Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo XX Una mañana diferente
Punto de vista de Christopher
Nunca había sido un hombre de mañanas ruidosas. En mi rutina habitual, a las siete de la mañana ya había revisado el cierre de los mercados asiáticos, leído dos informes de inteligencia corporativa y completado mi rutina de ejercicios en el gimnasio privado. La quietud de mi casa era una constante que protegía con celo.
Sin embargo, esa mañana el silencio sepulcral de la mansión se vio interrumpido por el murmullo de pasos cortos y susurros apresurados que venían desde el corredor principal del primer piso.
Al salir de mi despacho sosteniendo una taza de café negro, me los encontré de frente.
Los dos niños estaban parados a mitad del pasillo, tomados de la mano, mirando fijamente un enorme lienzo abstracto que colgaba de la pared. Aún llevaban puestas sus pijamas —una con estampados de dinosaurios y la otra de superhéroes— y traían el cabello oscuro despeinado por el sueño. Al escuchar mis pasos, ambos se giraron sobre sus talones con una sincronía casi cómica, mirándome con una mezcla de curiosidad e intriga.
Eran el vivo retrato de Elena. Tenían sus mismos ojos expresivos, filosos y observadores, capaces de evaluar un entorno desconocido en cuestión de segundos.
—Buenos días —saludé, manteniendo un tono suave para no intimidarlos y dando un par de pasos hacia ellos.
—Buenos días... —respondió uno de ellos, dando un paso al frente para colocarse levemente por delante de su hermano. Un gesto instintivo de protección que no pasó desapercibido para mí—. Tú eres el señor que nos trajo anoche, ¿verdad? El amigo de mi mamá.
—Me llamo Christopher —me presenté, poniéndome a su altura al apoyarme en una sola rodilla sobre el piso de madera, reduciendo la distancia física—. Y sí, anoche los acompañé hasta aquí. Esta es mi casa, y pueden estar seguros de que aquí nada malo les va a pasar.
El segundo niño, que observaba la escena desde atrás abrazando un pequeño dinosaurio de felpa, se acercó despacio.
—Mi mamá nos dijo que esta casa es muy grande porque el amigo de ella tiene muchos negocios —dijo el más pequeño, entornando los ojos con astucia—. ¿Tienes videojuegos?
Una sonrisa involuntaria se me dibujó en los labios. La inocencia de su pregunta contrastaba brutalmente con los mapas de riesgo y los archivos de inteligencia que descansaban sobre la mesa de mi estudio.
—No tengo videojuegos aquí, pero le di órdenes a mi personal para que instalen una consola en la sala de estar antes del almuerzo —les aseguré, ganándome una mirada de asombro instantáneo por parte de ambos—. Por cierto, aún no me han dicho sus nombres.
—Yo soy Mateo —dijo el más extrovertido, señalándose el pecho con orgullo—. Y él es Ethan. Es mi hermano gemelo, pero yo nací dos minutos antes, así que soy el mayor.
—Eso no cuenta, Mateo —protestó Ethan en un susurro grave, apretando el muñeco de peluche—. Mamá dijo que nacimos el mismo día.
—Nací antes, Ethan, acéptalo —insistió Mateo, antes de volver a fijar sus ojos oscuros en mí con una seriedad que me recordó aterradoramente a la abogada que me había quitado el sueño toda la noche—. Christopher... ¿por qué nos tuvimos que venir de la casa de mi abuelo a medianoche? Mamá estaba asustada, aunque intentó disimularlo.
La agudeza de la pregunta me tomó por sorpresa. Esos niños no eran ciegos al entorno; percibían el peligro de la misma manera que su madre.
—A veces, Mateo, hay personas que no son muy amables en la ciudad —respondí con absoluta seriedad, mirándolo directamente a los ojos sin subestimar su inteligencia—. Mi trabajo es asegurarme de que a su mamá, a sus abuelos y a ustedes dos no les pase nada. Por eso les pedí que se quedaran aquí unos días, donde tengo a mis mejores hombres cuidando cada esquina.
Mateo procesó mis palabras en silencio durante unos segundos. Luego, dio un paso más y me puso una mano pequeña sobre el hombro.
—Si cuidas a mi mamá, entonces eres de los buenos —sentenció el pequeño con firmeza—. Ella siempre trabaja mucho para cuidarnos a nosotros. Si alguien le hace daño, yo lo voy a golpear.
Sentí un tirón extraño en el pecho. La lealtad incondicional de esos niños hacia Elena y la responsabilidad implícita que acababan de depositar en mis hombros hicieron que la guerra contra Fernández cobrara una dimensión completamente distinta. Ya no se trataba solo de finanzas, poder o estrategia corporativa.
—Nadie le va a hacer daño a tu mamá, Mateo. Te doy mi palabra de honor —prometí, estrechando su pequeña mano con la mía.
—¿Christopher? —la voz de Elena resonó desde lo alto de la escalera.
Al alzar la vista, la vi descender los escalones a paso apresurado. Llevaba el cabello recogido de forma sencilla y vestía una camisa blanca sobria. Traía el rostro marcado por la preocupación, pero al ver a sus hijos tranquilos conversando conmigo, la tensión de sus hombros se disipó notablemente.
—Niños, les dije que no debían andar correteando sin avisar —los reprendió con suavidad al llegar a nuestro lado, acomodándoles el cabello—. Disculpa si te molestaron, Christopher.
—Para nada —dije, poniéndome de pie y ajustándome el saco—. Estábamos negociando la instalación de una consola de videojuegos y haciendo un pacto de caballeros.
Elena me miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad, mientras una chispa de calidez, rara y hermosa, cruzaba sus ojos avellana.
—El desayuno está servido en el comedor principal —agregué, señalando hacia el pasillo este—. Después de que coman con sus abuelos, Elena y yo tenemos una reunión de trabajo muy importante en mi despacho. Los expedientes de Fernández ya llegaron.
Elena asintió, tomó a los niños de las manos y los condujo hacia el comedor, al llegar al enorme espacio los niños se sentaron cada uno en una silla, los padres de Elena ya nos esperaban, pero antes de sentarnos ella se volteó a verme para agradecer lo que estaba haciendo por ellos.