Segunda parte
Isabella creía haber dejado atrás los secretos del pasado, hasta que un contrato inesperado la obliga a unir su destino con el misterioso heredero Blackwood.
Un matrimonio por conveniencia, una regla que no pueden romper y sentimientos que jamás estuvieron en el contrato. 💍❤️
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Capítulo 23 — El visitante inesperado
Isabella permaneció junto a la ventana.
El automóvil negro estaba detenido frente a la casa.
La persona que había bajado permanecía de espaldas, observando la entrada.
—¿Quién es? —preguntó Isabella.
Su abuela cerró las cortinas.
—Aléjate de la ventana.
—Pero dijiste que es alguien de mi familia.
—Precisamente por eso debes tener cuidado.
Isabella retrocedió.
—Necesito saber quién es.
Su abuela respiró profundamente.
—Es alguien que creíamos desaparecido.
Un golpe resonó en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Isabella miró a su abuela.
—¿Es Adrián?
—No.
—¿Damián?
—Tampoco.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
—Entonces dime quién es.
Su abuela tomó la pequeña llave que Isabella tenía en la mano y la guardó dentro de la caja.
—Hay secretos que deben descubrirse en el momento correcto.
—Ya estoy cansada de que todos decidan cuándo puedo saber la verdad.
La mujer la miró.
—Entonces abre tú la puerta.
Isabella se quedó sorprendida.
—¿Qué?
—Si realmente quieres dejar de tener miedo, tendrás que enfrentarte a lo que está detrás de esa puerta.
Isabella caminó lentamente hacia la entrada.
Colocó la mano sobre el picaporte.
Lo giró.
La puerta se abrió.
Damián estaba allí.
—¡Isabella!
Ella se sorprendió.
—¿Damián? ¿Qué haces aquí?
Él miró rápidamente a su alrededor.
—Vimos el automóvil. Pensamos que podía ser alguien enviado por Gabriel.
Sebastián y Daniel aparecieron detrás de él.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel.
Isabella asintió.
—Sí.
Entonces Damián miró hacia el interior de la casa.
Sus ojos se encontraron con los de la mujer mayor.
Se quedó inmóvil.
—No puede ser…
La mujer lo observó.
—Hola, Damián.
Él dio un paso atrás.
—¿Tú?
Isabella los miró confundida.
—¿La conoces?
Damián no respondió.
Sebastián se acercó.
—¿Quién es?
Damián finalmente habló.
—Es la madre de mi padre.
Isabella abrió los ojos.
—¿Mi abuela también es tu abuela?
La mujer sonrió.
—Así es.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Daniel miró a Isabella.
—Entonces nuestras familias están mucho más conectadas de lo que pensábamos.
La abuela de Isabella negó.
—No solamente están conectadas.
Señaló la caja sobre la mesa.
—La historia de los Blackwood comenzó mucho antes de que ustedes nacieran.
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Poco después, todos se reunieron alrededor de la mesa.
La mujer sacó varios documentos antiguos.
—Hace más de veinte años, Adrián descubrió que alguien dentro de la organización estaba intentando controlar el archivo.
—¿Gabriel? —preguntó Sebastián.
—Gabriel era uno de ellos, pero no era quien daba las órdenes.
Damián observó los documentos.
—Entonces, ¿quién?
La mujer tomó una fotografía.
Era la misma fotografía del hospital.
—Esta persona.
Todos miraron.
En la imagen aparecía la mujer misteriosa que había estado en la habitación cuando Isabella nació.
Pero esta vez podían verse mejor sus rasgos.
Isabella sintió que la reconocía.
—Espera…
Tomó la fotografía.
—Yo conozco esa cara.
Damián se acercó.
—¿Quién es?
Isabella negó con la cabeza.
—No estoy segura.
Su abuela señaló la imagen.
—Se llama Amelia Blackwood.
Sebastián se quedó pálido.
—¿Amelia?
Daniel lo miró.
—¿La conoces?
—Sí.
Damián frunció el ceño.
—Era nuestra tía.
Isabella miró nuevamente la fotografía.
—¿Tu tía?
—La hermana de mi padre —explicó Damián—. Desapareció cuando éramos pequeños.
La abuela de Isabella asintió.
—No desapareció.
Todos la miraron.
—Se escondió.
—¿Por qué? —preguntó Isabella.
—Porque descubrió quién estaba detrás de la organización.
Damián apretó los puños.
—¿Y quién era?
La mujer guardó silencio.
Entonces se escuchó un sonido proveniente del exterior.
Un automóvil arrancó.
Alexander apareció en la puerta.
—Se fue.
—¿Quién? —preguntó Isabella.
Alexander miró a la abuela.
—La persona que estaba en el automóvil.
Ella respondió:
—Amelia.
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Estaba aquí?
—Sí —dijo su abuela—. Pero no vino a enfrentarnos.
—Entonces, ¿qué quería?
La mujer miró la caja.
—Comprobar si Isabella tenía la llave.
Isabella se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabía que yo la tenía?
Nadie respondió.
Entonces Daniel abrió lentamente la caja.
La llave ya no estaba.
Todos quedaron paralizados.
—¿Quién la tomó? —preguntó Sebastián.
La abuela miró a Isabella.
—Nadie.
—¿Entonces?
La mujer señaló el interior de la caja.
Había una pequeña inscripción que antes no estaba.
“La llave nunca estuvo en la caja.”
Isabella miró sus manos.
Recordó el momento en que su abuela le había entregado la llave.
Y comprendió algo.
Aquella pieza metálica no era una llave.
Era una parte de algo mucho más grande.
La abuela habló en voz baja:
—Lo que tienes no abre el archivo.
Isabella levantó la mirada.
—¿Entonces qué hace?
La mujer respondió:
—Indica dónde está escondido el verdadero archivo.
Y, por primera vez, todos comprendieron que habían estado buscando en el lugar equivocado.