Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 18
...Nina....
La calle olía a guayaba podrida y a lluvia vieja. Santiago estacionó frente a un edificio con la pintura descascarada, ropa tendida como banderas de rendición.
—Es aquí —dijo. Yo le pregunté cómo sabía la dirección—. Se la pedí a su hija hace meses.
Meses. Él rastreando las coordenadas de nuestra vida anterior mientras yo me dedicaba a borrarlo de la mía.
Subimos. Escalera estrecha, olor a desinfectante y sopa de pollo. La hija de la maestra nos abrió, con ojeras de noches sin dormir. El departamento era chico, limpio, y en el centro del living, un sillón reclinable donde la maestra Rivas parecía un pajarito envuelto en cobijas.
La última vez que la vi caminaba con esa energía feroz, como si el mundo fuera un examen que ella siempre iba a aprobar. Ahora las manos parecían de papel. El pelo era una nube blanca y rala. Pero los ojos seguían siendo los mismos.
—Nina Salcedo —dijo, rasposa pero firme—. Llegaste tarde a mi clase otra vez.
Se me quebró algo adentro.
—Y Santiago Reverte —lo miró con esa sonrisa de cuando sacabas buena nota—. El chico que creía que yo no lo veía copiar.
—Leía novelas debajo del pupitre, maestra. Que es distinto.
—Peor todavía.
Le tomé la mano. Pesaba nada. Las lágrimas ya me caían.
—No llores, niña —me apretó los dedos con fuerza—. Estoy enferma, no muerta. Todavía. Siéntense.
Santiago acercó dos sillas. Se sentó tan cerca que nuestras rodillas se tocaban. La maestra nos miró, ida y vuelta, y sonrió.
—Lo sabía. Que iban a terminar juntos. Se lo dije a mi hija hace años.
—Es cierto —confirmó la hija desde la cocina—. Lo dijo como quinientas veces.
—Usted siempre vio cosas que no existían, maestra.
—Yo siempre vi cosas que ustedes todavía no veían. Que es distinto.
Hablamos casi una hora. Se rio cuando Santiago le contó que era piloto —«¿El chico que se desmayó en la aerosilla en Bariloche?»— y Santiago, con las orejas rojas, juró que solo se había mareado.
La risa se le convirtió en tos. Santiago se levantó de inmediato, le sostuvo el vaso de agua con la mano vendada, le puso la otra en la espalda —despacio, como si tocara cristal— y esperó.
Yo miraba esa mano. Los nudillos partidos sobre la espalda huesuda de la maestra. La paciencia de un hombre que yo había catalogado como bruto, como incapaz de ternura. ¿Cuántas cosas decidí no ver?
Santiago fue a ayudar a la hija en la cocina. La maestra me agarró la mano.
—Ese muchacho —dijo bajito—, cuídalo. No me discutas. Soy tu profesora.
Tocaron el timbre. Daniela Contreras —pelo rizado, lentes que se le caían, diez años sin vernos. Me abrazó con una efusividad que casi me tira. Santiago dijo «yo también vine» desde la cocina con un trapo en la mano, y ella lo descartó con un gesto.
La maestra ya se había dormido. Daniela me arrastró al balcón.
—¿Te acuerdas del cuaderno que te robaron en cuarto año? El de literatura. Todos tus apuntes, las composiciones, todo.
Claro que me acordaba. Había llorado tres días. Ese cuaderno era mi vida entera.
—¿Sabías que un chico lo devolvió?
—Sí, llegó a mi banco un día. Pensé que fue Julián.
—No fue Julián. —Lo dijo con la tranquilidad de alguien que comenta el clima—. Fue un pibe del Primero A. Se lo dio a la maestra para que te lo pasara. Y no solo lo devolvió, Nina. Lo fotocopió entero. Hoja por hoja.
El balcón se movió debajo de mis pies.
—Yo estaba en la sala de profesores y vi cuando se lo entregó —siguió Daniela—. Alto, flaco. La maestra me hizo prometer que no te dijera. El chico no quería que supieras.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque la maestra se está muriendo. Y hay cosas que no tiene sentido seguir guardando.
...Santi....
Desde la cocina yo veía el balcón. Nina agarrándose de la baranda, los nudillos blancos contra el metal. Esa forma que tiene de quedarse quieta cuando algo le revienta por dentro, como un frasco que se raja pero no se rompe.
Dejé el trapo. Iba a ir.
La hija de la maestra me detuvo.
—Déjala. Cosas de mujeres.
Yo conocía esa cara. Esa cara era terremoto. Pero me quedé.
...Nina....
Primero A. La clase de Santiago.
Pero Santiago me odiaba en el colegio. Me tiraba del pelo. Me escondía la mochila. Santiago no podía ser el chico que fotocopió cien páginas de apuntes con letra chiquita. ¿O sí?
En el auto de vuelta yo iba callada, sumando cosas que nunca había sumado.
La bufanda con la frase en francés que apareció en mi casillero en tercer año. Julián no sabía francés. Santiago vivió en París de chico.
Las gotas para los ojos que aparecieron cuando tuve conjuntivitis. En un sobre sin nombre. De la farmacia que quedaba cerca del Primero A, no del Tercero B donde estaba Julián.
Las galletitas de arroz en mi pupitre los lunes, porque los lunes yo llegaba sin desayunar. Siempre pensé que era Julián. Pero Julián llegaba tarde los lunes. Siempre.
Los apuntes de matemática antes del final. Letra apretada, desordenada. La de Julián era redonda, prolija...
Miré sus manos en el volante. La vendada, nudillos rotos por haber golpeado a alguien que me faltó el respeto. «Cuídalo», había dicho la maestra. ¿Al que me tiraba del pelo o al que fotocopiaba mis cuadernos en secreto?
—¿Estás bien? —preguntó Santiago. Le dije que sí. Encendió la radio. Un bolero viejo llenó el auto, y yo cerré los ojos y dejé que la música tapara el ruido de todo lo que se derrumbaba adentro de mi cabeza.
Llegamos al departamento. Santiago calentó comida. Yo dije que no tenía hambre. Él dijo que comiera igual. Yo dije que no era mi papá.
Me encerré en el cuarto con la botella de malbec que Camila me había regalado para mi cumpleaños. Descubrir que tu vida entera está construida sobre un malentendido cuenta como ocasión especial.
Primer vaso: la bufanda. Busqué en el celular. París. Santiago vivió en París hasta los ocho. Su mamá era traductora. Por supuesto que sabía francés.
Segundo vaso: las gotas. La farmacia San Martín, a media cuadra del pabellón del Primero A.
Tercer vaso: las galletitas. Santiago llegaba temprano los lunes. Julián llegaba tarde. Siempre.
Cuarto vaso: yo ya estaba llorando.
Todo lo que creí sobre Julián. La historia bonita del chico que me cuidó en silencio. Grietas enormes. Grietas del tamaño de un chico alto y flaco del Primero A que devolvía cuadernos robados y fotocopiaba apuntes hoja por hoja. Pero que también me tiraba del pelo. Que me gritaba «nerd» en el pasillo. Que me hizo llorar delante de todo el curso. ¿Cómo podía ser el mismo?
Quinto vaso. La botella iba por la mitad.
...Santi....
Escuché el llanto desde el living. Bajito primero, después más fuerte.
Me paré frente a la puerta. Levanté la mano para tocar. La bajé. La levanté otra vez. Toqué.
—Nina, ¿estás bien?
La puerta se abrió de golpe. Ojos rojos, pelo revuelto, copa de vino medio vacía. Olía a malbec y a lágrimas.
—Tú —dijo, y la palabra le salió como una acusación—. ¡TÚ!
—¡No puedes ser tú! —Me empujó el pecho con la mano libre. El vino se derramó entre los dos—. ¡Me odiabas! ¡Me odiabas, Santiago!
—¿De qué estás hablando?
—¡La bufanda! ¡El cuaderno! ¡Las gotas! ¡Las galletitas de los lunes! ¡Alguien de tu clase! ¡ALGUIEN DE TU CLASE, SANTIAGO!
Algo se me congeló en el pecho. Algo viejo y enterrado que yo creía que nadie iba a desenterrar nunca.
—Nina, estás borracha.
—¡Y QUÉ SI ESTOY BORRACHA! —La copa se le cayó. Se hizo pedazos en el piso—. ¡Dime la verdad! ¿Fuiste tú? ¿Fuiste tú el que devolvió mi cuaderno?
...Nina....
Lo vi. Lo vi en su cara antes de que dijera nada. Medio segundo. Un parpadeo de algo —culpa, miedo, ternura, las tres juntas— que le cruzó los ojos como un relámpago.
Y después nada. La máscara de siempre.
—Estás borracha, Nina. Vamos a hablar mañana.
—¡NO! ¡AHORA! —Me resbalé con el vino. Él me agarró del brazo. Lo empujé. Me volvió a agarrar—. ¿Fuiste tú el que me dejaba galletitas en el pupitre? ¿Fuiste TÚ el que fotocopió mi cuaderno entero? ¿Cien páginas, Santiago? ¿Cien páginas y después me tirabas del pelo en el recreo? ¿QUÉ CLASE DE PERSONA HACE ESO?
—Nina...
—¿Qué clase de persona te cuida en secreto y te lastima de frente? —Yo ya estaba golpeándole el pecho. Con los puños. Fuerte. Él no se movía. Recibía cada golpe como si se los mereciera—. ¡NO PUEDES SER TÚ! Porque si eres tú, entonces todo lo que yo creí... todo lo que yo sentí... todo...
Me quebré. Me quebré como ese frasco que siempre fui: rajada por dentro, entera por fuera, hasta que un día ya no.
Santiago me atrapó antes de que llegara al suelo. Me levantó como esa primera noche, como si cargarme fuera lo único que sabía hacer con certeza.
—Todo está mal —lloré contra su cuello—. Todo está al revés. Toda mi vida está al revés.
Me llevó a la cama. Me sentó. Se arrodilló para sacarme los zapatos. Esas manos enormes desabrochándome las sandalias con un cuidado absurdo. La mano vendada moviéndose despacio. Los nudillos rotos.
—¿Por qué? —pregunté, sin fuerza para gritar—. ¿Por qué me hacías esas cosas si...?
No terminé la frase.
Él levantó la cara. Me miró desde abajo, de rodillas, con mis zapatos en la mano y algo en los ojos que yo no tenía nombre para llamar. Algo viejo. Algo fosilizado.
—Santiago —dije.
Lo besé.
Lo besé yo. Algo más grande que mi rabia, más grande que diez años de malentendidos, me empujó hacia él como la gravedad empuja las cosas al suelo. Me rendí. Así se sintió. Como rendirme ante algo que ya no tenía sentido combatir.
Él se quedó paralizado. Las sandalias todavía colgando de sus dedos —ridículo, completamente ridículo— y después las soltó y sus manos estaban en mi cintura y el beso sabía a vino y a sal y a algo que se rompe para armarse de nuevo.
...Santi....
La primera vez ella se quedó inmóvil. Como alguien que se entrega porque no tiene otra opción.
Esto era Nina agarrándome del pelo. Mordiéndome el labio. Diciendo mi nombre entre dientes como si fuera una maldición y una oración al mismo tiempo. Llorando mientras me besaba.
—Estás borracha —dije, intentando separarme.
—Cállate —dijo, y me volvió a besar.
La recosté en la cama. Despacio. Con la mano buena le aparté el pelo de la cara. Temblaba.
—Si quieres que pare, paro.
—Si paras, te mato, Santiago.
Algo entre risa y sollozo. De ella. De mí. Ella borracha amenazándome de muerte si dejaba de besarla, y yo con la mano rota haciendo lo único que sabía hacer por esta mujer: quedarme.
...Nina....
No me acuerdo de todo. El malbec borró los detalles. Pero me acuerdo de sus manos —más lentas que la primera vez, como si hubiera estudiado un mapa de mi cuerpo y ahora supiera las rutas. Me acuerdo de que dijo mi nombre. Una vez. Bajito. Como si fuera sagrado.
Lloré de rabia, de confusión, de algo peligrosamente parecido al alivio. Porque si Santiago era el chico del cuaderno, yo había pasado diez años amando al hombre equivocado. Y si era el de las galletitas, llevaba diez años odiando al correcto.
Me dormí con su brazo sobre mi cintura. Pesado y caliente. Como un ancla.
Me desperté sola.
Luz baja. Mañana temprana. La cabeza como un taladro detrás de los ojos. Su lado de la cama, frío.
En la mesa de noche: un vaso de agua, dos aspirinas, una nota doblada por la mitad.
«Hay desayuno en la mesa. Vuelvo el jueves. — S.»
Letra apretada. Desordenada. La S final, grande, con un trazo que parecía una turbulencia.
Pasé el dedo por la tinta. Y por primera vez —por primera vez en diez años, con la cabeza clara y la resaca partiéndome el cráneo— pensé:
«¿Y si siempre fue él?»
Doblé la nota. La guardé en el cajón, debajo de mi ropa. Me quedé sentada con las rodillas contra el pecho. La almohada todavía olía a él. Yo todavía olía a él.
Y la pregunta seguía ahí, ocupando toda la habitación, toda la mañana:
«¿Y si siempre fue él?»
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