. No tomes una decisión ahora. Piensa. Evalúa. Ellos son tus padres. Te quieren.
—Pero yo te quiero a ti.
—Lo sé. Pero el amor no debería cerrarte puertas. Debería abrirlas.
Carlos y Elen intercambiaron una mirada. No esperaban que Ricardo dijera eso.
—Nosotros no queremos separarlos
dijo Elen, suavizando el tono.
— Pero tenemos que pensar en el bienestar de Mariana. En su futuro.
—Su futuro puede estar conmigo
respondió Ricardo, con una seguridad que no sentía del todo.
— Pero es su decisión. No la mía. Ni la de ustedes.
Mariana lo miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No voy a dejarte
dijo, en un susurro.
—No me dejes
respondió él, igual de bajo.
— Pero elige. Porque si te quedas, que sea porque quieres. No por obligación.
El viaje de regreso a casa fue en silencio. Mariana conducía con las manos pegadas al volante y la mirada fija en la carretera. Ricardo iba a su lado, mirando por la ventana.
—¿Qué vas a hacer?
preguntó él, al fin.
—No lo sé
respondió ella
— Pero no quiero irme.
—Quizá deberías pensarlo. Miami es una buena ciudad. La medicina allá es excelente.
—¡No quiero oír eso!
exclamó Mariana, golpeando el volante.
— No quiero que me digas que me vaya. Quiero que me digas que me necesitas. Que no puedes vivir sin mí.
—No puedo vivir sin ti
dijo Ricardo, y su voz se quebró.
— Pero puedo aprender. Y tú no deberías limitarte por mí.
Mariana detuvo el auto en una gasolinera. Apagó el motor. Se giró hacia él.
—Escúchame bien, Ricardo Méndez
dijo, con los ojos brillantes de rabia y amor.
— No me estoy limitando por ti. Te estoy eligiendo. Y si tengo que elegir entre una carrera en Estados Unidos y una vida contigo, elijo la vida contigo. Siempre. ¿Entendiste?
Ricardo la miró. Quiso decirle que no, que fuera, que no cometiera esa locura. Pero las palabras no salieron. Porque en el fondo, en el rincón más egoísta de su corazón, no quería que se fuera. La necesitaba. Y por primera vez, se permitió admitirlo.
—Entendí
dijo, tomándole la cara entre las manos.
—Quédate.
—Me quedo
respondió ella, y lo besó.
Afuera, el sol comenzaba a esconderse. Adentro, dos almas que se habían prometido no soltarse, se aferraban con más fuerza que nunca.
Pero la decisión de Mariana no era definitiva. Sus padres le habían dado un mes para responder. Un mes para decidir entre su familia y su amor.
Y ese mes, pensó Ricardo mientras la abrazaba, iba a ser el más largo de sus vidas.