Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 17
Capítulo 17. El departamento del nieto
La puerta se abrió antes de que sus nudillos la tocaran.
—¡Mija, no toques, si te estoy esperando! Pásale, pásale.
Doña Carmen la recibió con los brazos abiertos y esa calidez que a Lucía se le metía en el cuerpo sin permiso. Adentro, el departamento estaba tal como lo recordaba de la primera vez: luminoso, amplio, con esos ventanales que dejaban entrar la tarde entera, y esa recámara con la pared de luz perfecta que ella, en secreto, ya había convertido en su cabeza en un taller.
Recorrieron los cuartos otra vez. Lucía tocaba las paredes con la punta de los dedos, como si al tocarlas pudiera creérselo. Y a cada paso, el miedo le crecía junto con las ganas: porque mientras más le gustaba, más segura estaba de que no iba a poder pagarlo.
Se detuvo más tiempo en la recámara de la pared de luz. Se imaginó, sin querer, la mesa de corte contra el ventanal, el maniquí en la esquina, sus telas colgadas por color, una repisa con los carretes. Un taller. Suyo. Un lugar donde coser no fuera un delito que le robaba tiempo a "lo importante", como decían en su casa, sino lo importante en sí. Se le apretó el pecho de solo pensarlo, y enseguida se regañó por ilusionarse: no te encariñes con lo que no puedes tener, Lucía.
—Te gusta ese cuarto, ¿verdad? —dijo Doña Carmen, que la observaba con ojo de halcón.
—Es que tiene una luz preciosa para trabajar —admitió Lucía, casi con culpa—. Pero, doña, no me haga ilusionarme. Dígame el precio de una vez y ya.
—Doña Carmen —dijo al fin, deteniéndose en medio de la sala, decidida a arrancarse la curita de un jalón—. Antes de ilusionarme más… dígame cuánto es la renta. Por favor. Sea sincera conmigo.
Doña Carmen la miró un momento, y en esa mirada había algo que Lucía no supo leer: un cálculo cariñoso, una travesura amable.
—Tres mil quinientos —dijo.
Lucía parpadeó.
—¿Al… mes?
—Al mes.
—Doña, este departamento vale ocho, nueve mil, fácil. Yo he visto rentas por aquí. No entiendo.
—Ay, mija. —La señora se sentó en el brazo de un sillón, con toda la calma del mundo—. A mí no me hace falta el dinero, ya te lo dije. Este lugar lleva mucho tiempo vacío y no me gusta que las casas estén solas, se ponen tristes. Prefiero mil veces una buena inquilina, alguien decente, alguien que me lo cuide y que sea de la maestra Ofelia, que un extraño con la cartera llena. Además —le guiñó un ojo— algo me dice que tú y yo nos vamos a llevar muy bien.
A Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que morderse el labio para no hacer el ridículo. Tres mil quinientos. Eso sí lo podía pagar. Eso le dejaba con qué comer, con qué respirar, con qué empezar. Por primera vez en su vida, un techo propio dejaba de ser un sueño imposible y se volvía una dirección, un juego de llaves, una realidad.
Pensó, sin poder evitarlo, en el contraste. En su casa había puesto cien mil pesos de enganche y a cambio le habían quitado hasta el cuarto. Aquí, una desconocida a la que había ayudado a juntar unas naranjas le abría las puertas de un lugar que valía el triple, por gusto, por confianza, por nada. El mundo, que tantas veces le había parecido diseñado para aplastarla, de repente le tendía una mano tibia justo cuando ya no la esperaba. Y esa mano venía de una viejita metiche del parque.
—No sé cómo pagarle esto, doña —murmuró.
—Cuidándotelo. Y siendo feliz aquí. Con eso me pagas de sobra.
—Hay algo que te tengo que aclarar, eso sí —añadió Doña Carmen, mientras sacaba de una carpeta un contrato ya preparado—. El departamento no está a mi nombre. Es de mi nieto, que anda fuera y no lo usa. Yo se lo administro. Pero tú no te preocupes por eso: aquí la que manda soy yo, y yo te lo rento a ti.
—Su nieto —repitió Lucía, distraída, firmando donde la señora le señalaba, sin darle importancia. En su cabeza, "el nieto" era una figura abstracta, un joven cualquiera que vivía en el extranjero y prestaba su departamento. No tenía cara. No tenía nombre. No tenía, por supuesto, la menor relación con cierto hombre de traje oscuro—. Qué suerte tener un nieto tan generoso.
—Generoso no sé, pero terco como una mula, eso sí. —Doña Carmen rio para sus adentros—. Ese muchacho es de los que parecen de piedra por fuera. Frío, callado, todo el mundo le tiene miedo. Pero yo lo crie, y sé lo que hay debajo. Nada más le falta una cosa. —Miró a Lucía de un modo raro, evaluándola con ternura—. Le falta alguien que le vea el corazón.
—Pues ojalá lo encuentre, doña —dijo Lucía, por decir algo, mientras estampaba su firma en la última hoja.
—Ojalá —contestó la señora, y en esa sola palabra cabía todo un plan.
—No sabes cuánto —murmuró Doña Carmen, con una sonrisita que Lucía no alcanzó a ver.
Firmó. Sacó de su bolsa el sobre con los ahorros de tantos años, tantas madrugadas, tantas puntadas, y pagó el depósito y el primer mes. Cuando Doña Carmen le puso en la mano el juego de llaves, Lucía cerró el puño alrededor de ellas y ya no pudo más: se le escaparon las lágrimas, en silencio, sin drama, las lágrimas limpias de quien por fin tiene un lugar en el mundo que nadie le puede quitar.
—Gracias, doña —dijo, con la voz quebrada—. De verdad. No sabe lo que esto significa para mí. Le juro que algún día le hago el vestido más bonito del mundo. Con mis propias manos. El que usted quiera.
—Trato hecho. —Doña Carmen le tomó la cara entre las manos, con una ternura de abuela—. Pero no me llores, criatura, que hoy es día de fiesta. —Y entonces, como quien no quiere la cosa, dejó caer la semilla que llevaba rato guardando—: Oye… y ya que vas a vivir aquí… un día de estos te presento a mi nieto. Ya verás. Tú y él se van a llevar de maravilla.
—Ay, doña, usted no pierde el tiempo. —Lucía se rio entre lágrimas, sin entender nada, creyendo que era la típica ocurrencia de las viejitas casamenteras—. Primero déjeme mudarme, y ya después me presenta a medio mundo.
—Uno solo. Con uno basta. —Doña Carmen le apretó la mano, y en sus ojos brilló esa chispa de quien ya movió la primera pieza del tablero y espera, paciente, el jaque mate.
Se despidieron en la puerta. Lucía bajó al vestíbulo con las llaves apretadas en el puño, sin poder borrarse la sonrisa, y en la banqueta se detuvo un momento a mirar hacia arriba, hacia el piso veintidós, hacia lo que a partir de ahora era suyo. Su primer hogar. Ganado con sus manos, entregado por unas manos amables, y sin una sola cadena atada.
No tenía forma de saber que ese nieto del que hablaba la señora muy pronto iba a dormir justo del otro lado de su pared.