A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 7: UN PRECIO QUE NO LE VOY A COBRAR
El nombre de Efraín Roldán no era nuevo para Mila. Lo había escuchado toda la vida, de la misma manera en que se escucha el nombre de un río peligroso: sabiendo que existe, sabiendo que hay que respetarlo, pero sin haber tenido nunca la necesidad de acercarse demasiado a su orilla. En El Pozo, decir "el Patrón" era suficiente. No hacía falta el apellido. Todos sabían de quién se hablaba: el hombre que desde una casa de dos pisos en la parte más alta de la loma, con rejas discretas y un jardín cuidado que desentonaba con el resto del barrio, decidía quién trabajaba, quién debía, quién vivía tranquilo y quién no.
Mila nunca lo había visto de cerca. Sabía, como todos, que sus hombres se distinguían por una cierta manera de vestir, de caminar, de ocupar el espacio como si el espacio les perteneciera de antemano. Sabía que a veces, en fiestas de fin de año, don Efraín mandaba a repartir mercados entre las familias más necesitadas del barrio, un gesto que la gente agradecía en voz baja mientras al mismo tiempo sabía, sin decirlo, que ese mismo hombre era responsable —directa o indirectamente— de buena parte de la violencia que hacía necesarios esos mercados en primer lugar.
Fue Katiuska, otra vez, quien le confirmó lo que Mila ya sospechaba después del encuentro en la tienda.
—Nail es de los hombres de confianza de don Efraín —le dijo, dos días después, mientras Mila pasaba a comprar velas porque la luz se había ido esa tarde en toda la loma—. No es cualquier muchacho de esquina, mija. De esos hay muchos. Nail es distinto. Dicen que es de los que don Efraín manda cuando algo tiene que salir bien hecho, sin errores.
—¿Qué significa "salir bien hecho"?
Katiuska la miró con esa expresión que ya se había vuelto familiar en esos días: la mezcla de cariño y advertencia de alguien que quiere protegerla pero que también sabe que ciertas preguntas, tarde o temprano, Mila las iba a hacer de todas formas, con o sin su ayuda.
—Usted ya sabe qué significa, Mila. No me haga decirlo.
Esa noche, sentada en su cuarto mientras doña Nelly veía la novela de las ocho con un volumen bajo, casi como fondo, Mila pensó largamente en lo que eso implicaba. Si Nail trabajaba para don Efraín, y si don Efraín era quien controlaba buena parte de las "vueltas" que se movían en la loma —las deudas, los cobros, los favores que se pagaban con miedo—, entonces era razonable pensar que Nail sabía, o al menos podía llegar a saber, quién había ordenado la muerte de Yeison.
La idea la asustaba y la atraía al mismo tiempo, en una proporción que ella misma encontraba difícil de entender. Asustaba porque acercarse a ese mundo significaba, de alguna manera, acercarse también al peligro que se había llevado a su hermano. Atraía porque, por primera vez desde el entierro, sentía que había un camino posible hacia la verdad, un camino que no pasaba por oficinas con carpetas apiladas ni por policías con la mirada cansada, sino por las mismas calles donde Yeison había caminado toda su vida.
Volvió al billar tres días después, esta vez sin la excusa de la gaseosa, con la plata justa para un café que no pensaba tomarse, solo para tener una razón de estar ahí sin que pareciera que estaba buscando a alguien.
Nail estaba, otra vez, en la misma mesa del fondo, con la misma postura de espaldas contra la pared. Esta vez, cuando la vio entrar, no bajó la mirada. La sostuvo, con una curiosidad que no intentó disimular del todo, como si también él hubiera estado, a su manera, esperando que ella volviera.
Mila se acercó, sin pedir permiso, y se sentó frente a él, en la silla libre de su mesa. Fue un gesto atrevido para los códigos no escritos de ese lugar —una muchacha sentándose sin invitación en la mesa de un hombre de la organización— y Mila lo supo en el instante mismo en que lo hizo, sintiendo las miradas de don Arsenio y de un par de clientes de las mesas de billar posándose sobre ella con una mezcla de sorpresa y alarma silenciosa.
—Usted trabaja para don Efraín —dijo, sin rodeos, con una voz que intentaba sonar más firme de lo que en realidad se sentía por dentro.
Nail la miró un momento largo, con una expresión que no era exactamente sorpresa —parecía difícil sorprender a ese hombre— sino algo más parecido a la evaluación cuidadosa de alguien que calcula riesgos antes de hablar.
—¿Quién le dijo eso?
—Eso no importa. ¿Es cierto o no?
—Cuidado con esas preguntas, hermanita. En esta mesa, y en este barrio, esas preguntas no son gratis.
—No tengo con qué pagar nada —dijo Mila, y algo en la crudeza de esa frase, dicha sin ninguna intención de manipular, pareció desarmar por un segundo la cautela profesional de Nail—. Solo quiero saber si usted puede ayudarme a averiguar quién mató a mi hermano. Eso es todo lo que quiero.
El silencio que siguió se sintió más largo de lo que probablemente fue. Nail bajó la mirada hacia el tinto frío que otra vez tenía frente a él sin haberlo tocado, y por un instante, algo cruzó por su cara que Mila no supo interpretar del todo: quizás cansancio, quizás una vieja herida que la pregunta de Mila había tocado sin querer, quizás simplemente el peso de saber más de lo que estaba dispuesto a decir.
—Yo no sé quién mató a su hermano —dijo finalmente, y por la manera en que lo dijo, mirándola directo a los ojos sin ninguna vacilación, Mila no supo si le estaba diciendo la verdad completa o una verdad a medias, cuidadosamente recortada.
—¿Pero podría averiguarlo?
—Podría. Pero eso tiene un precio que usted todavía no entiende, y que yo no le voy a cobrar, porque no me interesa cobrárselo. —Se puso de pie, dejando unas monedas sobre la mesa para pagar el tinto que no había tocado, y antes de irse, la miró una última vez, con una seriedad que a Mila le pareció, extrañamente, más protectora que amenazante—. Váyase para su casa, Mila. Cuide a su mamá. Y no vuelva a este billar buscándome. Yo la voy a buscar a usted, si algún día decido que es buena idea.
Se fue sin esperar respuesta, dejando a Mila sentada sola en esa mesa, con las miradas curiosas de los clientes del billar todavía pesándole en la espalda, y con una sola certeza clara en medio de toda la confusión: Nail sabía más de lo que había dicho. Y por alguna razón que ella todavía no lograba entender del todo, ese hombre —peligroso, callado, entrenado para no involucrarse en nada que no le convenía— había decidido, aunque fuera un poco, protegerla.
No sabía todavía si eso era una buena o una mala señal. Pero caminando de regreso a casa esa tarde, con el sol empezando a bajar detrás de la loma y pintando El Pozo de un naranja que por un momento lo hacía parecer casi hermoso, Mila sintió, por primera vez desde la muerte de Yeison, algo parecido a la esperanza.
Una esperanza peligrosa, todavía sin forma. Pero esperanza, al fin y al cabo.